Por Matías Gelpi
Gracias a Quentin Tarantino, sabemos que vivimos en una era donde la violencia verbal y física es la manera de resolver todas las tensiones por más ínfimas que sean, y la violencia que más nos gusta ejercer a los críticos es la de imponer nuestro gusto por delante del de los otros seres. Además, como todos sabemos, ser crítico te da derecho a hablar de “La Crítica”, por lo tanto oremos: “la crítica es un género en infinita decadencia”. Amén.
Definamos rápidamente qué es una crítica de cine. Por rápidamente me refiero a opiniones sin fundamento más o menos pensadas una tarde lluviosa de invierno. Yo creo que es una excusa para seguir hablando de cine, así como uno continúa hablando del fútbol aún cuando la conversación al respecto está claramente agotada. Puede contener un análisis riguroso y hasta filosófico, puede servir de guía para algún incauto, pero en esencia una crítica es una opinión arrojada al mundo para ver quién responde al llamado del intercambio de ideas lúdico, divertido y, casi siempre, inútil. Pero claro, eso casi nunca sucede, porque somos (todos los humanos) unos vanidosos del gusto (shame on us). Cuando alguien habla en contra de algo que nos gusta lo mandamos a laburar y le gritamos “¡cornudo!”. Ahora cuando sucede lo contrario, ese crítico es un genio absoluto, la puta reencarnación de Heidegger pero cinéfilo y no-nazi.
En nuestra alma está grabada la pregunta “¿y vos a quién le ganaste?”, que elimina toda posibilidad de discusión, porque no respetamos en lo más mínimo al interlocutor, en principio porque es un idiota que no comparte un gusto.
Es curioso, pero la vanidad del gusto no discrimina por calidad de educación que haya recibido el individuo que ejerce: puede venir de un crítico de segunda como yo, y también de los académicos profesionales. Por ejemplo, para aquellos personajes que analizan la “poesía visual” de Lisandro Alonso o las eternas disrupciones de Godard: el camino del razonamiento es limitado, Alonso o Godard proponen un desafío al espectador, que tiene que estar atento y completar activamente desde la recepción. Pero si aceptás ese desafío y sigue sin gustarte, es porque no entendiste. ¿Qué pasa por ejemplo si no te interesa ver una película cuyo nombre es sinónimo de tedio, como Adiós al lenguaje, hecha por un tipo que claramente cree que es un súper-Derrida cinematográfico? Adivinaste, sos un pelotudo que se regodea en su ignorancia.
AUTOAYUDA
Como buen vanidoso puedo darte algún consejo para escapar a esta conducta: hay que apelar a la introspección, al derrumbe de los prejuicios que acalambran nuestra reflexión. Por ejemplo, el día que descubrí que Kubrick era un pelotudo supe también que el cine se puede disfrutar y que las películas ocuparían un lugar importante en mi vida para siempre. Por eso escribo en Fancinema, además de por la gran cantidad de dólares que recibo a fin de mes por un trabajo tan fácil. No hay sensación más placentera que el derrumbe de un prejuicio, es la liberación de aprender algo nuevo y cambiar algunos paradigmas vitales.
FINAL CONCILIADOR
Para terminar, por suerte, a pesar de todos nosotros, el cine (cada tanto) sigue generando verdad y belleza: este año se manifestaron en los maravillosos seis minutos que dura Festín, el corto que proyectan antes de Grandes héroes, que probablemente sea de lo mejor que se puede ver en una sala de cine en 2014. Si la ves y no te gusta, sos un imbécil.

