Por Rodrigo Seijas
–THE CODE: todo empieza con un accidente entre un vehículo robado y un camión de caudales. Dos jóvenes quedan seriamente heridos, pero nadie llama por ayuda. El asunto quedaría rápidamente en el olvido, teniendo en cuenta que ha sucedido en un pequeño pueblo de la llanura australiana. Sin embargo, una grabación por celular del episodio llega a manos de un periodista que busca alguna noticia que le permita progresar en su carrera, quien a su vez involucra a su hermano, un hacker que no sólo arrastra unos cuantos problemas psicológicos sino también una condena por sus pasadas andanzas criminales. Ambos irán destapando una de esas típicas ollas podridas, donde un evento aparentemente menor va evidenciando conexiones cada vez más importantes entre lo público y lo privado, que llegan hasta la cima del poder político y económico a nivel nacional. La serie creada por Shelley Birse puede tener una premisa aparentemente trillada, muchas veces transitada por el cine y la televisión, pero cuenta a su favor con una narración que arranca in media res -o sea en el medio de la acción-, y que no se detiene para brindar explicaciones, sino que va mostrando a los personajes desempeñándose como lo vienen haciendo últimamente, dejando que sea el espectador el que vaya dilucidando los vínculos pasados y presentes entre ellos. Para que eso vaya sucediendo, son de indudable ayuda las actuaciones: hay un elenco sólido, donde se destacan Dan Spielman, Ashley Zukerman, Aden Young, Adam García, Lucy Lawless y David Wenham. Es indudable que su estructura de fondo la constituye la suma de sus seis episodios, pero ya el primer capítulo tiene el doble mérito de establecer un ritmo pausado y fluido a la vez, mientras crea la suficiente expectativa de cara a lo que viene. Hay toda una serie de enigmas, secretos y conflictos sabiamente desplegados, que revela que dentro de la televisión de Australia han aprendido y aplicado con efectividad unas cuantas lecciones de los ámbitos televisivos de Estados Unidos y el Reino Unido. Se estrena este miércoles 4 de febrero a las 22:00.
–THE RED ROAD: el creador de este drama, Aaron Guzikowski, tenía antecedentes inmediatos los guiones de La sospecha y Contrabando, films donde se notaba demasiado la manipulación de los personajes y los distintos sucesos en pos de marcar tesis sociales acerca de la culpa, la justicia por mano propia, las causas y consecuencias de ciertas decisiones o cómo el crimen es una parte integrante de la sociedad norteamericana, además de una intensidad demasiado artificial en las actuaciones. Esta serie también va desarrollando una tesis bien marcada, que gira alrededor de las terribles consecuencias que van surgiendo a partir de la mentira, con un relato centrado en un sheriff de un pequeño pueblo (Martin Henderson), que a partir de una muerte en la que se ve involucrada su esposa, es forzado a entablar una alianza poco santa con un miembro de la tribu indígena vecina (Jason Momoa), un criminal que ha retornado a su pueblo no precisamente con las mejores intenciones. Por suerte, salvo en determinados pasajes, esa intensidad y manipulación excesivas están ausentes, lo que permite que la narración vaya revelando las virtudes y miserias –más lo segundo que lo primero- de cada uno de los protagonistas y las personas que los rodean, configurando un duelo que se da a varios niveles: desde el machismo puro, el choque de civilizaciones –blancos contra indios- y desde la ideología –uno representando a la ley, el otro al crimen-, aunque lo que va quedando claro (y a la vez muy oscuro) es que los límites son difusos y los grises terminan imperando en lo particular y general. A esto ayuda, y mucho, la estética y el ritmo pautados desde el piloto por la dirección de James Gray, realizador de Los amantes, Los dueños de la noche y La traición, quien evita los manierismos, porque con el nervio y el rigor de los acontecimientos en escena le basta y le sobra.
–RECTIFY: hay un momento al principio del segundo capítulo de la primera temporada de este drama, que es en verdad excelente: allí se ve a Daniel Holden paseando con total parsimonia por el pueblo al cual ha retornado luego de casi dos décadas, después de que le han revocado la condena a muerte que pesaba sobre él por una cuestión técnica vinculada a las evidencias que probaban su supuesta culpabilidad. Finalmente llega a un campo de juego de béisbol y decide acostarse sobre el césped mientras toma algo. Él no se da cuenta al principio, pero su hermana y su abogado lo contemplan a la distancia desde un auto, mientras se preguntan sobre cómo se sentirá. En esa secuencia entran varios de los tópicos de la serie, que cuenta con el aval de ser de los productores de Breaking bad: la voluntad de un individuo condenado por la sociedad por reinsertarse y vivir en paz; la noción de que esa paz es en extremo difícil de conseguir, porque ese individuo está eternamente bajo vigilancia, observado por los demás, juzgado hasta el fin de sus días; encerrado en sí mismo, en sus experiencias pasadas y presentes; sabiendo directa e indirectamente que su condena no la paga sólo él, sino también todos los que están cerca suyo; aunque igual hará todos los intentos posibles para ser, contra y todos, libre. Rectify, en gran parte de su trama –aunque en algunos momentos caiga en remarcaciones innecesarias- es capaz de pensar sobre todas estas cuestiones con una sutileza apabullante, en base a una puesta en escena muy sobria, actuaciones donde importan más las tensiones corporales que los gestos ampulosos –en eso, lo de Aden Young, quien interpreta al protagonista, es verdaderamente destacable-; un montaje de gran fluidez, que conecta a la perfección con una estupenda banda sonora a cargo de Gabriel Mann; y diálogos que en verdad están más para resaltar los silencios y los sentimientos escondidos que para imponerse como enunciaciones. Cruda reflexión sobre las causas y consecuencias del sistema punitivista estadounidense y la noción del castigo en la sociedad occidental, es una de las joyitas escondidas de la televisión estadounidense.

