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Una forma de esperanza: sobre Jean-Pierre y Luc Dardenne

Por Pablo Suárez

“Lo que nos interesa no son los asuntos políticos o ideológicos en sí mismo, sino el individuo involucrado en estos asuntos”, comentaron en una entrevista los realizadores belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne. “No buscamos establecer categorías o dar recetas o soluciones, sino, en cambio, preguntar, ‘¿Qué es un ser humano?’, y llevar al ser humano a situaciones extremas; tratar de desvestir a la persona y preguntar ‘¿Por qué hizo esto o aquello?’; tratar de entrar en situaciones en las que el individuo tenga que preguntarse, ‘¿Hago esto para salvar a otra persona o sólo estoy pensando en mí?”.

“En el entorno social, en el mercado, donde cada uno es puesto a competir con todos los demás, en un contexto donde la gente está en permanente rivalidad, organizados así por la sociedad y la economía, ¿cómo puede alguien como Rosetta ser capaz de amar a alguien cuando su situación la obliga a considerar al Otro como a su enemigo, su rival? ¿Cómo voy a poder amar a mi enemigo y trascender la diferencia? Y si no puedo, ¿lo voy a matar?, ¿lo voy a derrumbar?”, señalaron los Dardenne.

Estas dos largas citas son exactas y contundentes, de ahí que las incluya al comienzo de  estos apuntes personales sobre el cine de los hermanos Dardenne. Porque estas y otras preguntas que cuestan tanto responder son precisamente lo que su cine tiene de propio y que lo hace sobresalir dentro del cine de otros directores europeos contemporáneos que eligen no tratar con la necesaria profundidad estos dilemas tan complejos como insondables. Porque los directores menos talentosos siempre dan soluciones simplistas cuando deberían ahondar mucho más para así poder ver lo que realmente yace bajo la superficie.

En cambio, los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, que escriben, producen y dirigen sus películas juntos desde que comenzaron a hacer documentales a finales de los años ’70  (hicieron alrededor de 60 documentales durante más de 20 años) ya conocen bastante bien qué hay más allá de los espejitos de colores. Y si bien sus documentales tuvieron una buena repercusión que les dio un espacio en el mundo del cine, el reconocimiento internacional recién apareció con su ópera prima La promesse (La promesa, 1996), que ganó el premio a mejor película belga en el Festival Internacional de Bruselas, y también el Premio de la Crítica (Fipresci) junto con la Espiga Dorada en el Festival Internacional de Valladolid.

La promesa es un intenso drama acerca de inmigrantes ilegales en Bélgica, en la Europa no rubricada por el bienestar y la riqueza. El pathos está en cómo un adolescente de 15 años con un padre frío y calculador, termina descubriendo, después de un largo periplo, la existencia y el significado de la moral. Filmada en barrios pobres de Bruselas, la película narra la historia de un puñado de obreros extranjeros desesperados por tener una porción casi insignificante de una economía acelerada por empresarios y políticos sin escrúpulos ni ética de ningún tipo. La promesa es un doloroso retrato de un desastroso estado de situación, pero, aún así, hay un muy pequeño dejo de esperanza. Es que los Dardenne ya lo han dicho varias veces, ellos creen en la esperanza. Insisten en que más allá del tumulto de este mundo caótico, hay calma en el silencio.

Apenas tres años después de La promesa, los Dardenne ganaron su primer gran premio internacional cuando Rosetta se alzó con la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1999. Desde entonces, todas sus películas estuvieron en competencia en Cannes y ganaron al menos uno de los premios más importantes. Rosetta es, en primer lugar, una obra maestra. Esta vez los realizadores hicieron foco en la vida cotidiana de una chica de 16 años que vive con su madre alcohólica en una casa rodante. Excluida socialmente y actuando desde su desolación, Rosetta va a hacer lo que sea para conseguir un trabajo estable.

Ahora la mirada está puesta en los problemas psicológicos, espirituales, y filosóficos que son generados por el desempleo. Y si bien el tema es muy complejo, los Dardenne nunca bajan línea para iluminar las conciencias de los espectadores. Para nada. “Una película no es un tribunal. Si comenzamos a juzgar a nuestros personajes, el espectador no tiene espacio para formar su propia opinión. A nosotros nos gusta llevar a nuestros personajes hacia situaciones donde se transformen en seres humanos y descubran que la vida no tiene precio, contrariamente a lo que pensaban”.

Desde la forma fílmica, en Rosetta sofisticaron el estilo que habían empezado a desarrollar en La promesa, y que también sería el estilo que caracterizaría a todas sus películas posteriores. Dentro de una vertiente del realismo, los Dardenne usan la cámara en mano, que entre saltos y corridas, acompaña a los personajes en sus recorridos erráticos e impredecibles. La cámara está bien pegada a la nuca, a la espalda, al cuerpo entero en continuo movimiento. Y nosotros los espectadores estamos junto a los personajes, a quienes sentimos cercanos, inmediatos, reconocibles. El lenguaje corporal es bien natural, y el diálogo, coloquial. Las acciones, los gestos, las miradas, las pausas y los silencios son más elocuentes que el texto porque los cuerpos nunca mienten.

No filman en estudios, sino en locaciones y escenarios naturales. No hay un uso del sonido en un sentido bien expresivo, sino más bien descriptivo. No hay música incidental -con la excepción de la última película, El niño de la bicicleta, recientemente estrenada en Buenos Aires-. No hay nada llamativo ni manierista en la composición fotográfica de los planos, que no por eso deja de ser meticulosa. No hay grandes episodios o sucesos en la narrativa, pero tampoco sería exacto decir que estamos hablando de minimalismo. Es que se trata de tener un guión con los elementos que estrictamente necesita, ni más ni menos, pero no por eso acotado. No hay virtuosismo técnico ni un deslumbrante despliegue visual con florituras y ornamentos. En cambio, hay naturalidad. Mucha naturalidad.

La tercera película, Le fils (El hijo, 2002) es una indeleble historia moral sobre la venganza, el perdón y la redención marcada por un dolor inmenso que soportan un adulto y un chico forzados a confrontar situaciones límite estando ellos mismos indefensos. La anécdota gira alrededor de un momento en la vida de un carpintero de un centro de rehabilitación juvenil que toma como aprendiz a un adolescente de 15 años. Un chico tímido, bastante peculiar, que recién acaba de salir de la cárcel. Y que no tiene idea que una tragedia del pasado lo une con su instructor. Eventualmente, esta tragedia obliga al carpintero a enfrentarse a emociones desestabilizantes y devastadoras causadas por la aparición del chico. Y, otra vez, está la posibilidad del perdón.

Olivier Gourmet, que interpreta al carpintero, ganó el premio a mejor actor en el Festival de Cannes, y después, en el 2005, los Dardenne ganaron la Palma de Oro por segunda vez por L’enfant (El niño). La cuarta película, Le silence de Lorna (El silencio de Lorna, 2008) ganó el premio al mejor guión. Y la última, Le gamin au vélo (El niño de la bicicleta), ganó el Gran Premio del Jurado. En total, los Dardenne ganaron cinco premios de los más relevantes del Festival de Cannes, otra proeza.

El niño está filmada en la oscura ciudad belga de Seraing, y explora el devenir de una pareja de jóvenes bien inmaduros, adolescentes tardíos, que tienen un bebé pero no saben en lo más mínimo cómo cuidarlo. El joven es un traficante de medio pelo sin ningún tipo de proyecto, y, lo que es peor, su hijo tampoco le importa. “Cuando pensamos en la película, tratamos de pensar en términos de la relación entre el padre y el hijo. ¿El hecho de que la chica ame a su hijo, que exista para él, es suficiente para que el joven se dé cuenta de que él también tiene que existir para su hijo?”.

Acá la idea es que el padre, el joven inmaduro, el adolescente eterno, tiene que atravesar un largo proceso que quizás hasta incluya vender al bebé para darse cuenta de qué está pasando. Y la pregunta es si él va a poder transitar el proceso para ver todo lo que ni siquiera registra. La siguiente película, Le silence de Lorna, está centrada en “una joven mujer que tiene todas las razones del mundo para estar desesperada, pero sigue creyendo que nada es imposible. ¿Cómo puede una mujer que no cree en Dios creer que nada es imposible? ¿De dónde sale esta esperanza increíble? Lorna es un personaje que nada contra la corriente, pase lo que pase”, señala Luc Dardenne.

Es que debido a su clase social, Lorna está dispuesta a hacer muchas cosas que gran parte de la gente no haría, simplemente porque no necesita hacerlo. Pero Lorna no goza de confort y dinero. Ni de ningún tipo de privilegios. Entonces, le guste o no, se mete en situaciones en las que tiene que, por ejemplo, aceptar o negar la muerte de un Otro. No tiene ningún derecho para hacerlo, pero sin embargo lo hace. Por eso, quizás, no es nada fácil ponerse del lado de Lorna; al fin y al cabo, de su lado está ella sola.

Su última película, El niño de la bicicleta, sin ser un dechado de amor y felicidad, ni mucho menos, es la más esperanzadora y alentadora de toda su filmografía. La historia es simple: un chico de 10 años es abandonado por el padre en un hogar juvenil del Estado. El chico niega una y otra vez que el padre se haya olvidado de él, mucho menos no querer tenerlo cerca, o, lo que es peor de todo, que vendió su bicicleta porque necesitaba un poco de dinero. Pero dentro de este muy triste panorama, hay también una parte luminosa encarnada por una mujer joven que quiere ayudar al chico, y quizás hasta adoptarlo.

La relación que importa no es la del padre e hijo, sino la del chico y la mujer. Mientras él se queja y reniega de todo, ella intenta ser la madre que él nunca tuvo. Tal vez ella también vivió de chica lo que el niño de la bicicleta está viviendo ahora, y entonces lucha para que él no sufra el mismo destino. Quizá él también es el hijo que ella nunca tuvo o que no puede tener, algo que nunca se revela. Este respiro que los Dardenne les dan a sus personajes al llevarlos a un lugar más afectivo y amoroso es bienvenido porque es creíble y lúcido. Este no es un final a lo Hollywood, y es obvio porque no lo es: habla de personas de verdad en situaciones reales que hacen lo que pueden con lo que tienen. Eso ya es bastante.

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