Por Mex Faliero
Pasó la primera edición del Festival de Cine Marplatense, un encuentro que ha tenido como punto favorable el darle la posibilidad a los realizadores locales de tener un espacio común donde discutir sus trabajos y exhibirlos, y que ha dejado tela para cortar en aspectos institucionales y políticos. Y no vamos a repetir eso de que de buenas intenciones está hecho al camino al Infierno, básicamente porque, de haberse trazado un camino, este no conduciría al averno. Más bien conduciría a un vacío oscuro donde la política toma -una vez más- de rehén a la cultura y construye una especie de escudo moral donde las “buenas intenciones” inhabilitan la crítica.
Pero… ya nos conocen.
Primero lo primero, y eso es el cine. Hay que reconocer un avance interesante en los realizadores locales, que parecen ir dejando progresivamente viejas taras del audiovisual local, donde el melodrama o el psicodrama espeso eran la norma, y adquiriendo nuevas formas mucho más libres. Hay una mirada más joven, y saludablemente despreocupada, que invita a abordar las mismas temáticas pero desde un punto de vista menos opresivo. Esto no niega el drama, pero lo hace más soportable en términos cinematográficos, aunque es verdad que la comedia fue uno de los tonos preferidos.
De todos modos, todavía esa libertad temática no parece haberse trasladado a lo formal, donde cuesta encontrar planos o decisiones de puesta en escena bien claras. En ese aspecto, los realizadores de videoclips demuestran tener mucho más claro el registro que deben adoptar, cuidando muchísimo más los aspectos técnicos. Claro, hablamos de un lenguaje más cercano al publicitario y, por ende, asimilable desde un punto de vista técnico. La deuda es, aún, narrativa.
Por lo pronto, tenemos un grupo de realizadores jóvenes -y algunos ya con cierta trayectoria- y un proceso creativo en ebullición. Todavía, lo que no parece haber, es un cuerpo de obra preciso, con una identidad definida y una respiración cinematográfica adecuada. Pero es lo de menos en este momento -repito: en este momento-: lo interesante hoy por hoy es producir, y alentar a que eso suceda.
Es por este motivo, pues, que el Festival de Cine Marplatense se convierte en algo útil: si alienta a la producción, esto llevará a más cortos, medios y largos, y decididamente impactará en la capacidad de los realizadores. Uno entiende que la mayor práctica en las herramientas cinematográficas debería repercutir en las capacidades individuales.
También deberíamos alentar a un público que consuma más producción local, y no sólo la del primo o el amigo que exhibe en un festival, y un periodismo marplatense (formado y bienintencionado) que se acerque a estas experiencias con un sentido crítico.
Y si por un lado decimos que el Festival ha sido algo útil, también debemos pensar si era un festival lo que necesitaban los realizadores marplatenses. ¿O sólo es necesario un espacio que brinde el marco de exhibición? Y ya que estamos, ese marco ¿no debe ser, además, profesional y cuidado? Que las proyecciones comiencen hasta 40 minutos después de lo programado, sinceramente no ayuda. Que la grilla evidencie problemas de armado (programar un film de 70 minutos en una función que supuestamente dura 60) tampoco. Esto le falta el respeto a los propios realizadores y al público, que son supuestamente los sectores que importan en estos procesos: el que hace la obra y el que la recepciona.
Tampoco ayuda una ceremonia de cierre totalmente improvisada, con más de 40 premios (algunos autocelebratorios que podrían haberse ahorrado) y con distinciones sobre las que no hubo mayor explicación de cómo se otorgaron: ejemplo, el premio de la prensa (¿quiénes lo votaron, qué periodistas u organismo de prensa lo decidió?) o el del público (¿en qué función se tomó el voto de la concurrencia?, yo fui a varias y en ninguna se consultó al respecto).
Para ser sinceros, el Festival de Cine Marplatense pareció demasiado apurado. Como sacado del horno antes de que se termine de cocinar. Y esto indudablemente responde a tiempos políticos, año de elecciones, a una gestión municipal que necesita demostrar que trabaja seriamente. Y que tira frases altisonantes, como la de la obtención del espacio INCAA, por ejemplo. Ni el director de Cultura Juan Rey ni el secretario de Cultura Leandro Laserna parecen saber de lo que hablan cuando en sus discursos hablan del vínculo entre cine y ciudad, más que de frases hechas que queda bien decir. Ojo, esto no es exclusivo de esta gestión solamente, ha pasado antes.
Mar del Plata está lejos de ser un polo audiovisual: que haya gente filmando algunos cortos amateurs no es sinónimo de ciudad cinematográfica. Todavía falta, y para eso hace falta trabajo y decisión del Estado: hace falta una mirada desde y hacia el cine. En este contexto hacer un Festival de Cine Marplatense con aval del INCAA es poner el carro delante del caballo: primero hay que generar un montón de actividad y proyectos para que se desarrolle el audiovisual, y ahí sí, con una producción amplia y sustanciosa, reconocer los buenos logros.
Usted dirá que uno exagera. Pero piense: la edición que acaba de terminar incorporó en su convocatoria todo tipo de producción, sin un límite temporal acotado. Para el 2016 -porque supuestamente habrá segunda edición-, la convocatoria debería involucrar -imaginamos- aquellos trabajos realizados en 2015 y algo de 2016. ¿Cuánto material habrá disponible para completar tres o cuatro secciones competitivas y varias secciones paralelas? No es tanto lo que se produce y, del total, además hay que considerar un piso de calidad para que las obras queden seleccionadas. El futuro del festival, si no se lo repiensa, es un poco complicado.
No es cuestión de pisar brotes, pero sí de aminorar el impacto de los discursos oficiales exageradamente encendidos. El Festival, un poco apresuradamente, sienta un precedente que puede evidenciar desprolijidades en caso de no tener una continuidad. Se dice siempre que hace falta gente que proponga antes que aquella que critica. Yo diría que antes que estos dos, hace falta gente que piense seriamente cuáles son las verdaderas posibilidades que tiene todo aquello que se propone o piensa o proyecta.
Será cuestión entonces de desacelerar algunos egos, que haya menos preocupación en los subsidios del INCAA y más cuidado en un acontecimiento que tiene bastante potencial, si se lo aborda con criterio y sentido crítico.
