LOS MITOS Y SUS TIEMPOS
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Viendo Misión: Imposible – La sentencia final, que presumiblemente será la última aventura de Tom Cruise como el agente Ethan Hunt, es palpable el vínculo -con sesgos también de homenaje- no solo con la primera entrega de la franquicia, dirigida por el gran Brian De Palma, sino con el estilo depalmaniano en general. En particular en lo que se refiere a la consciencia de lo temporal como herramienta esencial que define al cine, un arte donde el tiempo entra por nuestros ojos, donde cada segundo cuenta y hay instantes que cambian la vida de los personajes, e incluso del espectador, para siempre. No es casualidad que el encargado de establecer esa conexión haya sido Christopher McQuarrie, posiblemente el realizador más capacitado para convertirse en el heredero de De Palma y que en su momento fue guionista de Los sospechosos de siempre, un clásico absoluto y una de las mejores películas del cine norteamericano de los últimos treinta años.
A esta altura del partido, el final de Los sospechosos de siempre ya es harto conocido, pero valorar a la película simplemente por su notable vuelta de tuerca en los últimos momentos sería completamente injusto. Es que estamos ante un film que reflexiona sobre cómo cada decisión condiciona el recorrido posterior de los personajes, sobre cómo cada acción produce consecuencias que luego se ven como inevitables y se las enmarca en ese concepto difuso que es el destino. Porque si bien el marco fatal que va envolviendo a los protagonistas, un grupo de criminales muy profesionales y a la vez de poca monta, está condicionado por ese titiritero despiadado que es Keyser Soze, lo cierto es que fueron los actos de cada uno los que los llevaron a esa posición. No se trata de moralismo, sino de una puesta en escena de la causalidad, de un fatalismo muy propio del policial negro norteamericano, pero al que la película actualiza de forma muy particular.
Porque lo que vemos, esa historia amarga de un grupo de tipos muy capaces pero irremediablemente perdedores, no deja de ser, al menos en gran parte -nunca sabremos cuánto-, una mentira, un cuento engañoso elaborado sobre la marcha por una mente criminal brillante frente a un detective que cree controlar el escenario hasta que se da cuenta de que él es apenas un personaje más. Como los magos, Verbal Kint/Keyser Soze nos está diciendo todo el tiempo -a los policías, a sus colegas/víctimas criminales, a nosotros espectadores- que todo lo que enuncia es falso, una ficción, una verdad disuelta en mentiras o tergiversaciones, un truco donde uno acepta, sin saberlo, ser engañado y manipulado. Los sospechosos de siempre nos muestra, paso a paso, no solo cómo nacen los mitos, sino también cómo se agrandan, deforman, expanden y finalmente se reproducen, mezclando la verdad con la mentira hasta volverlas indiscernibles. Y expone cómo ese proceso solo puede constituirse gracias a la materialidad elusiva del tiempo, que alimenta y potencia la oralidad y el boca a boca, que son los otros instrumentos fundamentales para sustentar lo mítico.
Verbal Kint, ese personaje inventado por Keyser Soze -¿o es al revés? ¿Quién es quién? Otra vez, nunca lo sabremos-, es quien nos conduce por ese recorrido de interpretaciones y elucubraciones donde lo único seguro es la incertidumbre. Tras esa ficción disfrazada de otras ficciones, está Kevin Spacey, en una actuación superlativa, una lección imprescindible de cómo narrar con el cuerpo. Detrás de cámara, un Bryan Singer en estado de gracia, con un trabajo de dirección de enorme precisión y sutileza, sin un plano de más. Y más atrás, casi a escondidas, McQuarrie, el autor de un cuento oscuro y terrible, pero también vital y apasionante, que acciona como paraguas de mitos, leyendas y anécdotas que nos adentran en el miedo y la inestabilidad. Un McQuarrie que todavía estaba lejos de saber que años después se encargaría de consolidar una leyenda llamada Ethan Hunt.
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