EL JARDIN DE LAS DELICIAS
Por Rafael Vasser *
(Especial para @funcinemamdq)
Bosques y ciudadelas, bacos mitad faunos mitad ninfas recolectando los frutos en una marmita medieval que me recuerda la mazmorra catalana de Ildefonso Falcones. El proceso culinario desde la recolección nos cuenta el paso a paso en la Sala 2 del MAR, como si el libro de Doña Petrona hubiese caído junto con Alicia, al otro lado del espejo, desordenando proporciones y escalas, reduciéndonos, como a los frutos sobre el fuego, a minúsculos seres ante sus descomunales y coloridas páginas. En esta sala se desarrolla la muestra Pardés, cuyo laberinto nos conduce a otra, Abisal, “para bajar a un pozo de estrellas”, como nos enseñaba Marcial Souto.
¿Quién es esta chiquita rubia que elabora hongos esmaltados para ofrecernos a la hora del postre, en el instante de la gula, del final del banquete? Antes el mundo sutil no se confundía con el virtual, no había redes. Ahora todo es dato, pero cuando aquella Ajoblanco número 29 llegó a mis manos, en los noventa, la señal fue sutil y contundente. Esa chiquita rubia era Cathy Claret. Ahora, hoy, es Nicola Costantino. Una parte de conocimiento en cinco de intuición tibia, mantenida a baño de María para pegar las cortezas de seda en su bosque de árboles anémonas. Tecnología de última generación en la impresión 3D mezclada con técnicas tradicionales, ancestrales, alquímicas y secretas. Siempre la huella del origen animal, honrando en el sistema familiar a lo más tenebroso y humano. No se manifiesta en su obra como en los inicios: ahora subyace en la técnica, sin abandonar la belleza macabra de la que aún hay alguna referencia anecdótica en las imágenes que rodean en un cerco de obra a la Fuente de la Vida en la Sala 1: “El verdadero jardín nunca es verde”. En lo personal, más allá del universo del Bosco, me recuerda a la belleza del matadero de Salamone, en mi lago Epecuén natal: la elegancia de unas líneas arquitectónicas monumentales que rinden culto y cobijan la crueldad más sanguinaria. Reconocer con la cabeza gacha que también fuimos eso. Y con la cabeza en alto que seguimos siendo eso que nos cuesta tanto trascender. Ruinas soberbias desafiando catástrofes. Esa chiquita rubia envuelve las ramas en tiras de seda, embebidas, siguiendo la receta, en los pegajosos charcos del Matadero. La ayudamos a burlar la podredumbre internándonos en su bosque fragante, para expresar con exquisita elegancia la contradicción que nos corrompe.
(*) Rafael Vasser es montajista del Museo MAR
