Un nuevo festival llegó a su fin y, a las pocas horas de la conclusión, ya es momento de los balances, de las miradas personales sobre los días de cine que pasaron. De lo personal a lo general, de las anécdotas propias a las ajenas.
ALGUNA OBSERVACIÓN ENTRE EL DISFRUTE
Por Guillermo Colantonio

Sala llena para Duro de matar. Sala llena para películas mudas. Sala llena para Pacifiction de Albert Serra, el mismo director al que en una edición anterior habían abucheado por su versión del Quijote. Esto es un festival, una fiesta abierta a diversas posibilidades estéticas y narrativas. Y así se vivió. Lo mejor estuvo adentro de las salas. En una mirada más sesgada, la del cinéfilo demandante, podría objetarse que faltó una retrospectiva más o que se vieron pocos títulos provenientes de cinematografías por fuera de Europa. Se entienden los inconvenientes económicos, pero también se advierte una imperiosa necesidad por cumplir con temas que dictamina la agenda. De este modo, las competencias mostraron una recurrencia llamativa hacia cuestiones que una y otra vez se repiten con los mismos parámetros formales. No obstante, es apenas un dato, una observación pequeña en un contexto donde lo importante es que la gente vaya al cine y disfrute de la experiencia de ver películas como se debe. Había que ver la cara de felicidad de quienes programan y la buena vibra que se generó en cada función. Y eso es lo que cuenta, porque este festival (que alguna vez quisieron llevarse a otro lado) tiene su marca registrada, la del público fiel que celebra cada nueva edición. Las mejores apostillas: 1-Los gatos en Tales of the purple house. 2-La remera de Dokken y el vinilo de Lick it up de Kiss en Bone and all. 3-Las funciones del Colón. 4-Los aplausos a cualquier cosa. 5-Vera Gemma y Asia Argento quejándose en el cementerio del lastre de sus apellidos en Vera.
ESTADOS ALTERADOS
Por Gabriel Piquet

Hay un murmullo, subo las escaleras mecánicas, lo primero que enfrento es a varios seres vertebrados. Diferentes posturas, risas diversas, comentarios bien y mal intencionados sobre alguna proyección. Hay muchos cortes estrambóticos, hay mucha piel blanca que no logra generar vitamina D. Si bien podría acercarme a este rango epidérmico para sociabilizar, no entiendo su vocabulario. Hablan de términos culinarios que solo existen en una lejana región centralista de la que lograron salir por unos días. Me acerco al segundo grupo, más relacionado con la tracción a sangre que genera el estar en movimiento por el trajín de ir de una sala a otra, controlando que todo funcione. De la forma más amable me señalan que antes del final del pasillo tengo que ingresar por la puerta que dice “2”. Este recorrido lo hago durante varios días, lo que varía es el número de la puerta. Detrás de esas entradas está mi casa, solo me detengo 10 minutos para ir al baño, en donde el secador de aire caliente para manos funciona. Esto me da tanta alegría como ver lo que se proyecta. Las publicidades previas nos incitan a pensar que todo va a estar bien, escucho anécdotas sin remate, escucho aplausos, escucho melodías pegadizas, algo me produce una enorme felicidad, el formato redondo de dos obleas unidas por un relleno dulce y bañado en chocolate, tiene un nombre que su fonética se asimila al personaje de un libro al que en su título lo están buscando. Algo me preocupa, siempre antes de cada proyección, cada una de las personas que se encargan de la elección de lo que vamos a ver, presentan en sinopsis reducidas para luego dar paso a los directores. Aquí no hay nadie, nadie quiere hacerse cargo de lo que vamos a ver. Como en un flashback, tengo imágenes de tres películas que forman parte de esta misma sección. Hay dos que me gustaron, Lockdown diaries y un ejercicio de investigación que se transforma en una película de tintes conspiranoicos. Ese film te hace entrar en un espiral de querer saber más, más y más. Filme particular es su nombre, una filmación de un viaje a Sudáfrica que te lleva a descubrir parte reciente de la historia de ese país. La tercera película no me genera empatía, solo una parte en la que un hombre intenta sociabilizar con un perro asustado. Me siento igual que ese animal indefenso. Lo extraño, que no vine a ver una película de terror. Me sigo preguntando por qué nadie la presenta, por qué todos huyeron, por qué tengo la misma sensación que cuando algún político quiere generarte confianza o seguridad en alguna cosa y uno sabe que va a suceder todo lo contario. A lo largo del metraje, los que están a mi alrededor intentan decodificar por qué no se quedaron en su casa viendo la final de fútbol del ascenso o intentaron aprender esa receta por un programa subido a YouTube de cocineros que te dicen que todo es fácil y económico. El éxodo de la sala es muy grande, no es que estén haciendo un homenaje al tema que popularizó Robert Nesta Marley, quizás se sienten identificados con la película que Sam Peckinpah, no lo sé. Los seres bípedos bajan raudamente las escaleras. Voy aguantar, voy a resistir, quiero ver el final de esta performance en que algunos personajes se abrazan a un árbol, orinan en un bosque, escarban en un hueco de otro árbol. Entendí que hay que tener conexión con la naturaleza, que el agua es la fuente de la vida. Pero por qué padecí durante tantos minutos si tenía que ver algo que me regocijara. No tengo la respuesta, me pasa lo mismo que a las personas que tenían que presentar lo que vimos. Bajo la escalera mecánica, hay voces que se alejan detrás de mí. Salgo del edificio principal, queda mi voz interior, esa que siempre me da la razón, me dice lo inteligente que soy, los pocos defectos que tengo. Me habla, suave, me dice ya pasó. Me enojo con ella, porque no puedo enojarme con nadie más, le respondo. Entonces le digo, decime qué hay después del agua. Hay un silencio, paulatinamente me canta para que me sienta mejor, para que entienda que lo que vi terminó. “Agua, con furia y sin freno / Lava todos mis recuerdos”.
ANECDOTARIO FAVIO
Por Mex Faliero

La 37ª edición del Festival estuvo dedicada a la figura del director Leonardo Favio, a diez años de su muerte. El homenaje incluyó un foco con algunas de sus películas y acciones durante la ceremonia de apertura, como un mini-recital de su sobrina y palabras alusivas de cada uno de los que subía al escenario (inolvidable será la aburrida e interminable cita del ministro de Cultura de la Nación, Tristán Bauer). Pero en contrapartida a todo esto, que está -inevitablemente- más cerca del mármol que del carácter popular del cine de Favio, la organización tuvo la feliz idea de abrir cada una de las proyecciones del 37° Festival con un spot alusivo al homenajeado en forma de anécdota. Allí aparecían técnicos y artistas que trabajaron en las películas del director, contando algunos detalles relacionados con decisiones artísticas tomadas por Favio, pero también con otras que significaban su don de buen tipo. Puede que algunas estuvieran atravesadas por la banalidad, esa que quiere encontrar en cada gesto algo relevante, pero en líneas generales tenían el valor de la anécdota vivencial, divertida, amena. Es, me parece, una forma de hacer más cercano el acto cinematográfico, de volverlo más común de lo que uno se imagina, como cuando se cuenta que se construyó la gigantesca luna de Aniceto usando pañales. Y es, también, una forma de la identidad de un festival que, a partir de la injerencia de Pablo Conde como director artístico, gana en espontaneidad y pierde ese carácter de catedral que en ocasiones pesaba bastante, algo que se traduce a una programación que puede balancearse entre Heinz Emigholz y Duro de matar. Hay un gesto que, por una vez, resulta genuino. Ahora solo faltaría que acompañe lo institucional, que el Festival vuelva a tener la potencia que perdió hace años, y un país cuya economía haga posible la organización de un acontecimiento como este.
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