Vivir afuera
Por Federico Bruno
“Me gustan las chicas, me gustan las drogas, me gusta mi guitarra (…)”
, canta Pity Álvarez en el preámbulo y epílogo del film. Mediante este mantra villero, Pablo Trapero comienza a construir y pone el sello final en la identidad de los habitantes del Elefante blanco. Lo que en un principio se pensó como el hospital más grande de Latinoamérica ahora es el refugio de 300 familias. “No figura en el mapa, no hay un censo”, describe Julián (Ricardo Darín), cura tercermundista argentino a su par belga Nicolás (Jeremie Renier). Luciana (Martina Gusman) es una trabajadora social que interpela el papel del Estado y califica con el mote de “lujo” la elección de los catequistas por la pobreza.
Para el director el film es una suerte de redención: visitó esos lugares en su juventud -como estudiante de escuela salesiana- el tiempo que realizó tareas de trabajo social. Cuando volvió ya era todo distinto, aunque siempre pretende contar la villa desde adentro. Esta inyección de realidad, sin maquillajes ni pruritos, fue bisagra en su filmografía y sin dudas abrió el camino a otros realizadores que, como es el caso de César González (Diagnóstico esperanza, 2013), rinden culto al no-actor (ver al respecto el texto de Mex Faliero sobre Carancho).
Los pasillos son estrechos y el ambiente opresivo; las actuaciones atinadas. El plano secuencia que acompaña a Darín mientras recorre una edificación que siempre -aún hoy- quedó a medio construir es una buena carta de presentación, el telón de fondo es una ciudad impasible. La escena que marca la inflexión en la trama y parte en dos el dogma de los protagonistas, es cuando uno de los sacerdotes busca el cuerpo de un joven asesinado para entregárselo a su familia. El camino es casi en penumbras. Sólo se divisan siluetas. Trapero pone el acento en los ruidos, esas personas no conocen el silencio.
El culto por el padre Carlos Mugica, la connivencia con el narcotráfico y la disputa por el territorio se entrelazan en una historia que muchos señalan parecida a Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles. Las cosas se resuelven a los gritos y balazos (¿alguien intentó contarlos?). El uso del lenguaje popular (amio reemplaza amigo) es acertado en el guión, al fin y al cabo es el único que evoluciona. No somos ingenuos, estamos ante ficción, aunque el acercamiento con la realidad el director lo había logrado de manera más fidedigna en Leonera, donde las locaciones, los recursos narrativos y la actuación de Gusman tienen más peso específico que en Elefante blanco.
Es fácil distinguir un médico de un bombero, siempre y cuando estén en funciones. ¿Cómo diferenciar desde el vestuario al que vende droga y al que la compra? ¿Y los buenos de los malos? Siempre prolijos los curas -desde el Amazonas hasta Villa Lugano-, harapientos los adolescentes y sobria la asistente social. “El lado malo siempre está más piola”, reflexiona Monito en uno de los encuentros que pretenden evangelizar y sacar a los adolescentes de las adicciones. La mirada es ante todo pesimista, otro de los jóvenes agrega: “Nadie se escapa de la villa”. En pos de acentuar la ausencia del Estado, el único nexo con el mismo termina siendo la policía. Las disputas territoriales las delimita la droga, cuya propiedad y distribución es juez y parte en determinados linajes familiares.
Elefante blanco es una película corta en relación a la profundidad a la que apuesta desde un principio, deja muchos interrogantes y está bien que así sea. Pareciera que algunas problemáticas vinculadas al desenlace se las termina sacando de encima, cuando antes se agotaron algunos recursos como la referencia a la figura de Mugica, que tiene más significación en una pintada que cuando lo recitan entre los párrocos, confesión mediante. El argumento nunca deja de ser fuerte, pues la filmación mantiene una precisión y unos climas envidiables, pero podría haber funcionado mucho mejor de la mano del cine documental, aunque no hubiese sido original.
A pesar de toda su potencia narrativa, de su cruda de la violencia, de los enigmas que abre y no termina de cerrar, Elefante blanco no deja de ser una película para la clase media que es la que llena los cines. ¿De qué otra forma zambullirse en ese universo opresivo, sino es a través de las figuras de Darín y en menor medida Gusman? La eterna disputa sobre cómo abordar, pensar y mostrar la pobreza se actualiza, con una nueva unión entre el cine industrial argentino y su contraparte independiente.

