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Pesadilla en lo profundo de la noche (1984)



LOS MIEDOS DEL INCONSCIENTE COLECTIVO

Por Rodrigo Seijas

(@funcinemamdq)

Ayer, a los 84 años, falleció John Saxon, uno de esos actores generalmente de reparto -aunque tuvo varios protagónicos a lo largo de su carrera- que, por su habitual solidez y efectividad, terminan pasando un poco desapercibidos. O más bien, lo que sucede es que muchos espectadores que crecieron con el cine hollywoodense de los setenta y ochenta recuerden perfectamente su rostro, pero no lleguen a asociarlo necesariamente con su nombre. Es un actor con una extensa trayectoria (acumuló cerca de doscientos créditos entre películas y series), recordado por sus roles en films como Operación Dragón o Navidad sangrienta, pero también por su papel como el teniente Thompson en Pesadilla en lo profundo de la noche, el clásico de Wes Craven.

En la película de 1984 se puede apreciar con facilidad buena parte de esa materialidad que cimenta a los clásicos, dada por la capacidad para reflejar el pulso de una época y a la vez interpelar a otros momentos históricos, conservando actualidad. La figura de Freddy Krueger era la representación perfecta de todos los miedos, pero también las miserias de la clase media suburbana estadounidense: ese ser repugnante que asquea a cualquiera por sus acciones, que invita al revanchismo violento, pero que también es capaz de invocar las consecuencias de esas determinaciones. Y, a la vez, desde ese posicionamiento, constituirse en la basura acumulada debajo de la alfombra de un colectivo social que consagraba la impunidad hasta que claro, salía por fin a la luz con consecuencias tremebundas. En ese sentido, el personaje de Thompson era clave: un tipo que, como representante de la ley, se dedicaba a garantizar una cadena de ocultamientos, constituyéndose en una paradoja siniestra.

En ese relato donde Krueger no era el único villano porque su propia muerte y retorno eran indicadores de las maldades ajenas, también se delineaba un progresivo camino de ruptura de la inocencia que también dialogaba con aspectos sociales. Los jóvenes cambiaban de manera cada vez más rápida y radicalizada, los adultos no podían adaptarse a esos cambios y los lazos familiares mutaban de formas inesperadas, retroalimentándose con un contexto cada vez más violento. Los terrenos pesadillescos que habitaba y protagonizaba Freddy eran una metáfora de miedos íntimos y sociales, o más bien, un puente horroroso donde ambos territorios podían darse la mano por vías desestabilizadoras. Del mismo modo, las leyendas y mitologías que circulaban alrededor de él eran construcciones discursivas que escapaban a la vigilancia de un tejido social siempre obsesionado por el control.

Craven, que ya había leído con precisión y habilidad su contexto social y artístico a principios de la década anterior con La última casa a la izquierda (1972), acertó nuevamente con Pesadilla en lo profundo de la noche, otorgándole una pátina sobrenatural pero también psicosocial al sub-género del slasher. Ya en los noventa, repetiría la hazaña con Scream (1996), que tuvo un poderoso antecedente -algo incomprendido en el momento de su lanzamiento- en La nueva pesadilla. Allí el realizador supo darse cuenta de que buena parte del terror hollywoodense se estaba encerrando a sí mismo y mostró una puerta de salida a través de la parodia y el metadiscurso, sorprendiendo a un espectador que pensaba que ya no podía sorprenderse con nada. Ahí Saxon hacía de sí mismo, prestándose al guiño y la autoreferencialidad, sin dejar de alimentar -por otros rumbos- las materialidades de nuestros temores más recónditos.

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