EL ESPEJO ROTO DE BRIGITTE BARDOT
Por Guillermo Colantonio
Hace apenas unos días se produjo la desaparición física de Brigitte Bardot, un verdadero ícono de la cinematografía mundial y un monumento a la fotogenia. Decir esto, en un presente signado por la tiranía de la imagen digital donde todo parece quedar igualado, suena cada vez más extraño, pero hubo un tiempo en que ser buen o mal actor o actriz en pantalla grande era un aspecto secundario, porque a diferencia del teatro, el cine fue un dispositivo que, a través de la luz y de la pericia de la dirección, logró imponer presencias, imágenes de personas que quedarían grabadas en la memoria de millones de espectadores a los cuales jamás les interesó reparar en las dotes interpretativas de las estrellas. Por ende, la cuestión no pasa por discutir si Brigitte Bardot fue o no una gran actriz, sino por afirmar, casi religiosamente, que se transformó de muy joven en una de las presencias cinematográficas más importantes de la historia.
Hacia 1961 se convierte en la protagonista en La verdad, película que dirigió un maestro problemático, Henri-Georges Clouzot. Por entonces la vida de la estrella blonda es complicada: acaba de tener un hijo no deseado y su matrimonio con Jacques Charrier se cae a pedazos. No obstante, vive la experiencia como una oportunidad para enfrentar la injuria permanente sobre su condición de símbolo sexual. Miles de paparazzis asedian su intimidad y gran parte de Francia juzga su supuesto libertinaje: demasiado ruido para sectores aún conservadores en el país galo. Porque si hay algo que anticipó la Bardot -en parte, gracias a su mentor, Roger Vadim- es la imagen libre de mujer, desprejuiciada, que pronto traería la Nouvelle Vague. Y eso no suele perdonarse. Clouzot entendió bien el clima de época y lo trasladó a este drama judicial en el que una joven de 22 años, llamada Dominique Marceu, es acusada por haber asesinado a su pareja. Acorde a las necesidades genéricas, durante el juicio se mantendrá la resolución en suspenso, y lo más importante es el análisis de los comportamientos sociales que se ponen en juego, fundamentalmente en la flota de insultos y prejuicios que se manifiesta en contra de la joven: “zorra, buscona, pequeña boba”, calificativos que podían hallarse también en la prensa y en las vociferaciones de gran parte una sociedad escandalizada por la voluptuosa irrupción de la Bardot.
La obsesión de Clouzot por el realismo lo llevó a investigar e imitar minuciosamente los modos y procedimientos de los diversos sujetos implicados en el caso. Gran parte de la trama se sostiene en el habla, en el duelo de versiones y representaciones, más allá de la verdad. Y tanto en el rodaje -plagado de tensiones y de situaciones que rozaron la violencia- como en el resultado final, Bardot se destaca a través de un viaje devastadoramente emocional y humano. Y gran parte de esa humanidad se debe al carácter ambiguo de esta mujer que no deja de ser un enigma, fascinante y repulsivo al mismo tiempo ante la mirada del resto, un conjunto de ojos inquisitivos e hipócritas. Más alejada del thriller clásico, La verdad se presenta como un complejo cuadro moral donde el hecho en sí pasa a un segundo plano.
En uno de los momentos iniciales de la película, una monja va a buscar a Dominique para avisarle que se prepare para asistir al tribunal. El rostro de la joven en un espejo roto tiene una doble resonancia. Un aspecto se vincula con ese trozo de vidrio como objeto y la incidencia que tiene en la trama; otro, de naturaleza simbólica, devuelve una imagen distorsionada. Posiblemente sea una buena síntesis de lo que Brigitte Bardot significó en tanto ícono rebelde, mundano, epicúreo, con una sensualidad que nunca es gratis y también con una complicada intimidad con la que lidiar.
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