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La pivellina

Título original: La Pivellina
Origen: Austria, Italia
Director: Rainer Frimmel, Tizza Covi
Reparto: Patrizia Gerardi, Asia Crippa, Tairo Caroli
Guión: Tizza Covi
Fotografía: Rainer Frimmel
Montaje: Tizza Covi
Música: Bruno Coulais
Duración: 84 minutos
Año: 2009


8 puntos


All you need is love

Por Javier Luzi

Cuando apareció el neorrealismo italiano, de alguna manera, trajo ese aire de frescura que el cine de la península estaba necesitando para airear los grandes salones de teléfonos blancos donde se desarrollaban los melodramas gastados por el uso (político). Las cámaras a la calle, la utilización de actores no profesionales, las historias cotidianas y del pueblo -entre otras tantas cosas-, fueron su aporte. Y de allí, entonces, parece abrevar La pivellina. Del sentimentalismo de Ladrones de bicicleta y la marginalia pasoliniana, de la extrañeza epifánica de los filmes de Rossellini y el locus circense y la pureza naive de ciertos personajes fellinianos. Elementos observados al mejor estilo de los Dardenne. Y con el rigor que aporta el género documental. La italiana Tizza Covi y el austríaco Rainer Frimmel -los realizadores-, se asomaron al mundo cinematográfico como documentalistas y en éste, su primer filme de ficción, aprovechan con inteligencia y maestría aquellos recursos procedimentales que tan bien demostraron manejar en sus dos primeros trabajos.

Asia, una pibita de 2 años, está sola en una plaza. Una mujer que buscaba a su perro perdido la encuentra y la lleva a su hogar. Pero su hogar no es una casa común sino una casa rodante estacionada en un baldío, en la periferia de Roma, rodeada de otros trailers, parte de un circo ambulante. Un sitio que cuando llueve se anega y el piso de tierra se vuelve charcos de barro. Donde el municipio se niega a devolver la electricidad y el agua se consigue conectando una manguera al surtidor de la calle. Una Roma que ni la RAI ni Berlusconi reconocen como real. Pero que late y vive profundamente.

La mujer, Patti, no está sola. Tiene un marido, Walter. Y con ellos anda por allí un adolescente de 14 años, Tairo, hijo de una pareja amiga ya separada, con el que intentan sostener la ilusión de un espectáculo circense que carece de público pero no de ganas. Porque de ilusiones y de ganas está hecha esta película. Donde los protagonistas, una vez que descubren, merced a un papel en la campera de la pequeña, que ésta ha sido abandonada por su madre, procuran resolver la situación siempre pensando en lo mejor para la niña. Con lo que tienen y con lo que les falta. De la denuncia a la policía a la posibilidad de la adopción, pasando por los juegos, no hay intento en los mayores que no conlleve una carga de amor, de ese (amor) que se ofrece sin sobreabundancia de discursos ni palabras bellas.

Familias que se eligen (y en esa elección fundan la Ley) haciendo del cuidado del otro la única condición imprescindible de convivencia, creando lazos comunitarios basados en la solidaridad y otorgando al cariño la razón primordial y primera para ser (humano).

Con una cámara certera y precisa, que permite asomarse a estos días compartidos por extraños sin hacernos sentir a los espectadores como intrusos ni voyeurs, y un manejo de los no actores de fina percepción y sensibilidad, la puesta va relatando un tiempo otro que habla, por comparación y diferencia, del nuestro. Tan egoísta, tan ombliguista, tan ventajero, tan cínico. Y nos interpela sin la recurrencia al golpe bajo ni al trazo grueso sentimentaloide. Las risas y sonrisas que matizan y asoman en varios momentos del relato se imponen y resuenan, largamente, en nuestros oídos aún mucho después del visionado de la película.

La pivellina es para agradecer porque nos permite volver a aprender a respirar aire puro. Un aire que buena falta nos hace.

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