Por Virginia Ceratto
(especial para @funcinemamdq)
Dicen que La casa de papel es la mejor serie española. Pobre ficción española. Me consta que tiene fanáticos desde hace tiempo en todas las redes. Cada vez entiendo menos.
Plagada de robos (a Perros de la calle, El plan perfecto, una con Brad Pitt y George Clooney entre otros actorazos cuyo nombre no recuerdo… y podría seguir), con clichés como la detective (supuestamente) avezada que se enamora del cabeza del delito en cuestión, más el caso de Alzheimer más raro de la historia (si hay algún médico en la sala que se ría un rato, merece la pena) que encima no es registrado por la hija de la señora enferma en cuestión (viven juntas, no una en Valencia y la otra en Madrid, aclaro), hija que se supone perfila ya que es “la más indicada de España para negociar con los atracadores”, La casa de papel entretiene, sí, como entretiene el yoyo a determinada edad, o el truco, en casi todas, pero es un bodrio.
La serie avanza con errores y plagios como los citados, y con otros yerros difíciles de digerir para quienes escribimos guiones o consumimos literatura, cine y series, sumados a imperdonables errores de continuidad (una bombacha que de blanca pasa a negra en medio de un secuestro y adentro de una bóveda… una grabación que es una cuando el pobre investigador la deja en el contestador y otra cuando el contestador la reproduce y podría seguir); un geniecillo que cuida todos los detalles pero que deja que sus ocho elegidos beban como personajes de Bukowski durante los cinco meses en que planifican el robo y sobre todo la noche anterior; el mismo geniecillo que sabe que la hija de un embajador, inglés para más precisión, asistirá a una visita guiada de prestigioso colegio con meses de antelación y, cosa rara, el MI6 o cualquier servicio de inteligencia británico no participa en las negociaciones con los secuestradores; es más, ningún familiar de los más de 60 rehenes se acercan a reclamar al perímetro, perímetro en el que es más fácil colarse que en una fiesta de 15. Verán las peripecias por la TVE, Cadena 2, ponele.
La detective que, sin mayor éxito, intenta ser “especial” poniéndose un lápiz a modo de gancho en el pelo siempre que habla algo importante con el jefe de la banda, pero a veces se olvida y entonces parece que no. ¿Esta mujer no tenía para hebillas? Pero si en Madrid cuestan un euro… Andimais, alguien le dijo a la actriz que con un poco de empeño se podía parecer a Dana Scully, la protagonista de X Files, pero no le dijeron que con el trajecito no basta, que es narigona nomás.
La producción, inexistente. Serie súper barata, lo que, claro, no es algo criticable en sí, si tuviera otros méritos. Pero no los tiene.
¿Dije que hay un colmo de obviedad que es el homenaje a la película El golpe? No, no lo dije. No suma, la música está mal interpretada en un órgano eléctrico de cuarta.
Algo parecido pasa con el personaje de Tokio. Le dijeron a la actriz que su nariz y el color de piel más el del pelo le daban un aire a Lisbeth Salander, personaje de ficción creado por el novelista sueco Stieg Larsson, en horrendas novelas que sin embargo fueron bien adaptadas al cine en la saga de Millennium. Pues no, tampoco le alcanza. Esta versión española es guarra, gamberra, no freaky. Mediocre.
La música, olvidable, más edulcorada que Meg Ryan cuando era joven. Solamente se salvan el tema de los partisanos que cantan en dos capítulos algunos personajes, porque emociona, y el personaje de Nairobi.
Lo he dicho, entretiene. Pero los amantes de los policiales deberían ver Wallander, perfectamente adaptada de las novelas de Mankell, cosa que no es fácil. O decantar por Gipsy. O Versailles, que con regular rigor histórico, tiene una producción de la hostia y un guión genial.
Sí, se trata de un robo y evidentemente, también nos han robado a los argentinos la capacidad crítica, porque tanto fan es incomprensible en un país donde Bergman fue más famoso que en Europa.
