Título original: Idem
Origen: Argentina
Dirección: Lucas Distéfano
Guión: Lucas Distéfano
Fotografía: Diego Gachassin
Montaje: Lucas Distéfano
Sonido: Leonardo Cauteruccio
Duración: 65 minutos
Año: 2024
6 puntos
SÓLO SE TRATA DE VIVIR
Por Guillermo Colantonio
Tres historias de personas no videntes. Viven en Mar del Plata. El primer plano de la película nos pone en situación: un joven de espaldas frente al mar nos cuenta cuándo se ha quedado ciego. Es un momento breve, pero marca las reglas de juego. No hay música edulcorada ni victimización. Tampoco las habituales sentencias de autoayuda o superación provenientes de discursos propios de entrenadores espirituales. Es el principal acierto de Lucas Distéfano, director de este documental que, como tantos otros en las últimas décadas, no logran definirse entre un registro a la manera de un ejercicio y una película acabada. No obstante, lo que prevalece es la honestidad en el acercamiento a los jóvenes que retrata. No hay discapacidad, sino capacidad para vivir plenamente con lo que uno tiene, con asombro, tenacidad y actitud. Y puede que este componente pedagógico (en el buen sentido) y emocional sin estridencias obtenga su mayor mérito en esa dimensión humanista que contagia.
Uno de los itinerarios involucra a Pablo, quien compite para el mundial de surf adaptado. Vemos su entrenamiento sostenido en principio con ingenio. Apenas una secuencia de imágenes nos permite percatarnos de su condición material humilde cuando se las ingenia para armar de modo artesanal sus instrumentos. No hay queja ni una voz en off aleccionadora, todo lo contrario, un rostro que suele reír y un cuerpo que se funde con el mar y con las olas a partir del goce. Pero además Pablo es una especie de esponja que absorbe todo lo que puede, desde la posibilidad de acceder a libros a visitar museos de paleontología. Claro que su vida tiene dificultades. Hay una historia con su pequeña hija y Pablo debe surfear como padre, pero a Distéfano no le interesa explotar miserias para consumidores seriales de sensacionalismo. Los aspectos dolorosos de los tres protagonistas del documental se adivinan sin que se griten.
También aparece Marcela Rosales, una chica que pudo recuperar algo de su visión. Enseña lenguaje de señas y estudia canto y, los fines de semana, participa en karaokes. Sus intervenciones son más breves. Es amiga de Pablo y mantiene un diálogo con él donde no escatiman en recurrir al humor y a la espontaneidad para referirse a la ceguera. Hay un momento significativo a pesar de su sencillez, cuando Pablo va por unos pasajes en micro de larga distancia. En las respuestas absurdas del pobre vendedor se advierte la distancia que aún existe entre la gente y las personas con capacidades diferentes, producto de los miedos reinantes y la falta de comunicación o información al respecto. Por supuesto, todo termina en risas.
La otra experiencia de vida involucra a Alejandro, quien entrena para ser alpinista. Su semblante es el más serio, pero la búsqueda es igual de intensa que la de los otros. Proveniente de una familia humilde, sus gestos son más mesurados y acaso den cuenta de una vida dura a juzgar por un par de diálogos que mantiene con amigos. En un momento lo vemos dialogar con Pablo. Tienen una diferencia sustancial de opiniones con respecto a ese mar invisible que reza el título, sin embargo coinciden en la belleza de su sonido. Acaso sea este fragmento el núcleo de sentido para una película que acompaña a sus personajes, no se pone por encima de ellos, no los mira desde arriba o desde un laboratorio de disección, sino que incorpora con herramientas expresivas la importancia de los otros sentidos. Modesta, pero profundamente humana y uno agradece que no se escuchen ni una vez esos términos que son las etiquetas mercantiles de estos tiempos.
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