Por Rodrigo Seijas
Lo más llamativo y a la vez más destacable de la Competencia Argentina de Cortometrajes del último Festival de Cine de Mar del Plata -cuyo nivel general fue aceptable, aunque lejos de deslumbrar- fue que cuatro de los once films en competencia trabajan, desde distintos ángulos y con diferentes énfasis, el género de la comedia.
La que terminó siendo la película ganadora de la competencia, Zombies, de Sebastián Dietsch -centrado en dos jóvenes que lidian con sus problemas de pareja mientras tratan de mantener a raya a un grupo de muertos vivientes-, transcurre prácticamente en un solo espacio, al que sabe aprovechar con eficiencia, con diálogos que evidencian un conocimiento profundo y a la vez descarnado de ciertas dinámicas de las relaciones de pareja, jugando a la vez con astucia con las reglas narrativas del subgénero de horror. Cómo olvidar un amor en 21 pasos, de Julieta Steinberg, se planta con firmeza -y un poquito de cinismo- en el lugar de la mujer despechada que trata de dejar atrás el vínculo con su novio, quien la dejó, con unos cuantos aciertos a la hora de plantear rápidamente la premisa y contarla a gran velocidad, aunque por momentos la distancia que utiliza la termina dejando encerrada en la repetición y estiramiento del chiste. Recalculando, de Ingrid Pokropek, también explota con sapiencia un buen punto de partida -un tipo medio harto de su vida al que de repente comienza a hablarle el GPS de su auto-, aunque su protagonista no termina de encontrar el tono adecuado en la actuación, lo cual le resta algo de impacto. Algo similar sucede con La ventana abierta, de Lucila Las Heras: una buena idea, correctamente desarrollada y que evidencia a una realizadora consciente del poder creador de la narración, aunque las actuaciones no terminan de encajar con lo que pide el relato.
Rieles, de Gual Mostajo; Inmentis, de Francisco de la Fuente; y Nueve segundos, de Gastón Siriczman, son apuestas particulares y distintivas, donde la búsqueda no pasa tanto por el disparador inicial o por determinados diálogos que generen empatía con el espectador, sino por ir insinuando claras ideas narrativas, como apuntando a lo que podría un largometraje. El segundo cortometraje era el más arriesgado y hasta desestabilizador, aunque fue el último el que se quedó con el galardón al mejor director, lo cual tampoco está mal.
También hubo cortos fallidos: La gaviota, de Esteban Perroud, y Pueblo, de Mariano Tobar, son dos films que no llegan a desarrollar apropiadamente sus planteos. El primero por un exceso de ego en la puesta en escena que le hace perder el rumbo. El segundo por fallas en las actuaciones y el montaje como herramienta narrativa.
En cuanto a Autosocorro, de Julián D´Angiolillo, y El cumpleaños de Darcy, de Diego Frangi, son dos cortos documentales que parecen más bien ensayos para mediometrajes o largometrajes. En especial el primero, que sigue la labor del Grupo Espeleológico Argentino y que tiene algunas imágenes tan cautivantes como asfixiantes.
Pensándola como un todo, la Competencia Argentina de Cortometrajes fue relativamente pareja y aunque no surgió esa joyita que siempre se ansía ver, demostró que hay un grupo de cineastas que empiezan a usar a su favor las distintas herramientas cinematográficas. Habrá que ver qué les depara el futuro.
