Por Virginia Ceratto
Impecable miniserie de sólo ocho capítulos que alcanzan para desarrollar una trama en la que se despliegan en un juego sinfónico la profunda soledad, el abandono, la culpa, la venganza y lo irracional, todo en formato de thriller psicológico en el que se destacan Claire Danes como la atormentada escritora y madre que ha perdido un hijo Aggie Wigs y su vecino, por lo menos intrigante y mafioso, cuyos perros voraces atribulan menos que su siniestra media sonrisa: Matthew Rhys como Nile Jarvis. Una está arrasada en lo personal y profesional por la muerte de su hijo en un accidente difícil de explicar y el posterior divorcio, y el otro hace lo imposible para agradar a una familia con un padre faraónico. Y los monstruos se juntan. Aquí, lo realmente interesante, como en la vida, es que hay grises, muchos grises. Y siempre hay algo injustificable que, sin embargo, podría tener explicación. Es más, hay un encuentro impresionante, entre estos dos que siempre están como duelo, con las defensas bajas (aparentemente) por el alcohol y la música de Psycho Killer que nos hace dar ganas de participar de esa trasnoche. Oh, ¿pero qué es esto? Si hasta nos gusta cómo baila el vecino. En esta miniserie, en donde tal vez, lo único medio inverosímil sea la irrupción desprolija del agente del FBI (pero lo perdonamos), mucho nos viene a cuento y sabemos de qué se trata: los negociados para lograr urbanizaciones, la compra de funcionarios… La debilidad. Y algo que ya sabemos: ante el dolor extremo, si bien hay límites, podemos comprender. Porque ya lo supo Nietzsche: cuando mirás al abismo, el abismo te mira a vos. Excelente la música, recuperando clásicos como The Pixies con esa Ola de Mutilación, que es toda una metáfora. Con guion de Gabe Rotter y la dirección de Howard Gordon. Para ver y volver a ver a la semana.
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