Por Cristian Ariel Mangini
El título prácticamente lo dice todo: no hay metáfora, Japón se hunde: 2020 es el relato ficticio de una catástrofe hipotética, basada en la obra literaria de 1973 del mismo nombre. Este curioso animé de diez episodios se encuentra dirigido creativamente por la pluma de Masaaki Yuasa, una de las figuras más creativas actualmente en el género, que juega con líneas y expresiones sin salirse de los rasgos característicos de la animación japonesa. Este estilo salvaje que pone énfasis en las emociones y el movimiento puede apreciarse en la muy superior adaptación de Devilman Crybaby, que también se encuentra en la plataforma de Netflix. Comparte con esta última producción el tono pesimista y oscuro que rodea esta suerte de miniserie catástrofe. El relato nos pone en el drama de una familia tradicional intentando sobrevivir al desastre y sus consecuencias, mientras van conociendo otros grupos de sobrevivientes que tienen el mismo propósito. La frase “no te encariñes mucho con ninguno” le viene como anillo al dedo: los personajes caen como moscas con una velocidad que resulta shockeante en primera instancia, pero con el paso de los episodios va perdiendo peso dramático. La tragedia se vuelve previsible, en particular cuando no teme eliminar personajes de formas poco decorosas o fuera de cuadro con un comentario rápido que aclara cómo murieron. A pesar de esto logra mantener un núcleo sólido que es el que encarnan Ayumu, una joven atleta de 14 años, y su hermano Go, de 10; este es el vínculo que nos permite sobrellevar los océanos de oscuridad y muerte que atraviesan los personajes. Pero no hablamos solo de la muerte, en algunos episodios la suma de desgracias que sufren los personajes toma un tono involuntariamente tragicómico: el escape de una erupción termina en otro escape en bote para luego transformarse en una odisea imposible cuando las olas lo hundan. Todo ocurre en menos de 20 minutos y a esto se suma otra tragedia que corona el capítulo 8. El relato y los personajes tienen poco aire para respirar y el drama tiene poco espacio para la contemplación (que quizá la posterga toda al capítulo final, con redundancia y falta de momentum). Subyace una crítica hacia el aislacionismo histórico de Japón y su fuerte nacionalismo, algo que toma relieve entre los sobrevivientes de un pueblo que saca rédito de la tragedia, negadores de lo que sucede, o un grupo que solo recibe 100% japoneses en su balsa. Hay cierta ironía en que se trate de un animé pensado para los Juegos Olímpicos de Tokio que fueron suspendidos por la pandemia, ya que su tono pesimista parece acorde a un relato de resiliencia post Covid 19. En todo caso es una propuesta que no logra cristalizar su ambición narrativa y que se vuelve errática a pesar del vínculo familiar que vertebra la narración y momentos dramáticos sólidos.
–Los 10 episodios de Japón se hunde: 2020 están disponibles en Netflix.
