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MAR DEL PLATA 2021: Competencia Internacional – Día 4


¿Qué vemos cuando miramos el cielo?, de Alexandre Koberidze / 7 puntos


Hagamos de cuenta que tenemos una historia de amor posible, pero despojémosla de todos los clisés. Por ejemplo, que el azaroso encuentro sea filmado a partir de los pies de cada personaje y que en la primera cita un misterio transforme la virtual relación en una especie de maldición. El resultado es esta extraña fábula humanista que se degusta como un buen vino, con paciencia y tranquilidad. Puede que le sobren minutos (¡ay del empleo del tiempo en el cine contemporáneo!), no obstante uno se divierte con esa complicidad con que vemos a Ioselliani, Tati y tantos otros que han pintado su aldea de modos creativos y lúdicos. La primera escena bien podría ser un homenaje a los hermanos Lumiere y sus obreros saliendo de la fábrica, solo que aquí Koberidze clava la cámara a la salida de un jardín de infantes y se toma unos cuantos minutos para ver salir a toda la comunidad. En realidad es la preparación del escenario para el fortuito encuentro entre Lisa, una farmacéutica, y Giorgi, un futbolista. Como en toda fábula, hace falta un narrador y una voz en off aparecerá esporádicamente para dar cuenta de la historia  y de sus protagonistas. De todos modos, el relato se abre constantemente hacia otras aristas para congelar bellísimas situaciones que ofician a la manera de homenajes a esa pequeña patria de Kutaisi, incluidos varios segmentos dedicados al fútbol. En lo que respecta a la trunca historia de amor, el destino hará su jugada y asistiremos a una resolución fascinante. Otro aspecto a destacar es el ensamble musical, sobre todo la inclusión de Notti magiche en un momento estratégico de la historia cuyo marco temporal es el último mundial y uno de los santos de devoción es Messi. Pero fundamentalmente se trata de una película sobre los espacios, sobre cómo mirar los espacios, ríos, puentes, casas, bares, escuelas, que parecen tener vida independientemente de quienes los transitan. Hay una forma supeditada a ese enfoque lírico que mantiene su pulso a través de secuencias extensas donde es posible observar detenidamente todo ello. Acaso en este acercamiento de tipo metafísico esté la respuesta a la pregunta del título. Guillermo Colantonio


The girl and the spider, de Ramon Zürcher y Silvan Zürcher / 5 puntos


Al principio es el dibujo de un espacio con sus compartimentos. La película anuncia de entrada su principio arquitectónico regulador: todo sucederá en interiores, con planos fijos, una cámara que jamás se desplaza y movimientos dentro del cuadro, perfectamente cronometrados, sumando y restando gente, insertando detalles, ruidos, objetos y sonidos, incluido como leimotiv el clásico ochentoso Voyage, Voyage. Tan calculada es la propuesta que no hay respiro frente a una forma que parece concebida en una planilla de Excel. La anécdota surge a partir de una mudanza. Una chica se queda y otra se va, pero es solo la excusa para iniciar una sinfonía de movimientos acompasados, con una galería de personajes cuyos semblantes y poses dan cuenta de un estatismo, por momentos, difícil de seguir. Tan frías son las expresiones que en algunos pasajes uno espera que se rasquen el rostro y aparezcan los marcianos de V-Invasión Extraterrestre. Pero no, son personas. O mejor dicho, un colectivo cuya sensibilidad carece de matices, por cómo se desplazan y por lo que dicen. Y si es difícil distinguir humanidad en todo esto es porque la pose se come absolutamente todo, pensada siempre desde el cálculo arrogante. No falta inventiva ni sapiencia en la planificación visual y seguramente muchos quedarán deslumbrados por la perfección inyectada a cada cuadro, sin embargo, a medida que transcurren los minutos asoma ese monstruo tan temido de nuestra era, la repetición, y entonces, uno tiende a pensar “qué buen corto hubiera sido esto”. Como toda mecánica, hay un tiempo estipulado. Uno atiende el juego, lo sigue un rato y después es puro automatismo. Película concebida como si fuera una canción. Pero de esas que no necesariamente se recuerdan. Guillermo Colantonio


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