Aquí, un repaso por las críticas que publicamos día tras día sobre la competencia oficial del Festival. Nuestra opinión sobre aquellas películas que pelearán por el Astor.
Le meraviglie
, de Alice Rohrwacher / 7 puntos
Hay una corriente de películas italianas actuales que trabajan sobre cómo repercute la llegada de algún ente a las economías regionales, ancladas en zonas alejadas de las grandes urbes y consagradas al turismo o a la elaboración de productos. En este marco se inscribe Le meraviglie que tiene como protagonista colectivo a una familia dedicada obsesivamente a la apicultura. Dos o tres pincelazos al inicio le sirven a la directora para plasmar el estilo de vida comunitario que llevan bajo la lógica machista de un padre que se niega a salir de ese orden y seis mujeres que, a pesar de someterse a su voluntad, también toman decisiones. A medida que la película avance, el punto de vista se recortará sobre la adolescente Gelsomina, quien oficia como la coordinadora de las actividades diarias e irá descubriendo otras formas de amor con la llegada de un niño alemán que deberán cuidar como parte de un programa social. La mirada de Rohrwacher se acerca a esos cuerpos fatigados, presionados por la labor diaria, sin descuidar nunca sus rostros, sobre todo el de las niñas, que se agigantan en pantalla. Un uso adecuado de la luz en los momentos justos permite disfrutar del entorno natural como de los interiores precarios, metiendo en la piel del espectador el clima del lugar. La vuelta argumental se produce con la llegada de la tv y una propuesta que moviliza a los lugareños. Afortunadamente, en una sabia decisión, la trama nunca permite que esa irrupción se cruce inapropiadamente con la de la familia y que, en todo caso, sea una excusa para desarrollar los cambios que padecerá Gelsomina. Cuando parece que se cae en los lugares comunes, la sensibilidad de la directora salva la situación. Guillermo Colantonio
El duque de Borgoña
, de Peter Strickland / 6 puntos
La historia de un amor que pasa por todos los estados desde la pasión hasta el aburrimiento es tan antigua como La Biblia. Lo que hace diferente a la película de Strickland es su trabajo estético y ciertas decisiones personales aunque el resultado deja la impresión de un regodeo formalista y no mucho más. Cuando comienza la historia, una joven en bicicleta recorre un bucólico paisaje que parece del Siglo XIX y llega a una casa donde la espera su ama. Allí es sometida a quehaceres domésticos varios sin descanso ni contemplación. Resulta que lo que vemos es parte de un ritual que las mujeres sostendrán como búsqueda de placer a partir de relaciones eróticas matizadas con prácticas masoquistas. La particular banda sonora y el uso de imágenes que remiten a las películas de vampiros de los setenta le dan al film su toque llamativo. El tema es que cuando se agota el recurso, da la sensación de que no se sabe cómo concluirlo, entonces, el camino más cómodo es volver al comienzo (una salida bastante trillada). Strickland es elegante y adopta un estilo decadente en la composición. Además establece un juego entre humanos e insectos que le permita explorar desde lo visual yuxtaposiciones que son verdaderos estímulos sensoriales. Por momentos, asistimos a segmentos similares a un videoclip, con un uso del fuera de foco que tiñe de calidad a las relaciones sexuales de las protagonistas, reflejadas en espejos, empaquetándolas. Ese manierismo de poses calculadas le quita autenticidad y tal vez sustancia a la idea de amor. Guillermo Colantonio
El cuarto azul
, de Mathieu Amalric / 7 puntos
Parece ser que tuvo que llegar este enorme actor para lograr la adaptación de esta novela de Georges Simenon. Y el resultado no defrauda. La película nos mete de lleno, sin preparación, en un torbellino de imágenes sensuales, de cuerpos transpirados, de fragmentos que pertenecen a diferentes tramos de la historia. Es una buena decisión puesto que la falta de linealidad en el relato y el continuo vaivén temporal se corresponden con la perturbación que le provoca al protagonista su imponente (y más alta) amante interpretada por Stéphanie Cléau, una especie de femme fatale del polar francés. Ese amor intenso se transformará en fou y derivará en una segunda parte más reposada pero no menos interesante, con testimonios cruzados, contradicciones y dilemas éticos. Como buen exponente de una tradición ligada a maestros como Chabrol, Amaric deja en un segundo plano la lógica de los enigmas por resolver y cede el paso a las relaciones humanas, a lo que se esconde detrás de rostros gélidos y ambiguos en sus miradas. Un perfecto manejo del timing narrativo y el sostén de atmósferas incómodas hacen de El cuarto azul un film atendible y disfrutable. Y por supuesto, está Mathieu Amalric, un actor que no necesita hacer psicología con gritos para que sepamos de su interior. Guillermo Colantonio
Alive
, de Jungbum Park / 6 puntos
Con esta clase de films persistirá siempre la discusión acerca de los difusos límites entre representar la marginalidad y la miseria o construir un discurso miserable; también entre modelar un espectador paciente o padeciente. Las dos primeras escenas muestran a los personajes sin concesiones: uno, Jungchul, trabajador de una fábrica, exhausto, con su hacha; un instante después, una joven (su hermana) castigando su cuerpo con latigazos y clavos. La iluminación trata de atenuar el dolor pero ya sabemos que mucho menos que esto no esperaremos durante las casi tres horas que dura la historia. Park tiene en claro que la única forma de expresar la hostilidad a la que se ven sometidos los obreros en esa aldea del norte de Corea, con condiciones laborales infrahumanas, es retener al espectador a través de la intensidad de sus imágenes, para que sienta prácticamente la misma violencia física y psicológica de sus criaturas. Claro está, la sordidez de los ambientes estará machacada incluso con líneas de diálogo tales como: “¿no hay ningún lugar seguro en el mundo?” o “¿por qué no tengo nada?” y con la saturación sonora en ciertos pasajes donde es insoportable incluso el canto de los pájaros. Alive intenta una tesis social basada en la desigualdad. Sus trazos son gruesos, en especial en la configuración de los burgueses como en el sufrimiento de los obreros. No hay matices ni respiro en este dibujo. El pantano en el que vive Jungchul se agiganta. No puede arreglar nunca su casa ni tapar los errores de su familiar directo. Además, su mujer lo ha dejado. La paradoja es que mientras se postula un nihilismo atroz, los esfuerzos del protagonista por sostener a su hermana desequilibrada y a su sobrina son enormes. Se trata de un amor solapado, sin gestos edulcorados, que se alimenta con una energía casi sobrenatural por sacar a la familia adelante. Es en esta veta, cuando los azotes hacia el personaje (y por ende, para el espectador) disminuyen, que la película crece. Guillermo Colantonio
No todo es vigilia
, de Hermes Paralluelo / 7 puntos
Felisa y Antonio son dos ancianos a los que sigue el director, primero en un hospital y luego en su casa. El acercamiento es respetuoso, nunca intimidante, desarrollado con encuadres prolijos y con una cámara que apenas se mueve buscando la posición ideal. La primera parte de la película se extiende demasiado a partir de un registro observacional y planos fijos tomados desde diversos ángulos. Seguimos los exámenes que le hacen a Antonio y la inquietud de Felisa, siempre a su lado. Hay escasos diálogos y algunos relatos que surgen de los personajes pero que son interrumpidos por los médicos, como si se tratara de un contrapunto dialéctico. El resto es una constante enunciación formal cuyo fundamento es el estatismo y la sucesión de planos que marcan un tiempo interno similar al de los personajes en la etapa de la vida que les toca. A los cuarenta minutos, aproximadamente, una imagen exterior con un campo nevado quiebra el encierro y pasamos a una especie de segundo acto en la casa de la pareja. Paralluelo continúa con la tenue iluminación y los impecables encuadres pero comienza a explotar dramáticamente la potencialidad humana de los ancianos en la pantalla. Para ello, inserta breves dosis de diálogos y movimientos que provocan humor y sana gracia. Hay un momento que escenifica la idea del tiempo, más allá del trabajo formal: Antonio toma el teléfono y llama a alguien para arreglar un artefacto; habla supuestamente con un interlocutor un rato hasta que su mujer le pregunta qué le dijo, y él responde que ha dejado un mensaje en el contestador. El chiste funciona y es gráfico a la vez sobre lo que representa el tiempo para ellos. El andar cansino de sus pasos será respetado siempre con la lentitud de la cámara que los sigue. Y la luz (con un uso muy influenciado por Pedro Costa) es sacrificada para resguardar la intimidad y crear ese ambiente que tantas veces hemos visto en las casas de nuestros abuelos. Si en el hospital no veíamos la química entre la pareja, en este segmento es evidente. El final es una delicia. Tal vez, la descompensación entre estas dos partes haga que disminuya el resultado, pero vale la pena pasar por la experiencia de Felisa y Antonio. Guillermo Colantonio
La vida de alguien
, de Ezequiel Acuña / 5 puntos
Si en las películas anteriores de Acuña los diálogos funcionaban, acá el problema es que están en reiteradas oportunidades tapados por temas musicales. Es indudable que al director le gusta representar el imaginario indie al cual homenajea no sólo con las canciones sino con los modos de vida y las formas que elige para filmar, deudoras de cierta estética videoclipera. No obstante, por momentos los personajes funcionan en su espontaneidad y en los intercambios verbales que llevan a cabo. La historia se centra en Guillermo, un joven músico, cuyo anhelo es reflotar una banda de rock luego de ocho años. Uno de los fundadores ya no está, ha desaparecido misteriosamente en un viaje a Europa. El recuerdo de ese episodio es una marca para el protagonista que teñirá de melancolía todo el film. A ellos se les suma Lucía, una chica a la que ha conocido a través de unas clases. El gran problema de esta historia es que cada vez que arranca vuelve a caer en el mismo círculo vicioso de la indefinición. No sabemos si el film es una excusa para desplegar un soundtrack, los números musicales cansan (si uno no entra en ese estilo, queda afuera) y en el peor de los casos vemos un cúmulo de muchas otras historias independientes americanas. Además, el abuso de la cámara lenta también la torna monocorde. Guillermo Colantonio
Cavalo dinheiro
, de Pedro Costa / 8 puntos
Película de interiores fantasmales y con un uso maestro de la tecnología digital. Costa vuelve sobre su personaje Ventura, ya presentado anteriormente y construye un film misterioso, fuera de tiempo, espectral, con el protagonista encerrado en alguna institución, anclado en el pasado por momentos y de regreso al presente en otros. Por allí transitarán también seres que se cruzan y narran con susurros sus historias. Y si hay algo maravilloso es cómo las voces y las canciones constituyen la banda sonora. La radicalidad y el carácter arduo de la propuesta pueden generar algún escozor en almas inquietas, pero vale la pena ofrecer la mirada a la experiencia que propone Costa, a la escasa iluminación que apenas permite entrever los rostros y mucho los ojos de estas almas en pena encerradas en ese lugar enigmático. El exterior será un fuera de campo o tal vez una ilusión. El inicio con planos fijos de fotografías de experiencias migratorias deviene en una escena que instala el tono de lo que veremos: el pesado andar del protagonista seguido por la lentitud de los movimientos de la cámara, siempre observadora, nunca intrusiva. A partir de ahí, nos sumergimos en esa atmósfera lúgubre donde a su debido tiempo todos tienen algo que decir. En este peregrinaje, siempre hay una búsqueda de ese rostro que mejor exprese el peso de la existencia y soporte la densidad de la memoria. El pasaje final, el diálogo con un soldado en un ascensor, abre, con su extendida duración, más aristas a la complejidad que ya tenía la película. Guillermo Colantonio
El perro Molina
, de José Celestino Campusano / 7 puntos
Al señor José Celestino Campusano se lo quiere o se lo odia. Su cine es bruto y directo sin muchos preámbulos, ganando odios o amores en el público. Esa aspereza aquí elimina el concepto peyorativo para mostrar cómo la bajeza de personajes poderosamente estereotipados puede ser rica en lo visual, en un relato fascinante que entretiene y engancha al espectador. El perro Molina cuenta la historia de un delincuente y tipo piola del hampa con códigos que aún sostiene la bandera de la amistad y la palabra. A ello se suma el drama amoroso del comisario Ibáñez y de su provocativa esposa Natalia, quien luego de sufrir un engaño marital, abandona su vida de ama de casa y se vuelca al mercado de la prostitución. Campusano nos propone una película llena de acción con algunos diálogos mal actuados pero a la vez emblemáticas participaciones actorales de protagonistas y villanos. En ello converge el sello de este autor y no sería muy descabellado o absurdo pensar en El perro Molina como una especie de Sin City pampeana, donde los hombres son justicieros o totales traidores y las mujeres sólo mostradas como el sexo débil decorativo que sin embargo buscan enfrentar la masculinidad con valentía. Las temáticas como la violencia y la marginalidad fluyen en los paisajes del conurbano bonaerense de El perro Molina y ya son una carta de presentación que Campusano cimentó en films como Vil romance y Vikingo. Por ello el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata mima de alguna forma esta locura descabellada de la ficción argentina “explícita”. Y por ello, nadie puede negar que Campusano es un auténtico director de pura cepa. Rosana López
Vientos de agosto
, de Gabriel Mascaro / 7 puntos
Mascaro había demostrado su capacidad de observación en los documentales Un lugar ao sol y Doméstica, y la virtud de no interferir con argumentos sociológicos fáciles. Eran los mismos personajes quienes manifestaban, en todo caso, su conciencia (o no) de clase. Aquí se sumerge en el terreno fronterizo con la ficción y construye una película ambientada en un pueblo brasileño de Pernambuco que parece paralizado en el tiempo. Shirley y Jeison transcurren sus días en una rutina laboral que no está exenta de placer. Los cocos que recolectan pueden ser un buen colchón para hacer el amor y la pesca de moluscos una oportunidad para tomar sol y broncearse con gaseosa. Pese a las condiciones de vida, la luminosidad del lugar atravesado por el azul del mar y del cielo (captados sensiblemente en ángulos variados por la cámara) aparenta una cierta calma edénica. No obstante, llegan los vientos, la marea sube y entonces vienen las rupturas. Un sonidista (el propio Mascaro) altera ese orden con sus intervenciones para registrar los ecos de la naturaleza. Es el momento en que el film entra en el terreno de la indefinición, concentrándose en segmentos de tiempo y espacio. La otra ruptura, es argumental: el descubrimiento de una calavera y luego de un cadáver, hace que nos replanteemos la mirada inicial y nos hagamos algunas preguntas inquietantes. Los planos se tornan oscuros, ciertas dosis de humor negro son insertas conjuntamente con el misterio que invade al joven Jeison en torno al cuerpo hallado. En una lectura más detenida, quizás, se pueda establecer un nexo entre este pequeño universo retratado y las cuestiones cruciales que son el centro de las reflexiones en Brasil, como en varios países de Latinoamérica: la identidad, la memoria y los desencuentros entre la tradición y el progreso. Pese a la pérdida del tono narrativo, la película se sostiene visualmente con solidez poética. Guillermo Colantonio
Vengan hacia mi voz
, de Hüseyin Karabey / 5 puntos
El comienzo de la película adopta el punto de vista propio del relato enmarcado. Tres bardos asumen frente a un auditorio la narración que involucra a una abuela y su nieta. Una aldea kurda es afectada por la llegada del ejército turco ya que detienen a varios hombres hasta que aparezcan las armas que supuestamente tienen. Entre ellos, está el hijo de la mujer y padre de la pequeña. Lo más rescatable del film es cierta mirada descontracturada y tragicómica a la hora de pintar las relaciones entre los bandos adversarios y las pragmáticas formas que tienen de inventar datos cuando la realidad les ofrece lo contrario. El sargento, por ejemplo, sabe que no hay armas en el lugar y se lo dice al alcalde, pero debe responder a sus superiores, por lo tanto hay que hacerlas aparecer como sea. Eso es lo que motivará un arduo periplo de la anciana para conseguir una. Lo peor aparece en aquellos momentos donde la solemnidad de la puesta en escena transforma a la película en un “qualite” con telón de guerra. La prolijidad formal atenta contra la historia y los propios personajes. Se torna fría la pantalla con las postales que desfilan de paisajes inertes, simples telones. Además, son un tanto forzadas y obvias al mismo tiempo las correspondencias entre narración y experiencia por parte de los personajes y los bardos que sostienen el relato, incluidas, además, dosis de moral o ciertos simbolismos que perjudican el tono general. Guillermo Colantonio
Jauja
, de Lisandro Alonso / 9 puntos
“¿Pero hay algún placer más poderoso que el de sentirse perdido en un filme? Tal es el gesto de la poesía en el cine.”(Jean Claude Biette)
. El desconcierto que genera la última película del joven y talentoso director no puede menos que relacionarse con la poesía. Además, el desconcierto en el cine es un sentimiento maravilloso, y eso es lo que se percibe en Jauja desde su primera imagen con padre e hija, encuadrados perfectamente, en un paisaje desértico inconmensurable. Son ellos los que abren el film porque los caminos visuales y narrativos se irán concentrando en ellos. Si hay un signo presente es la búsqueda, y en este caso es doble. Desde el punto de vista argumental, la historia se centra en el desesperado periplo que un capitán danés realiza para encontrar a su hija, quien se ha fugado con un soldado, impulsada por el deseo. El marco es el Siglo XIX, en el sur argentino, aunque algunas líneas de diálogo puedan tener resonancias en el presente. La racionalidad europea y colonizadora de este hombre se ve desafiada por el misterio que encierra esa naturaleza abierta y las historias que la pueblan. Los personajes del inicio desaparecen y estamos en un tramo increíble de la película, donde la sensibilidad de Alonso nos sumerge en el cuadro de la pantalla como testigos de esa lucha desesperada. Aquí se hace efectiva la otra búsqueda, la estética, la del director, buscando el plano justo, la iluminación adecuada, para agregar alguna que otra sorpresa que nos conduce nuevamente al resbaladizo terreno del desconcierto. Dos cosas sí parecen certeras: Alonso demuestra una vez más su talento sin fisuras y Viggo Mortensen es un verdadero animal cinematográfico. Guillermo Colantonio
Melbourne
, de Nima Javidi / 6 puntos
Hitchcock ha insertado a lo largo de su carrera la famosa situación de qué hacer con un cadáver. Sin embargo, la diferencia con Javidi es la sutileza del maestro inglés ya que jamás se le hubiera ocurrido utilizar como víctima a un bebé. Esto es lo que ocurre en esta historia en Teherán, que transcurre prácticamente dentro de un departamento, y es protagonizada por una pareja dispuesta a hacer un viaje de estudios a Melbourne. El imprevisto (la muerte de un bebé que cuidan por un rato) altera los planes y entonces, entre la desesperación y el miedo, se transforman en detectives de sí mismos para ver qué pudo haber ocurrido. Cuando las respuestas no aparecen, toman una decisión que involucra indudablemente la ética. El problema principal de la película es que mantiene la tensión a base de golpes efectistas de guión que son una suerte de acumulación donde no hay respiro, incluso con golpes tan bajos como el hecho de pasarse de manos una criatura como si fuera un muñeco. Perece ser que la tendencia del cine iraní que nos llega a los festivales (“una cierta tendencia” diría Truffaut) no puede ser concebida más allá de espacios cerrados, claustrofóbicos y plagados de gritos e historias de sospechosa concentración dramática. Guillermo Colantonio











