Por Candelaria Barbeira
La silla arranca con una escena mínima y bastante incómoda que podría haber sido un meme de oficina, pero decide tomarse en serio desde el primer segundo y ahí fija su tono: Ron Trosper, interpretado por Tim Robinson, se cae de una silla defectuosa durante el anuncio de su ascenso laboral, delante de jefes y compañeros, y ese episodio menor, casi banal, se convierte en un quiebre personal que desarma una vida que parecía estable y previsible. Lo interesante no es la caída en sí, sino lo que se activa después, porque Ron no puede seguir adelante sin entender qué pasó, por qué falló la silla y, sobre todo, por qué nadie parece dispuesto a darle una respuesta clara. Desde el primer episodio la serie deja en claro que no va a apoyarse en el gag constante ni en la comedia cómoda, sino que va a usar la incomodidad como motor para observar el mundo del trabajo, las lógicas empresariales y esos sistemas de atención al cliente que prometen soluciones pero solo ofrecen formularios, derivaciones y silencios. Creada por Robinson junto a Zach Kanin, su socio creativo de larga data, la serie se mueve en un registro incómodo y contenido, donde el protagonista se toma cada detalle con una seriedad excesiva mientras el entorno responde con frases vacías, gestos automáticos y una indiferencia que termina siendo más violenta que cualquier antagonista explícito. A medida que avanza la temporada, la investigación sobre la empresa que fabricó la silla empieza a ocupar cada vez más espacio y lleva a Ron a depósitos, oficinas impersonales, bares de paso y encuentros con personajes secundarios que parecen saber algo pero nunca terminan de decirlo del todo. Esos personajes, interpretados por Lake Bell, Sophia Lillis, Will Price y Joseph Tudisco, funcionan más como desvíos que como pistas reales, acumulando versiones parciales y contradicciones que refuerzan la sensación de estar atrapado en un sistema que se reproduce sin hacerse cargo de sus propias fallas. La dirección de Andrew DeYoung acompaña ese clima con una puesta sobria y tensa, filmando pasillos, escritorios y reuniones con una seriedad que roza lo absurdo, como si el relato estuviera convencido de que ahí, en esos espacios anodinos, se juega algo verdaderamente importante. Uno de los riesgos más claros de La silla es su negativa a entregar humor de manera constante, apostando por largos tramos de malestar sostenido que pueden resultar incómodos o incluso frustrantes, pero esa incomodidad es parte central de lo que la serie propone. Cuando el humor aparece, lo hace de manera puntual y precisa, no para aliviar sino para subrayar lo ridículo de tomarse tan en serio algo que nadie más parece considerar relevante. El trabajo de Robinson es clave para que todo esto funcione, porque logra sostener a un personaje obsesivo, torpe y emocionalmente expuesto sin convertirlo en una caricatura, manteniendo un hilo reconocible incluso cuando la trama se estira o se repite. La serie no ofrece explicaciones cerradas ni finales tranquilizadores, y tampoco parece interesada en hacerlo, porque su foco no está en resolver una conspiración sino en mostrar la necesidad insistente de encontrar sentido en sistemas que funcionan mal por diseño. En ese gesto incómodo y deliberadamente desprolijo, la serie se vuelve menos una comedia sobre una silla rota que un retrato bastante preciso de la frustración contemporánea, esa que aparece cuando algo falla, nadie se hace cargo y la única respuesta posible es seguir insistiendo, aun sabiendo que probablemente no haya nada que entender.
NdR: todos los capítulos están disponibles en HBO Max.
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