Por Candelaria Barbeira
En fuga funciona como otro producto perfectamente reconocible dentro del ya consolidado fenómeno Harlan Coben. El autor se convirtió casi en una franquicia dentro del catálogo de la plataforma. Desde el contrato firmado en 2018 para adaptar catorce novelas, renovado en 2022, ocupa un lugar fijo en el calendario de estrenos; en 2025 llegó incluso a lanzar cuatro series casi en simultáneo, incluida la argentina Atrapados. Su nombre ya no remite tanto a un escritor como a un tipo muy específico de experiencia serial. En ese marco, En fuga no intenta diferenciarse. Es una ficción pensada para verse rápido y sin demasiadas exigencias. Su objetivo es cumplir con precisión esa función. Arranca de manera previsible y eficaz. Presenta desde el inicio a Simon Greene, interpretado por James Nesbitt en un registro ya conocido. Es el del hombre común emocionalmente desgastado, cargado de culpa y con una vida ordenada que se rompe de golpe. Después de seis meses sin noticias, Simon se cruza con su hija Paige tocando la guitarra en un parque. Esa escena instala los dos ejes centrales del relato. Por un lado, la desaparición como motor narrativo. Por otro, las redes sociales como espacio de juicio inmediato. La pelea de Simon con el novio dealer de la hija queda registrada en celulares, circula rápidamente y lo convierte en sospechoso social antes de que la investigación formal siquiera empiece. A partir de ahí, la historia avanza sin rodeos hacia el asesinato del novio. El padre queda rápidamente ubicado como principal sospechoso. Esto lo obliga a investigar por su cuenta. Al mismo tiempo intenta sostener un vínculo con una esposa que el guion utiliza de manera funcional y luego desplaza sin demasiado desarrollo. Minnie Driver queda relegada a una cama de hospital durante buena parte de la serie. El relato se expande siguiendo el esquema habitual de Coben. Aparecen una detective privada, Elena Ravenscroft, un millonario que busca a su hijo adoptivo, policías que siempre parecen un paso adelante. Una pareja de asesinos jóvenes completa el entramado de subtramas. Su presencia aporta, además, una de las escenas más logradas de la serie. Ocurre en el interior de un auto, cuando el personaje de Dee Dee habla sin parar, deriva hacia temas irrelevantes y sostiene una verborragia casi hipnótica. El permanece en silencio, escucha, deja que el flujo incesante de palabras avance. Al mismo tiempo, no pierde el hilo de un diálogo paralelo, entrecortado y funcional, centrado en la misión que deben cumplir en una situación sostenida casi exclusivamente en el ritmo de la palabra y los silencios. La acumulación de líneas narrativas empieza a generar tensiones internas, sin embargo, el ritmo se mantiene lo suficientemente prolijo como para que el espectador siga avanzando. Se aceptan secretos familiares que se suman sin un orden claro y los recuerdos aparecen fragmentados, editados y visualmente estilizados; la memoria funciona por momentos con la lógica visual de una red social. Se refuerza una idea constante: nadie es exactamente quien dice ser, todos ocultan algo y la verdad nunca aparece en el momento adecuado. Hacia el final, el relato acelera con flashbacks, traumas del pasado y giros pensados para impactar de inmediato. El cierre es previsible pero funcional, no hay ambiciones estéticas ni reflexivas, sí hay la claridad suficiente como para justificar una temporada vista de corrido. En fuga no busca renovar el género ni proponer lecturas complejas, entiende bien su lugar como entretenimiento: es una ficción diseñada para sostener la atención sin exigir demasiado.
NdR: los 8 episodios están disponibles en Netflix.
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