Título original: Astérix & Obélix: Au service de sa Majesté
Origen: Francia / España / Italia / Hungría
Dirección: Laurent Tirard
Guión: Grégoire Vigneron, sobre el comic creado por René Goscinny y Albert Uderzo
Intérpretes: Gérard Depardieu, Edouard Baer, Guillaume Gallienne, Vincent Lacoste, Valérie Lemercier, Fabrice Luchini, Catherine Deneuve, Charlotte Le Bon, Bouli Lanners
Fotografía: Catherine Pujol, Denis Rouden
Montaje: Valérie Deseine
Música: Klaus Badelt
Duración: 110 minutos
Año: 2012
Compañía editora: AVH
2 puntos
La peor de las aventuras
Por Rodrigo Seijas
Es difícil encontrar a alguien que haya leído Astérix y no se haya sentido cautivado por sus dibujos, diálogos e historias. No deja de ser llamativo -y todo un ejemplo a seguir- cómo la creación de René Goscinny (en el guión) y Albert Uderzo (en las ilustraciones) supo ser claramente representativa de la identidad francesa en el ámbito del cómic francés, logrando a la vez ser una obra espectacularmente universal. En eso se parece a Mafalda, a la que Quino supo darle una impronta indudablemente argentina, pero que pudo ser leída por cualquier individuo del globo. La clave pase probablemente porque Astérix es una historieta que habla de los orígenes del pueblo francés, a los que reescribe de manera muy audaz, pero interpelando a toda una gama de expresiones culturales del mundo entero. Y lo hace desde un lenguaje paródico que repiensa, analiza, explora, deconstruye y finalmente enriquece a otros lenguajes.
La adaptación al cine de Astérix era inevitable y llegó en 1999 con Astérix y Obélix contra el César, que fue un verdadero fiasco. El problema no sólo era que ya era de por sí difícil lograr trasladar a la pantalla grande la particular narrativa de la historieta, donde tantos los diálogos como las ilustraciones de la dupla Goscinny-Uderzo decían muchas cosas a la vez, con una complejidad e inteligencia narrativa y estética asombrosas. Lo problemático en serio era que ni siquiera había un intento serio por hacerlo. Ese film era pura explotación del fenómeno. Y llegaron las siguientes secuelas: Astérix y Obélix: Misión Cleopatra es, según nuestro colaborador francés Nicolás Garcette, bastante mejor y merece una mirada, aunque Astérix en los Juegos Olímpicos sigue la misma tónica que la primera parte. Y a esta altura, la saga cinematográfica ha perdido toda relevancia dentro del panorama del cine mundial, aún cuando le siga yendo muy bien en varios mercados, especialmente en su territorio de origen, lo que demuestra que los franceses también poseen ese nacionalismo bobo que lleva a comprar cualquier cosa que se vincule con algún tipo de orgullo patrio.
La más reciente entrega, Astérix y Obélix: al servicio de su majestad, sigue por el mismo andarivel y no cumple ni con las más mínimas expectativas. El relato combina elementos de los álbumes Astérix en Bretaña y Astérix y los Normandos -e incorporando unas cuantas subtramas-, con la dupla de protagonistas teniendo que cruzar el charco para salvar a los bretones de la invasión de Julio César, quien contrata como mercenarios a los normandos, quienes acceden porque quieren conocer de una vez por todas lo que es el miedo. En la película de Laurent Tidard se puede ver todo lo que aparecía en las narraciones que toma como base: los mismos chistes, las mismas situaciones, los mismos giros lingüísticos y hasta varias cosas más, pero con una pésima ejecución, básicamente porque se olvida de lo más importante, que es el timing cómico y la fluidez narrativa, es decir, de las variables que deben nacer del dispositivo cinematográfico para construir una aventura atractiva y divertida. A eso hay que sumarle las actuaciones: hay figuras muy importantes en el elenco, como Edouard Baer (Astérix), Gérard Depardieu (Obélix), Guillaume Gallienne (Jolitorax), Fabrice Luchini (Julio César) y Catherine Deneuve (como la Reina Cordelia, que no aparecía en la historieta original), que están tan mal, que nos hacen preguntarnos si en verdad son buenos actores.
Finalmente, queda para destacar cómo Astérix y Obélix: al servicio de su majestad, que quiere ser una especie de apología entre nacionalista y monárquica -atrasando unos 250 años-, sólo sabe expresarse musicalmente a través de referencias a la cultura popular estadounidense. Lo hace con canciones como What a wonderful world, versión de Joey Ramone, o Accidentally in love (de la banda sonora de Shrek 2), que no tienen ningún tipo de pertinencia dentro de la trama. Evidentemente, es un film que dice ser francés, pero en verdad quiere ser como Hollywood, y encima le sale mal, muy mal. Acá la Revolución Francesa parece que no llegó.

