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Kill Bill, la venganza: Volumen 2 (2004)


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Entre el espectáculo y la narración

Por Rodrigo Seijas

(@fancinemamdq)

Para buena parte de los espectadores del cine de Quentin Tarantino, Kill Bill, la venganza: Volumen II es una película problemática, porque si en buena medida es deudora del Volumen I -sostenido en el nivel de épica violencia-, el director rompe con unas cuantas expectativas a partir de un cambio de tono donde lo que prima es el drama materno-filial enmarcado en lo que podríamos llamar un “neo-western”. De hecho, da preguntarse cuántas cosas quedaron igual y cuántas diferentes en relación al plan original de un solo film, antes de que se decidiera dividir al proyecto en dos volúmenes. Kill Bill es sí, una sola película de algo más de cuatro horas, pero también dos films totalmente diferentes entre sí a pesar de abordar la misma historia global, con sus respectivos personajes.

Pero lo más problemático de Kill Bill, la venganza: Volumen II pasa por otro aspecto genérico, es decir, por la inserción de lo masculino como factor decisivo. Si el Volumen I era esencialmente un film femenino -y hasta feminista-, el Volumen II se apoya mucho más en los hombres, y lo cierto es que Tarantino no consigue apartarse demasiado de lo superficial y la canchereada para retratarlos. Un personaje como Budd no es más que un ser bastante despreciable y todo el retrato sobre su vida como eterno perdedor interesa más bien poco, con lo que es cuando menos difícil concebir como verosímil la forma en que derrota a La Novia. Sí, Tarantino nos dice que La Novia es derrotada por Budd porque lo subestima, lo mismo que nosotros espectadores, ansiosos por ver la forma en que va a vengarse, por asistir al espectáculo de una nueva matanza. ¿Nos importa realmente? ¿Cambiamos la forma de ver a Budd? No realmente.

Sí nos interesa el padecimiento de La Novia siendo enterrada viva -allí Tarantino vuelve a mostrar su notable capacidad para convertir lo espacial en un factor narrativo- y su espectacular resurrección, para culminar con su enfrentamiento con Elle. Lo que importa no son tanto las dolorosas enseñanzas de Pai Mei -personaje irritante al que sólo la mirada de La Novia consigue posicionar en un lugar diferente- ni el final de Budd -que pareciera estar sólo para dar pie a esa lectura tan ingeniosa como innecesaria sobre la serpiente negra por parte de Elle-, sino esas dos mujeres en pugna, con sus respectivas formas de concebir la lealtad y los lazos con los hombres, trasladando “desacuerdos” a lo físico.

Y si hablamos de hombres, tenemos al Hombre, al Bill que encarna David Carradine, al que le sucede lo mismo que a Pai Mei: sólo adquiere real consistencia a partir de la forma en que lo contempla La Novia y, en menor medida, Elle. Desde el punto de vista femenino, Bill puede ser un tipo fascinante, cautivador, cariñoso y portador de enorme cantidad de historias, pero también un ser caprichoso, cruel, manipulador e hipócrita… y aún así seguir siendo fascinante y cautivador, especialmente hacia los minutos finales. Pero siempre son las mujeres las que le otorgan esas cualidades y defectos, y no termina de cimentarse a sí mismo, a tener un crecimiento propio. Cuando busca hacerlo, es a través del monólogo tan enciclopédico como caprichoso -como el referido a la identidad heroica de Superman-, donde el que en verdad está hablando es Tarantino, no Bill, y nos confirma algo que ya Mex Faliero había dicho en su texto sobre Tiempos violentos: el cineasta puede escribir muy buenas líneas de diálogo, pero eso no lo convierte necesariamente en un gran guionista, a pesar de que él crea que es así.

Pero Tarantino, a pesar de su gigantesco ego -que lo lleva a otros guiños innecesarios, como la escena donde se revela el nombre de La Novia-, es capaz de tomar consciencia durante numerosos pasajes de Kill Bill, la venganza: Volumen II de algo fundamental: la historia que aquí propone se cuenta a través de los cuerpos, las miradas y las acciones. La Novia es una mujer de acción, en un mundo de individuos de acción. Cuando ella interrumpe a Bill y le dice “nosotros tenemos asuntos pendientes”, desencadenando la última y breve -brevísima- pelea, lo que queda es lo que importa: dos seres que se amaron y aún se quieren, pero que llegaron a un punto de diferencias irreconciliables, y la única forma de resolver eso es a través de una instancia de matar o morir. Kill Bill, la venganza: Volumen II es un film donde Tarantino se debate entre ofrecer la espectacularidad -no sólo en las peleas, sino también en los diálogos- que el público (y hasta un sector de la crítica) le pedía, y el concentrarse exclusivamente en lo que tiene para narrar. Cuando triunfa la segunda vertiente, alcanza rasgos de maestría.

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