UN GRAN MALENTENDIDO NOSTÁLGICO
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Con el paso del tiempo, tendemos a idealizar ciertos momentos, etapas, épocas…y claro, sus creaciones. Quizás eso explique por qué la ola nostálgica que atraviesa a Hollywood permita que se haga una secuela-legado de Sé lo que hicieron el verano pasado, que ya cuando se estrenó era un slasher no solo mediocre, sino también envejecido. Pero que también fue un pequeño éxito, que consolidó las pequeñas famas de sus protagonistas y que hasta promovió un par de secuelas, que fueron igual -o más- mediocres.
La nostalgia por Sé lo que hicieron el verano pasado es un gran malentendido, pero también lo fueron su producción y su suceso, fuertemente vinculados a la figura de su guionista, Kevin Williamson. Este se había convertido en uno de los escritores de moda tras ese meteorito creativo y en la taquilla que fue Scream, la cual, convengamos, también era una gran película gracias al notable trabajo de Wes Craven en la dirección y un elenco en estado de gracia. Inmediatamente, Columbia Pictures compró otro guión suyo, que él había escrito previamente pero no había logrado vender, y gran parte del marketing del film se sostuvo en la premisa de que era del “creador de Scream”. Pero lo cierto es que las diferencias entre un relato eran enormes: la de 1996 era una película con una inteligente autoconsciencia genérica, que le servía a la vez para retratar la consciencia de una generación de espectadores; la de 1997 una repetición sin mucha gracia de los esquemas del slasher, que ni siquiera tenía personajes mínimamente atractivos.
Aunque convengamos que la premisa de venganza, que ponía a los cuatro protagonistas en un lugar incómodo, como autores de un crimen involuntario al cual luego encubrían, tenía su atractivo, precisamente porque se podía empatizar con las motivaciones del asesino que los perseguía. Con eso, podía ser más que suficiente para construir una narración potente sin necesidad de innovar demasiado. Sin embargo, se requería habilidad en la puesta en escena para trabajar dos factores esenciales: primero, las diversas instancias de acoso y escalada en agresividad, que traen al presente los pecados del pasado; segundo, la identidad difusa de ese ser difuso armado con un garfio y una vestimenta que le da un aura siniestra. Ahí es donde se nota la falta de un director competente: Jim Gillespie era un realizador carente de inventiva, que casi nunca conseguía la tensión requerida y que posteriormente tampoco haría nada mínimamente interesante.
El éxito de Sé lo que hicieron el verano pasado se dio en un momento de revitalización del slasher a través de la meta-narración, que también trajo otros sucesos casi inexplicables (Leyenda urbana) y otros mucho más logrados en sus objetivos (Aulas peligrosas, también escrita por Williamson). Pero era una película que, a diferencia de las mencionadas previamente, exhibía poca consciencia de los elementos con los que jugaba, más allá del marketing que la sostenía y algunos guiños puntuales. Eso la hacía demasiado solemne, poco entretenida y con una construcción dramática que era difícil tomarse en serio, por más esfuerzos que hicieran Gillespie y los integrantes del elenco. Igual, con poco, le alcanzó para que todavía hoy sea recordada con cariño por unos cuantos. Indudablemente, la nostalgia a veces está sobrevalorada.
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