Por Mex Faliero
Se estrenó esta semana Otros pecados, un nuevo esfuerzo de la televisión argentina por parecer competente, actual y profesional en un contexto donde la tele mundial ha avanzado 40 casilleros en -al menos- los últimos diez años. Pero la televisión argentina, salvo honrosas excepciones, sigue confundida. De un tiempo a esta parte, y a la par de alianzas entre productoras nacionales con compañías extranjeras (en este caso sale por El Trece y también por TNT) que garantizan distribución del producto por toda la región, la ficción argenta ha ganado en su nivel de producción, como queriendo disimular sus carencias narrativas con puro envoltorio. Sin embargo, cuando se habla de la mejora sustancial de la televisión y de la era dorada de las series hablamos sí de niveles de producción, pero fundamentalmente de una mirada que se afianza desde lo formal y lo narrativo para que la “caja boba” deje de tener ese sentimiento de inferioridad con el cine que ha tenido siempre. Todo lo contrario a lo que sucede con la ficción argentina. A los diez minutos de la mayoría de las ficciones de la tele nacional uno ya está entre aburrido y desinteresado, por la abulia formal y el nivel de actuaciones entre el piloto automático y la exageración. Y no hablamos sólo de las tiras diarias, esas que parecen hechas con una máquina de chorizos, sino también de estos unitarios engolados, repletos de figuritas reconocidas y pensadas para pregonar los grandes temas. Esa, precisamente, es una de las grandes carencias de la ficción argentina: son puro tema. No hay desde la dirección de estas ficciones un aporte significativo, un plano que asombre, un movimiento de cámara que denote cierto trabajo de la puesta en escena, una utilización de recursos narrativos sofisticados, una construcción de climas sólida cuando se abordan los géneros. Es decir, no hay una escuela de directores de televisión que pasen de poner la cámara y encuadrar prolijo. Todo se ve como en las ficciones de los ochentas (donde la tele era bastante horrible), pero mejor fotografiado. Estas ficciones son el tema, lo que hay que decir, la verbalización exacerbada, la resolución de todos los conflictos por la vía del diálogo sobre-escrito. Siempre recuerdo Entre caníbales, aquella pobre serie de Juan José Campanella, donde se creía que hacer tele moderna era poner la cámara en los lugares y los ángulos más insospechados. Y esta carencia de la televisión argentina no deja de ser curiosa cuando el cine argentino exhibe una variedad de recursos y miradas más que interesante. Alguna vez la retroalimentación se dará, queremos creer.
