No me voy a explayar mucho, pero estoy atravesando un momento bastante duro, con un integrante de la familia deteriorándose tanto en su salud física como mental, lo cual termina afectando a todos los demás miembros del núcleo familiar, e incluso a personas que no forman parte de él, como mi novia. Lo que estoy pasando no se lo deseo a nadie (bueno, tal vez a Marcelo Tinelli o a Michael Bay): te sumís en una catarata de emociones, todas ellas negativas, que incluyen tristeza, angustia, desesperación, enojo, furia, decepción –que viene en general luego de breves momentos de esperanza-. Lo único que te queda es compartirlo con los otros familiares (que están viviendo lo mismo, con lo que se produce una retroalimentación que puede ser muy problemática) y alguna gente cercana, a la cual me da la permanente impresión de estar contaminándola de una oscuridad y mala onda que no merecen. Uno, finalmente, tiene instantes donde se siente infinitamente solo. Sí, me había olvidado de esa otra emoción negativa: la soledad.
En el medio de todo ese tour de force de negatividad, mi formación como crítico me lleva a momentáneos distanciamientos, donde me observo y parezco ser un personaje de melodrama extremo. No les voy a decir que podría habitar las narraciones del cine de Douglas Sirk, pero le ando cerca. Todo esto me recuerda a cómo el cine ha sabido entregarnos obras donde el mundo puede describirse fácilmente como “un lugar de mierda”. Son oscuridades transformadas en arte, instancias plenas de tristeza, desolación, desazón, decadencia, hipocresía. Son callejones sin salida, o donde la única salida siempre es el sufrimiento, la pérdida, los rincones más tormentosos e incluso inmorales de lo que nos constituye como seres humanos. Pienso en películas como Principio y fin, La angustia corroe el alma, Saló o los 120 días de Sodoma, El francotirador, Elefante, Caché, La mujer sin cabeza, La isla siniestra, Desapareció una noche. Son, cada una a su manera, maquinarias casi perfectas de horror, de paisajes que no querríamos ver, que nos cuesta ver, pero que también debemos ver. Son, aunque puedan no parecerlo, películas necesarias. Nos ponen alertas, nos dan puñetazos que no tenemos manera de esquivar, nos duelen. Y está bueno que nos duelan, es justo que nos duelan, porque nos demuestran que hay un universo a nuestro alrededor, nos ponen frente a otras perspectivas que normalmente no reconoceríamos.
Muchos espectadores, críticos, cineastas, construyen sus respectivos imaginarios cinematográficos a partir de ese cine que duele. Es algo totalmente válido: lo cinematográfico aparece en esa elección como una vía para hacerse cargo de determinadas cuestiones que muchas veces se eluden o paisajizan. Pero al menos en mi caso, durante toda mi vida, y más en este momento, he priorizado al cine desde un camino diferente. En mi memoria emotiva me quedo con el cine que más felicidad me ha provocado. Ese cine que me provoca risa, alegría, excitación plena, casi orgásmica. Films que se hacen cargo de la tristeza que existe en el mundo, pero que me dicen que la risa debe existir como contrapeso, como Los viajes de Sullivan. O que ponen sobre sus espaldas todo el dolor del mundo, todas las pérdidas y ausencias, para decirme que pueden superarse, y que esa superación existe a través del afecto y la amistad de las personas que me importan y a las que les importo, como E.T.-el extraterrestre o Super 8. O que reivindican la aventura más pura, la acción más espectacular, las pulsiones más lúdicas e infantiles, como las sagas de Indiana Jones y Volver al futuro, o muy recientemente Guardianes de la Galaxia. O que rompen con todas las convenciones, con todo desparpajo, tirando todo por el aire, como en la filmografía de Jerry Lewis o los Hermanos Marx. O que me dicen que el mundo puede ser un lugar mejor, mostrándome el camino a seguir para llevar a cabo ese objetivo, como WALL-E. Yo siento al verlas esperanza y optimismo, que me estalla el cerebro de ideas, todas ellas felices. Me siento más completo. Me siento mejor persona.
Creo que ese cine feliz, al que veo no sólo como descriptivo del estado de las cosas, que no se queda en el retrato pesimista de lo que está pasando, sino que piensa y propone cómo cambiarlo, tiene una importancia mucho mayor de la que se le suele reconocer. Es que plantear diversas formas de felicidad y los modos de conseguirla es en estos tiempos oscuros todo un posicionamiento político. Es acción política a través del arte. Por eso, cuando percibo que lo mórbido invade mi existencia, mi refugio y sostén es ese cine, repleto de vida y energía, absolutamente necesario y totalmente revolucionario.

