Por Rodrigo Seijas
Dentro de la Competencia Argentina del 29° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata se presentó Yo sé lo que envenena, film que hace un fuerte hincapié en su pertenencia al conurbano bonaerense y la cultura del metal, y en el que también hacen su aparición temas como el amor, la búsqueda de una identidad propia y la amistad, siempre a la sombra de esa figura casi legendaria que es Ricardo Iorio. Sobre estos temas, la construcción narrativa, los avatares de la producción y los vínculos con otros exponentes del cine habló con FANCINEMA su director, Federico Sosa.
-¿Cómo es que nace la idea del relato de la película?
Yo vengo escribiendo desde hace tiempo y juntando notas, ideas, escenas, noticias de diarios. Hace unos años, cuando vi la entrevista a Iorio de Beto Casella, sentí un fuerte impacto, especialmente con la anécdota de la canción Yo sé lo que envenena, que quedó ahí en el tintero como algo muy cinematográfico. Cuando me puse a escribir la película, ya tenía una de las historias armadas pero la anécdota se fue apropiando de todo el guión, aunque la idea la fui masticando con el tiempo.
-Llama la atención el trabajo con el espacio urbano. ¿En qué zonas se filmó la película?
Está toda hecha en el conurbano bonaerense: los protagonistas son del conurbano y la historia transcurre en San Justo. Las locaciones las tratamos de conseguir en la medida que nos resulta más cómodo, pero el film fue rodado en San Justo, Liniers (ahí abajo, muy cerca de la General Paz), Valentín Alsina, Burzaco, Lanús… La idea era recrear el mundo del conurbano. Yo trabajé toda mi vida ahí, es maravilloso y sin embargo no se lo ve mucho en las películas argentinas.
-¿Vos sentís que el conurbano no aparece o aparece poco en el cine argentino? ¿Creés que hay alguna razón en especial?
Sí, creo que aparece poco porque la mayoría de los que estudian cine lo hacen en Capital Federal, tienen mayores recursos y sus mundos están situados en la parte norte de la Ciudad de Buenos Aires, por decirlo diplomáticamente.
-En el film se nota un conocimiento del género de la comedia: el timing, las estructuras narrativas, cómo construir escenas o personajes que generen empatía. ¿Hay un cine, aunque sea vinculado lateralmente a la comedia, de acá o de otros países, con el que te sientas identificado?
Yo la verdad que no esperaba que la gente se riera tanto con el film. Nosotros no nos planteamos como objetivo “hacer una comedia”. Pensamos más bien en una comedia dramática. Yo en verdad lo pienso como un drama. Nunca buscamos el chiste por el chiste. Lo cierto es que yo escribí un solo chiste: el de las facturas, cuando le dicen a Rama que la próxima se podría enganchar con una mina que labure en una panadería. Después son situaciones que los personajes viven como dramáticas y a las que a los actores nunca se las marqué como de comedia, aunque pueden derivar en un inverosímil que produce risa. De hecho, nosotros nos reímos mucho durante la filmación. Lo que sí, desde el guión los personajes fueron absolutamente pensados para tener relaciones entre sí y a la vez tener cada uno su propia estructura narrativa, con sus escenas importantes, su clímax y su desenlace. También hubo cosas que los actores -que no se conocían de antes- fueron aportando durante los ensayos, que cambiaron situaciones que en el guión eran más dramáticas y le aportaron otro tono. Por ejemplo, cuando Iván afirma que Ricardo Iorio es el mejor autor argentino: esa fue una improvisación de Federico Liss, quien interpreta a Iván, que fue genial y nos hizo desmayarnos de risa. Respecto a las referencias cinematográficas, en principio están las películas estructuradas alrededor de tres amigos, como El odio, de Mathieu Kassovitz; la trilogía de Perrone compuesta por Labios de churrasco, Graciadió y Cinco pa´l peso -especialmente la segunda-; 25 watts, de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella; Haz lo correcto, de Spike Lee; Dar la cara, de José Martínez Suárez; y 76-89-03, de Cristian Bernard y Flavio Nardini (tuve la suerte de trabajar con ellos en una serie de televisión del 2012, Germán, últimas viñetas, de la que dirigí dos capítulos).
-¿Cómo te ayudó esa experiencia previa dirigiendo en la televisión?
Esa experiencia fue muy grosa porque nunca había trabajado con actores tan importantes como Miguel Angel Solá y Claudio Rissi. De hecho, ahí conocí a Gustavo Pardi y Ezequiel Tronconi, quienes después trabajaron en la película. Tampoco había trabajado en un estudio a dos cámaras y la verdad es que siempre se aprende. Ya había hecho dos cortometrajes y un documental, pero esa experiencia fue muy rica porque fue cimentando mi capacidad para resolver con muy poco la producción de la película.
-¿Con qué presupuesto contaron?
El presupuesto fue ínfimo: la película habrá salido 40 mil pesos. Se trabajó de manera muy profesional, no más de doce horas por día. Fueron 21 jornadas, aunque transcurridas en el tiempo, porque yo contaba con una plata para empezar -había vendido un auto- pero después las jornadas más caras las tuvimos que frenar y esperar a juntar el dinero necesario.
-¿Te costó desarrollar la historia de algún personaje en particular o en todos los casos las piezas encajaron rápidamente?
Con el personaje de Rama me costó encontrar el clímax para su trama. Con el personaje de Chacho no tuve inconvenientes, fue el primero de los tres cuyo relato quedó completo. Yo ya escribí dos guiones y siempre está bueno saber hacia dónde se va, para después volver y construir para atrás. Me pasó eso con los personajes de Chacho e Iván. En cambio, con la historia de Rama, me pasó al revés: tenía todo el principio pero no el clímax, que para mí casi siempre funciona como el punto de referencia, el lugar hacia donde te tenés que dirigir para manejar la estructura.
–Yo sé lo que envenena es esencialmente una película de tres tipos, de tres hombres, dos de los cuales tienen una perspectiva muy definida sobre las mujeres. ¿Vos pensaste en este aspecto o es algo que fue surgiendo solo?
La verdad que yo armo los personajes y luego trato de ponerme en la piel de ellos, de pensar como ellos. No es que pensé los temas y luego armé los personajes, es exactamente al revés. Para mí lo más importante es narrar, es la historia. Después uno escribe de acuerdo a la manera que piensa, sin juzgar a los personajes, pensando un poco como ellos, con lo que escritura de un guión y el diseño de un personaje pueden terminar siendo algo muy esquizofrénico. Además, algo que me interesó mucho es que no haya antagonistas o un enemigo. Las películas con buenos y malos no me interesan, me parece más rico evitar ese formato.
-¿Se te ha ocurrido pensar qué diría Iorio de la película?
Yo espero que algún día la vea y se cague de risa. Es una comedia, es ficción, tiene y no tiene que ver con Ricardo, que es una eminencia. Al film lo vieron metaleros -hubo una mujer con una remera de Almafuerte que se me acercó y me contó “me vine desde Buenos Aires con la moto para ver la película”- y señoras de setenta años, y todos se mostraron contentos. En ese sentido, el público es muy variado.
