Título original: I want your sex // Origen: EE.UU. // Dirección: Gregg Araki // Guión: Gregg Araki, Karley Sciortino // Intérpretes: Olivia Wilde, Cooper Hoffman, Mason Gooding, Chase Sui Wonders, Johnny Knoxville, Margaret Cho, Roxane Mesquida, Charli XCX, Daveed Diggs // Fotografía: Tucker Korte // Montaje: Gregg Araki, Victor de la Parra // Música: James Clements // Duración: 90 minutos // Año: 2026
6 puntos
LA TRANSGRESIÓN DOMESTICADA
Por Guillermo Colantonio
Ha vuelto Gregg Araki y no es una mala noticia en un contexto cinematográfico cada vez más atado a los imperativos morales. En películas como Totally F*ed Up (1993), The Doom Generation (1995) y Nowhere (1997), por citar algunos títulos de su filmografía, exploraba con irreverencia el modo en que los jóvenes lidiaban con sus deseos en un mundo empaquetado, preso de la lógica del consumo. Para ello, diseñaba una paleta de colores al borde del artificio, casi al límite del precipicio del verosímil. Esta nueva película conserva parte de aquel impulso, pero adopta una forma más accesible, menos radical y cercana a la comedia comercial. En otras palabras, hay más pose que osadía liberadora, como si John Waters hubiera pasado por la licuadora de la actualidad. La vitalidad visual y la supuesta provocación no se corresponden, sin embargo, con una voluntad de llevar las cosas hasta las últimas consecuencias.
Para Araki, la sexualidad fue una herramienta de insubordinación cultural. El deseo no constituye un elemento secundario de la experiencia, sino una fuerza capaz de alterar nuestra relación con el mundo, con los otros y con nosotros mismos. Por eso, un título como Quiero tu sexo parecía anunciar una declaración de principios: ir al frente, sin concesiones. El resultado, no obstante, incurre en cierta tibieza conceptual y termina confirmando algunas de las limitaciones del discurso que pretende cuestionar. Tiene sus momentos de gracia, sobre todo en la puesta en escena y en determinados chistes que funcionan, pero, en términos generales, falla allí donde había un amplio terreno para ganar.
La trama se organiza a partir de una contraposición: el entusiasmo sexual de Erika Tracy, artista y dueña de una empresa interpretada por Olivia Wilde, frente a las inseguridades de Elliot, su joven asistente, encarnado por Cooper Hoffman. La historia se reconstruye mediante un flashback que parte de una situación límite y permite descubrir cómo se llegó hasta ella. La relación entre dominadora y dominado abre entonces una disyuntiva: ¿la generación más joven conquistó mayores libertades sexuales o desarrolló nuevas formas de temor a la intimidad? Erika considera que los jóvenes han perdido una relación espontánea con el sexo. Elliot, por su parte, cuestiona esa generalización y señala las condiciones en las que creció su generación: la pandemia, el aislamiento y la mediación constante de las pantallas. La película convierte así la sexualidad en un campo de disputa entre dos imaginarios: el goce físico y el balbuceo romántico. Araki reviste de humor, colores chillones y excentricidades una relación atravesada por el abuso de poder. No se limita, por lo tanto, a reproducir las convenciones de la corrección política, pero tampoco consigue escapar de las contradicciones que plantea. Invertir los roles sexuales tradicionales permite cuestionar los prejuicios acerca de quién ejerce el poder y quién ocupa una posición subordinada; sin embargo, esa inversión no elimina las asimetrías. Que la persona dominante sea una mujer y el subordinado un hombre no vuelve automáticamente inocua la relación. En este sentido, la ligereza con que se presenta el costado abusivo de esa dinámica resulta tan ingenua como la resolución de algunas de las contradicciones que propone Barbie (Greta Gerwig, 2023). La discusión no debería reducirse, de todos modos, a una oposición entre libertad sexual y corrección política.
Quizá la línea más interesante se encuentre en la sátira del mundo del arte contemporáneo y sus vínculos con el consumo. La película se burla del mercado artístico sin adoptar una posición enteramente despectiva. Detrás de la extravagancia de las obras hay también una comprensión de sus procedimientos y de su capacidad expresiva. La paradoja es sugerente: Erika desafía los límites de la respetabilidad, pero su rebeldía alimenta, al mismo tiempo, el sistema de legitimación que le permite ocupar una posición privilegiada. La transgresión se convierte así en una marca, un recurso capaz de producir valor dentro del mismo mercado al que pretende desafiar.
Es una pena que Araki no profundice en esa contradicción con la misma ferocidad con que alguna vez arremetió contra los valores dominantes. Porque allí, en la transformación de la provocación en mercancía, había una posibilidad de llevar su película mucho más lejos. Quiero tu sexo conserva el gusto por el exceso, el artificio y la irreverencia, pero parece conformarse con exhibir los signos exteriores de una rebeldía que ya no termina de incomodar. El problema no es que Araki haya moderado su estilo, sino que la película confunda la transgresión con su puesta en escena. Queda el color, queda el gesto, queda la pose. Falta, en cambio, ese impulso capaz de convertir la provocación en una verdadera experiencia de libertad.
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