PRE-DEPORTIVO
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Por más que Hollywood no se lleve del todo bien con él -el éxito que está teniendo F1: la película no deja de ser una pequeña sorpresa-, el ámbito automovilístico tiene un largo recorrido cinematográfico, que se remonta incluso a épocas previas al surgimiento del género deportivo. Cuando hablamos de “género deportivo”, nos referimos a ese cuyas reglas fundamentales fueron sistematizadas inicialmente por Sylvester Stallone en Rocky: el cuento de aprendizaje y autosuperación, en el que el protagonista (que puede ser individual o grupal) es casi un antihéroe, capaz de lograr la victoria incluso en la derrota. Pues bien, Grand Prix es un ejemplo de ese cine pre-deportivo, más concentrado en el drama existencial que en la épica competitiva.
En Grand Prix lo primero que se destaca, incluso desde su secuencia inicial, es su ambición formal, en particular desde el trabajo con el sonido y el montaje. El director, John Frankenheimer -un artesano que durante varias décadas indagó en los comportamientos profesionales-, se preocupa por encontrar el dinamismo adecuado en todas las escenas de carreras, y hay que decir que lo logra con creces. Más aún si tenemos en cuenta que estábamos en los sesenta y había ciertas herramientas técnicas, vinculadas con el uso de la cámara, que todavía no estaban desarrolladas o directamente no existían. Estamos ante una película cuyo visionado en la pantalla grande en ciertos tramos debían ser impactante, porque conseguía meternos dentro de los autos y en las vivencias de los pilotos. Por algo se llevó merecidamente tres Oscars en las categorías de montaje, sonido y efectos de sonido.
Pero lo cierto es que Grand Prix era más un relato dramático que un film deportivo. O era deportivo de manera lateral, porque su interés principal estaba en indagar en las vicisitudes de los pilotos, de esos tipos que, indudablemente, con sus actitudes y visiones, se apartaban un poco de la norma. El relato arrancaba centrándose primariamente en Pete Aron (James Garner), un piloto estadounidense es despedido de su escudería después de un accidente en el circuito de Mónaco en el que también es herido su compañero, Scott Stoddard (Brian Bedford), y que termina uniéndose a otro equipo, cuyo dueño es un empresario japonés interpretado por un Toshiro Mifune al que solo le falta vestirse de samurái. Sin embargo, a medida que pasan los minutos, Aron pasa a tener competidores en su protagonismo: no solo Stoddard, que debe recuperarse de sus heridas y de una crisis con su pareja (Jessica Walter); sino también Jean-Pierre Sarti (Yves Montand), un piloto veterano que comienza un sutil romance con una periodista (Eva Marie Saint); y Nino Barlini (Antonio Sabato), una estrella en ascenso que es medio inconsciente, festivo y mujeriego. Así, Grand Prix pasa a ser una película coral, que se toma casi tres horas para retratar un mundo adictivo, pero también algo asfixiante, del que sus participantes un poco reniegan, pero no pueden despegarse.
Porque incluso en sus momentos más vibrantes, que están principalmente en su media hora final, Grand Prix es un relato amargo, en el que el vértigo va de la mano con la tragedia. En particular en el recorrido existencial del personaje de Sarti, un tipo cada vez más desencantado de lo que hace, que quiere dejar todo aunque no puede, y al que Montand interpreta con una sobriedad expresiva notable. No es que la película reniegue del universo que aborda: de hecho, la espectacularidad que despliega también refleja cierta fascinación por la velocidad, los ruidos y la euforia de la Fórmula 1. Pero sí tiene una atmósfera crecientemente amarga, donde incluso los grandes triunfos vienen con una carga inevitable de pérdida irremediable. Indudablemente, todavía no había espacio para la épica y el plano final del film, con Aron caminando solo por la pista, es muy representativo de ello.
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