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MARFICI 2010: Día 1

Por Cristian Ariel Mangini

Empezar la cobertura de un nuevo festival siempre es un placer, uno sabe, o viene con la pretensión de, ver un cine distinto. En el caso del MARFICI podríamos hablar de grillas pensadas con un tenor distinto al del Festival que ahora se está desarrollando en noviembre. En principio, la sección en competencia se focaliza en el documental y las películas que asoman presentan autores y formatos poco convencionales o permanecen en las periferias del circuito comercial. Pero la cuestión pasa por ver como eso se afirma con el público y la identidad misma del festival, habrá sorpresas así como decepciones desde un punto de vista crítico, pero no deja de tener más importancia el debate en la sala luego de la proyección, las charlas en los pasillos y alguna que otra reacción inesperada del público. De eso se trata un festival también.

Bueno, la cuestión es que con el tiempo justo retiré mi acreditación 4 menos cinco y a las 4 ya estaba viendo Las raíces de la niebla, de Dounia Bovet-Wolteche una de las competidoras de la competencia internacional de documentales. Hay aquí una intención estética al trabajar con el blanco y negro y el súper 8, que por momentos le da más grano a las imágenes que vemos en pantalla, y uno puede entender que está marcando lo brumoso o lo inasible de las memorias de Axelle, la protagonista del film. También hay un vuelo poético con la voz en off que por momentos ingresa en rodeos lingüísticos que tornan derivativo el relato, algo que de alguna manera también sucede con las imágenes que redundan en la figura de Ali en el hospital. Pero el problema esencial de este documental no está en nada de lo que se haya mencionado. El guión no le da sustancia narrativa a los testimonios y, cuando parece afincarse en algún tópico (supongamos, los efectos luego de la independencia de Argelia), el documental se pierde en la indulgencia de imágenes que en lugar de complementar al relato lo hacen más intricado y denso. Aburrido, que diablos. Por eso quizá lo más acertado sería hablar de un film con algunos encuadres que son postales interesantes (la de la estatua de Ali derruida en el medio de la ciudad parece una clara raíz del subtexto), pero que en el ejercicio de la imagen en movimiento se pierde entre travellings laterales contemplativos y un ambicioso tono qualité que la hace un film críptico, que pierde su tesis en el desarrollo.

Más saludable y también, en la línea de cierta obsesión con la búsqueda del pasado y la identidad, se vio La ciudad de los signos, de Samuel Alarcón. Aunque aquí la figura central de ese pasado sea la búsqueda de César Alarcón (padre del director) utilizando psicofonías en la derruida Pompeya, para encontrarse con voces del 79 d.C .En lugar de ello, se encontraría con las voces de algo mucho más reciente, que es nada más y nada menos que la voz de George Sanders e Ingrid Bergman en Viaggio in Italia, del enorme Roberto Rossellini. A partir de allí el film se convierte en un peregrinar a través de la filmografía del director italiano, con sobreimpresiones de sus films mientras escuchamos el registro de psicofonías y vemos estructuras abandonadas del rodaje de los clásicos del director (y lo que fue de algunas locaciones). Así se materializa la búsqueda estética del director en una serie de signos que representan el universo fílmico de Rossellini, una ciudad donde vivos y muertos, ficción y realidad, colisionan para formar parte de un espacio paralelo que ha trascendido al tiempo. Esa es la premisa y su desarrollo confirma y logra materializar está cuestión aunque el resultado, a falta de una mayor cantidad de marcas subjetivas, termina por ser un hibrido a medio camino entre el homenaje y la biografía, dejando a la película como una anécdota interesante pero poco novedosa más allá de su planteo. Entretenida y con sabor a poco, no deja de ser una propuesta interesante, especialmente si son amantes (¿quién no?) de ese pilar del neorrealismo.

Luego un pequeño espacio, café, revisar el resultado de un partido (cierto 6 a 0) y emprender para la gala de apertura donde me saludo con varios colegas entre el murmullo incesante y una saludable cantidad de público. El cantante lírico Alejandro Brunengo abrió el acto para dar lugar al espacio de formalidad, con las palabras del director general José Luis Jacobo, los aplausos –algo reiterativos- y la presentación de jurados, diagramadores y colaboradores. En sus palabras, Jacobo sintetizó que el festival nació “de una comida familiar” y “las ganas de hacer algo” que sea genuinamente local, a diferencia del Festival Internacional de Cine donde la participación de los marplatenses está más limitada sino negada. En sus palabras “con la ñata contra el vidrio”. Luego concluyó con la frase de que “hacer es mucho más fuerte que impedir”, respecto a los numerosos obstáculos que ha recibido este festival a lo largo de su historia para efectuarse.

Y luego nuevamente el cine con la película de apertura, en este caso con el documental Escape al silencio: notas de vida de Alfredo Espinoza, del chileno Diego Pequeño. Estamos aquí ante el rescate de una figura musical extraordinaria, con un reconocimiento tardío y una historia y un entorno bastante peculiar que permite construir ese complejo mosaico que es Alfredo Espinoza. Un talentosísimo jazzista chileno con una serie de solos espectaculares que fueron escuchados alrededor del mundo, que nos tocó de cerca con la legendaria la Porteña jazz band, y que ha esparcido su talento por distintos complejos europeos donde fue escuchado por figuras de renombre y que ha demostrado su capacidad numerosas veces. Sin embargo, su nombre parece haberse perdido y el documental reconstruye en base a un exhaustivo trabajo documental la biografía de este músico desde el testimonio de críticos, amigos, familiares y músicos que lo conocieron. Es desde estos testimonios, cargados de emotividad, que nos alejamos de la estética de planos cortos y descriptivos que asoman cercanos a la estética de los documentales musicales de la BBC. Porque es con esas historias y como ha afectado la música sus vidas que comprendemos la magnitud que ha alcanzado esta figura dentro del jazz, y la criminal omisión que recibió a lo largo de los años. Por momentos una comedia involuntaria y por otros una triste reflexión sobre el paso del tiempo y las memorias, este film que por momentos se hace demasiado extenso (es notable la cantidad de finales y fundidos a negros que parecen conclusivos) tiene una enorme banda sonora y se muestra como la mejor película que he visto en el día. Amantes de la música (no solo del jazz), este film es indispensable.

Por lo pronto, me dispongo para un domingo donde asoman algunos documentales prometedores y alguna que otra promesa del terror. Veremos para que alcanza el día luego de salidas nocturnas y reuniones trasnochadas.

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