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El gato desaparece

Título original: El gato desaparece
Origen: Argentina – España
Director: Carlos Sorín
Reparto: Luis Luque, Beatriz Spelzini, María Abadi y Norma Argentina
Guión: Carlos Sorín
Fotografía: Julián Apezteguia
Montaje: Mohamed Rajid
Música: Nicolás Sorín
Duración: 90 minutos
Año: 2010


6 puntos


Otra historia mínima

Por Guillermo Colantonio

Luego de una ópera prima interesante (La película del rey, 1986), la carrera de Sorín fue bastante irregular, aunque pareció encontrar un lugar en la aceptación de un público mayoritario con Historias mínimas (2002), a la que se le sumaron otros títulos cuyo intento por emular ciertas zonas del cine de Kiarostami y Panahi pero con color local era bastante evidente (llamativamente, la misma gente que aplaudía estos filmes no aguantaba diez minutos de cine iraní). El gato desaparece sostiene esta idea de lo mínimo a través de un correcto ejercicio de género que, sin embargo, se muere en su pequeñez. A partir de una idea argumental bastante trillada (un profesor universitario que sale de una institución psiquiátrica luego de un brote psicótico), un punto de vista ya trabajado varias veces (el espectador comparte la angustia y las dudas de su mujer sobre si ha quedado bien mentalmente o no) y signos obvios en el imaginario del terror (gato negro, doble personalidad), la película bien podría haber sido un cortometraje. Esto se advierte en la falta de ritmo, sustituido por secuencias y atmósferas bien logradas que no alcanzan para disimular la debilidad narrativa. La dupla actoral (Luque-Spelzini) está muy bien y en todo caso, los aciertos habrá que buscarlos en otras zonas ominosas que van más allá de los momentos de terror: la trivialidad burguesa de los protagonistas, la incomunicación con sus hijos y las formas en que miran a un mundo proletariado que no les pertenece, sumados a la abominable condición facial y discursiva de los médicos. No obstante, no alcanza ese gesto para atribuirle un supuesto carácter chabroliano como quisieron ver arriesgadamente algunos críticos, de la misma manera que los pasajes de suspenso no están a la altura (como también pretendieron notar otros) de un Hitchcock, más allá del cameo del propio Sorín. Aquí, lo mínimo del director vuelve a ser algo visible: no le alcanza para el bisturí del francés ni para la habilidad en el manejo de intrigas del inglés.

El trabajo técnico es impecable en todos sus rubros (tengo algunas objeciones con la banda sonora), pero da la sensación de que cada una de las secuencias no tiene peso dramático, de que son como retazos cosidos a la fuerza. Hay un pulso vital ausente y cuando se agota el tiempo de espera (dilatado por la incertidumbre de la mujer), todo transcurre como si fuera una tanda publicitaria, con una sucesión de viñetas que conducen a un terreno esperable.

Al comienzo de la película hay dos advertencias. La primera es una invitación a apagar los celulares, la cual es bienvenida y no admite discusión; la segunda, a no contar el final. Por supuesto que no pretendo aguar la fiesta, sólo afirmo que podrían haberse esmerado más. El desenlace cae como una cascada luego de setenta y pico de minutos de un mar calmo donde uno podía navegar tranquilo (o más bien indiferente). Es una imagen que refleja algo muy escuchado: a ciertas ideas no hay cómo sostenerlas. Entonces, lo previsible gobierna y anula lo anterior.

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