Por Rodrigo Seijas
Hay una característica que une a Game of thrones con series como, por ejemplo, Boardwalk Empire (otra gema de la cadena HBO) y es su voluntad –unida a su capacidad- para ir dosificando conflictos, para ir mostrando un in crescendo a medida que se suceden los capítulos, construyendo los choques de voluntades a partir de acumulaciones de aislados hechos de violencia, hasta que finalmente todo estalla por los aires. Esto está pautado, en buena medida, por episodios de apertura de temporada donde no se busca tanto el impacto –la excepción a la regla podría ser el piloto, que culminaba con una escena que sacudía al espectador-, sino ir hilvanando lo que se va a venir en los capítulos siguientes. The wars to come es un caso testigo –bastante logrado por cierto- de lo anteriormente dicho.
Eso no quiere decir que este episodio no tenga escenas para recordar. Tenemos por ejemplo la secuencia apertura, un flashback donde se ve el encuentro que tuvo Cersei Lannister con una bruja, donde se le anticipó un futuro cuando menos inquietante, y lo cierto es que esos minutos iniciales contienen una atmósfera opresiva que pocas series pueden ofrecer. Pero en verdad, el título The wars to come –cuya traducción sería “las guerras que vendrán”- es muy apropiado para el capítulo, porque todo se trata de mostrar en qué situación actual están los personajes y hacia dónde irán, o intentarán ir.
Todos están planificando sus próximas movidas o más bien, esperando a que los muevan, porque ya son bastante conscientes de que son piezas en un juego mucho más grande que ellos. Esto se puede notar principalmente en Tyrion Lannister, que al final de la temporada anterior se decidió de una buena vez por todas a ejercer su propio destino, lo cual, paradójicamente, lo ha puesto nuevamente en la posición de títere, sólo que ahora no es su padre el titiritero, sino Varys y un conjunto de fuerzas que esperan poder colocar en el trono a Daenerys Targaryen y que ahora cuentan con un aliado inesperado. Tyrion no abandona su conocido tono mordaz, pero tampoco esa particular sensibilidad muchas veces emparentada con el patetismo, y que siempre, a través de la fenomenal performance de Peter Dinklage –y líneas de diálogo estupendas, hay que decirlo-, han sabido generar en el espectador empatía pero no necesariamente lástima. Ahí lo saliendo hecho pelota de una caja, todo sucio y desprolijo, con una barba de varios días, haciendo referencia a cómo tuvo que sacar por los agujeros su propia mierda, agarrando a la primera de cambio una jarra de vino, vomitando casi enseguida, para nuevamente seguir tomando, y uno lo entiende. Lo entiende en su dolor, en su complejo de inferioridad, pero también su inquebrantable orgullo, y no puede más que quererlo. La perspectiva de un encuentro de esta personalidad con Daenerys es sumamente atractiva.
Y mientras Daenerys sigue lidiando con las dificultades que implican gobernar –que es muy diferente de hacerse con el poder, lo cual deberían aprender algunos políticos argentinos- y con sus dragones, que ya no parecen ser sus dragones; las cosas siguen ásperas en Desembarco del Rey; Meñique le cuenta a Sansa Stark que la llevará lo más lejos posible de Cersei Lannister; y aún no sabemos qué es de la vida de Arya Stark, The wars to come termina en El Muro, donde Mance Rayder (Ciaran Hinds, como siempre, excelente) es ejecutado como sólo pueden hacerlo Stannis Baratheon y su ¿fiel? consejera Melisandre: en la hoguera, con las llamas apuntando al cielo. Esa escena, elegantemente llevada, tan fascinante como aterradora, es cortada por iniciativa de Jon Snow, quien acaba de un flechazo a Rayder, como para ahorrarle el sufrimiento. Snow seguirá sufriendo, otro personaje que siempre busca escribir su propia historia, aunque demasiadas veces le han probado que es un juguete del destino. Él, obviamente, seguirá insistiendo, como todos los demás, y son esas colisiones de voluntades las que, se espera, seguirán haciendo apasionante a Game of thrones. Por ahora, sólo tenemos el despliegue del escenario.

