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MAR DEL PLATA 2011: crónicas fantasmas (2)

Por Daniel Cholakian

La mañana del segundo día del festival olvida el fácil encantamiento de la primera jornada. Ya no hay glamour, ni entradas para prensa suficientes (o al menos para las funciones que el cinéfilo pretende conseguir). Y todo aquello que era tolerable en el sábado originario, se hace horror en el primer día de trabajo. Si agregáramos a ello la muy mala sala de prensa (pocas computadoras, internet inalámbrico inestable, falta de mesas para trabajar y la falta del mínimo café disponible) la cosa pierde el brillo de la apertura. Nada parece funcionar como debería. Y para colmo de males, el cine no apareció, por lo menos en las elecciones dubitativas de ese fantasma cinéfilo.

Hablaremos sólo de argentinas. Suena a capricho, pero es cierto que la presencia del cine autóctono es abundante y en muchos casos atractiva. Aunque, como verán, no todo lo que brilla es oro.

Confinado al Cine Colón, pintoresco y bello en su original, pero poco apto para ver cine en el cine, la competencia nacional se abrió con Diablo, la película de Nicanor Loreti que se organiza a partir de la propuesta del cine conocido como clase “B”, con las reestetizaciones a las que fue sometido aquel género original, cuyo efecto fue convertirlo en artículo de consumo que de los sectores populares pasó a élites cinéfilas cuasi intelectuales. Ese modelo violento en clave bizarra, intenta atraer con un conjunto de situaciones y personajes que no necesariamente aportan a una narración coherente, sólida y unitaria. Registros diversos de las actuaciones o de los escenarios rompen constantemente con la unidad, tanto como la estructura basada en secuencias y personajes que entran y salen de la casa del “Inca del Sinaí”. Poco más que algunos chistes que funcionan, personajes con algunos chispazos y sangre inagotable. Para los chicos bien que estudian cine, seguro que es una gran película.

Tomando también rasgos de tradiciones narrativas anteriores, Nosotras sin mamá parte de una estructura que bien podría ser una obra de teatro de la década del ’70. Tres hermanas quedan encerradas en la que fuera su casa materna y allí saldrán a la luz los conflictos y los afectos que no siempre amanecen en otras situaciones cotidianas. Sin embargo María Eugenia Suiero, su realizadora, sobre aquella estructura construye una comedia, evita siempre los lugares comunes, aún cuando están presentes los temas familiares comunes, y construye tres personajes tan disímiles como arquetípicos. Por momentos máscaras de sí mismas, esas tres hermanas juegan lugares sociales, económicos y etarios diferentes y generan de eso modo, empatías y rechazos. Sueiro evita todo maximalismo y esto es un valor para destacar. Con altibajos en los registros, las actuaciones son parte esencial de esta película.

Graba, la nueva película de Sergio Mazza, es la que cerró la noche. Valga la aclaración, no es la historia de una chica argentina inmigrante en París con problemas de papeles y hospedaje. Es la historia de una mujer doliente que huye, que se escapa, que fuga de una situación compleja e irresuelta. Y de resulta de esa huída, llega a París y allí transcurre una etapa de su vida. La película está contada con indicios, con pequeñas señales. Mazza no hace de la obviedad y la explicación parte de su cine. Ya estaba claro en Gallero, y aquí sostiene su propuesta de abrir espacios de interpretación e invitar al espectador a la reconstrucción del camino del personaje. Tentado a no escribir más y contar aún menos, sólo recomiendo estar atentos a los gestos, a los momentos, a cada pequeño acto de María, la protagonista de Graba, todos ellos tendrán sentido cuando, de un modo casi casual, se revele el verdadero nudo del conflicto y la historia, retrospectivamente, cobre un nuevo sentido.

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