Por Rodrigo Seijas
Conozco gente cercana que no se ha mostrado precisamente conforme con lo entregado por la última temporada de The killing. Yo debo decir que no me pareció malo el balance de estos últimos seis capítulos, aunque tampoco necesariamente bueno. Y aclaro que cuando digo “malo” y “bueno”, lo hago siendo demasiado tajante, porque hubo muchos grises que merecen analizados.
La remake de la serie danesa Forbrydelsen tuvo muchos altibajos, que probablemente se vinculen con sus problemas de rating. La primera temporada fue realmente muy buena, aunque ya ahí estaba presente la principal debilidad argumental: esa necesidad de cerrar casi todos los capítulos con un sospechoso distinto, que luego se revelaba falso, lo que le terminaba quitando suspenso a la trama central. La dos estuvo de más, porque continuó el caso del primer año, lo cual estiró un relato de forma totalmente innecesaria. La tres tuvo elementos muy interesantes y supo profundizar en los personajes y la oscuridad que los rodeaba, dejando asimismo un final totalmente abierto, con una premisa que merecía ser retomada en lo que fue la cuarta temporada. En AMC –una cadena que convirtió en tradición el confrontar con los equipos creativos de sus programas más exitosos, como Mad men y The walking dead– nunca estuvieron demasiado convencidos del potencial de la serie: de ahí que luego del segundo año, la cancelaron por primera vez, aunque luego admitieron el retorno para una tercera temporada a partir de la inclusión de Netflix como socio productor, aunque luego la canceló definitivamente. Fue la propia Netflix la que decidió darle una nueva oportunidad, con los últimos seis episodios emitidos este año a través del servicio de streaming.
En verdad, The killing fue siempre una serie a la que le costó balancear su narración entre los acontecimientos de los tres casos desarrollados en las cuatro temporadas y las vidas personales de los dos detectives protagonistas, Sarah Linden (Mireille Enos) y Stephen Holder (Joel Kinnaman) –afectadas en ciertos aspectos por su labor policial-. En ambos carriles podían encontrarse hallazgos y debilidades, en determinados segmentos supieron potenciarse entre sí y en otros todo lo contrario. Lo que importaba y se destacaba era la negrura que emanaba de los personajes y su contexto, una Seattle donde el precio siempre lo pagaban los débiles (principalmente los jóvenes) y las instituciones que debían salvaguardar a los individuos –la familia, la escuela, la policía, la política- estaban absolutamente colapsadas. Lo cierto es que esta última temporada, quizás por tener sólo seis capítulos, supo exhibir un mayor equilibrio, abordando los intentos de Linden y Holder por dejar atrás el homicidio de James Skinner, cometido por la primera con la complicidad del segundo, mientras son asignados a un nuevo caso: el brutal homicidio de una familia rica y poderosa, en el que el único superviviente –el hijo, quien estudia en una rígida academia militar- es también el principal sospechoso.
No deja de ser llamativo que The killing quiso en su despedida hacerse cargo de algo que venía flotando desde el mismo comienzo en la historia, que era la tensión casi sexual entre Linden y Holder, aunque no de la manera más apropiada. Pasa que ambos supieron entenderse básicamente porque los unían sus personalidades autodestructivas, con sus adicciones, sus dificultades para entablar lazos afectivos y hasta sus incapacidades para tomar diversas responsabilidades personales. La serie amagó durante casi la totalidad de los últimos capítulos con someter a esta particular pareja al destino trágico que estaba trazándose para sí misma, para luego darle una oportunidad de redención que no dejó de ser cuanto menos forzada. Una pena, porque Linden y Holder estaban entregándose casi mansamente a lo que les aguardaba –ver sino la escena del interrogatorio, donde ella admite su culpa, sin luchar, aliviándose incluso por poder hacerlo- y esa decisión por ir a favor de un final más tranquilizador -que incluso va contra lo prometido a partir del tag line con que se vendió la última temporada: «el pasado no puede ser lavado»- terminó siendo cuando menos decepcionante. Aún así, la cuarta temporada supo entregar algunos personajes complejos y atractivos –la Coronel Margaret Rayne, encarnada por la excelente Joan Allen, una mujer que tras su aparente fortaleza brindada por su formación militar, esconde una fragilidad inusual, enmarcada por terribles secretos-, abordajes espacio-temporales más que interesantes –la forma en que es trabajada la secuencia del asesinato en distintos capítulos denota un gran cuidado en la puesta en escena- y planos sencillamente inolvidables –el de Linden y Holder viendo emerger de las aguas de un lago el auto donde habían ocultado a Skinner, luego de ser descubierto por la policía, es el máximo ejemplo-. Esos elementos, unidos o por separado, la hicieron volar alto.
Con todos sus defectos, The killing no dejó de ser un policial ambicioso sin ser excesivamente ramificado, con pulso y estilo cinematográfico –por algo entre sus distintos directores figuraron nombres como Jonathan Demme, Agnieszka Holland, Patty Jenkins y Brad Anderson- y hasta bello en su melancolía, que nunca cayó en la estetización banal de la violencia que retrataba. Y sí, tuvo a Linden y Holder, dos desastres absolutos que se hicieron querer –y un poquito se quisieron- a partir de sus defectos. Fue una serie humana y humanista. Su adiós quizás no fue el mejor, pero funcionó como un resumen de sus alcances y límites, que no eran pocos.

