Por Virginia Ceratto
(especial para @funcinemamdq)
Acerca de un par, o más, de estímulos de su película Manuela, presentada en Competencia Argentina en el Festival, llegué a Villa Victoria para hacerle una nota a Clara Cullen, su directora, sin la prisa y los empujones de la conferencia de prensa.
Obviamente desde lo social, y ese cuidado de los nadies por los hijos de otros, como en Roma, de Cuarón, o el dilema personal desde más de una generación, como en La hija oscura de Maggie Gyllenhaal, las maternidades posibles entonces, y el debate acerca de los feminismos, el aborto, el deseo, el mandato, el instinto… físico, adquirido por la ¿cultura? Todo lo relativo a este clima de época que se da en las plataformas y en la pantalla de cine, en la literatura, estas migraciones y deconstrucciones que nos atraviesan y se imbrican en otras, tan antiguas, como la fatalidad, la necesidad, el destino, y entonces la tragedia griega, la pasión, como lo que no se puede evitar, y vuelta al Siglo XXI, la escuálida respuesta social ante lo ominoso, léase la culpa, la pobreza, la muerte prematura…s
Eso pensé en lo que iba de la película a la emblemática Villa Victoria. Y nada pudo ser, o fue todo, pero de otra manera.
El lugar incendiado de una calma roja, sí, un oxímoron, pero la sala era eso, una envolvente y reposada penumbra roja, que atravesaba, como la sangre. Pensé en la maternidad más elemental. En la maternidad que no fue de Ocampo, por elección, en ese contrapunto cuidadosamente elegido entre un tema súper importante de la película y la locación de la fiesta. Asimetrías unidas en cronotopía por el arte, denominador común en ambas mujeres.
Y entonces llegó esa especie de elfo, Clara Cullen, con su tribu. Dafne, Ringo, otros, porque su tribu es de otros y de otros. Le da igual.
Volví, mientras Cullen saludaba y agradecía, a la película, al enroque de roles entre las mujeres mayores con esa chiquita… Alma, y en el alma que está en el medio, cuando una historia pesa.
Pensé en el detalle, no menor, del espanto de la madre por el regalito con una marca. Una marca inocente, amorosa, pero vista como vulgar por quien no quiere dejar huella, por quien se espanta por dejar… marca. Pensé en las maternidades migrantes, las travestis.
Se acerca Cullen. Saluda, me dice que sí, que me va a mandar el link para que trabaje la película en escuelas. Sonríe, me cuenta de la mujer que la cuidaba cuando era chiquita. Manuela, a quien le dedicó la avant premiere privada en CABA. En ella hay felicidad genuina, sin impostura. Dafne se la lleva para que baile con la música que elige Ringo, su amigo, para todas las tres generaciones que estábamos convocadas en ese grupo heterogéneo.
Pienso que muchos de mis alumnos son los hijos de esas Manuelas, la de su infancia, la de la película. Atrás queda preguntarle por su experiencia con Spike Lee y con Herzog, pavada de tutelas.
En algún momento rescatado en la galería me dice que en un mundo ideal todas las personas deberían elegir, lo que sea, la maternidad, un trabajo, una profesión… un viaje. Su mundo es ideal, y lo quiere compartir.
Me saluda su madre. Son iguales. Y tienen una intensidad en la mirada, igual, pero distinta. La de Clara es puro envión, la de Teresa, es mezcla de orgullo y creo que un poco de miedo. Conozco esa mirada. Teresa, te tocó demasiada hija, aún para tu indudable fuerza. El miedo es a que vuele. Malas noticias, esta piba de menos de 40 ya vuela alto y baja cuando quiere. Enlaza espacios porque enlaza arte.
En las escuelas que quieran trabajar estos temas sociales y singulares tendremos la película.
La entrevista no sucedió. Igual estuvimos ahí.
Gracias.
Si disfrutás los contenidos de Funcinema, nos gustaría tu colaboración con un Cafecito para sostener este espacio de periodismo independiente:

