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Pantalla Pinamar 2011: mini-críticas de Fancinema

Las tradicionales mini-críticas de Fancinema se trasladan ahora a Pantalla Pinamar. Aquí, el staff desarrolla algunos comentarios sobre películas vistas en el festival costero.


Balada triste de trompeta, de Alex de la Iglesia / 6 puntos


Ya es sabido que Alex de la Iglesia divide aguas. Se organiza polémico cineasta, se desarrolla histriónico, se niega a pasar inadvertido. Balada triste de trompeta es sin dudas un jalón más en esta carrera. Las propuestas que incluye en esta violentísima historia de un triángulo amoroso que incluye dos payasos con personalidades y roles antagónicos y una hermosa trapecista, van desde una mirada sobre las continuidades históricas en España, las referencias culturales múltiples y su forma nacional bajo la dictadura franquista (religión, música popular, erotismo, moda), las infinitas referencias cinéfilas (con Fellini, Hitchcook y El caballero de la noche -Batman- a la cabeza), hasta la obsesión personal de la violencia como aparición repentina de complejas cuestiones ocultadas, reprimidas, sin que de su ejercicio resulte ninguna redención de las cuestiones o los personajes. Resulta inevitable, pues el texto se organiza alrededor de las marcas políticas más intensas del siglo XX en España, analizar la mirada política que ejerce el director al realizar Balada triste de trompeta. Dos elementos son claves. El primero es cómo define la violencia en relación a la política. Lejos de entender la violencia como una instancia posible de la política -por ejemplo, como modo de resistencia a la opresión- De la Iglesia parece banalizar la construcción de la resistencia, y tanto en los momentos previos al triunfo franquista, como al final de su vida y mandato, la violencia no es sino el producto de la emergencia de un sentido perverso de la vida en circunstancias históricas determinadas. Que sean payasos monstruosos (que de payasos devienen monstruos como forma de cristalizar la violencia como único motivo) peleando por una hermosa mujer -qué fácil resulta imaginar que representa a España-, deja pensar en una extraña variante de lo que conocemos por estas tierras como teoría de los dos demonios. Pero además de ello, la decisión clara de un cierre que cristaliza, más no congela, un tipo de relación política signada por la violencia, que parece hacerse presente continuo, obliga a cuestionar la mirada del realizador en relación con la historia política de los últimos cuarenta años en su país. Quienes se ofuscan por la violencia explícita, la impiedad para con el espectador, deberán saber que ese malestar es buscado, forzado a un extremo pocas veces visto y que puede sin dudas justificarse dramáticamente. Quienes se fascinen con esa estética de la violencia, como si en si misma explicara un mundo, no pueden dejar de pensar que De la Iglesia no hace una película ingenua «alla Tarantino» y el cine de súper acción. De la Iglesia hace, explícitamente también, una película política. Por lo que, tanto para unos como para otros, sería bueno que amplíen sus puntos de mira, para incorporar el discurso propuesto en la película de un modo más complejo. Daniel Cholakian


Cerro Bayo, de Victoria Galardi / 8 puntos


En Villa La Angostura, una mujer mayor, viuda, decide quitarse la vida. De modo planificado, prolijo. Pero queda en coma e internada en estado vegetativo. Una de sus hijas vive en el pueblo con su familia. La otra, en Buenos Aires, alejada también afectivamente de su madre. Viaja para compartir el cuidado y las decisiones con su hermana. La película cuenta a cada uno de los personajes, las hermanas, el marido de uno de ellas, los hijos jóvenes (un varón y una mujer), la anciana y una vecina del pueblo, y cuenta la historia conocida de la vida pueblerina y lo cuenta maravillosamente. Conciliando la estructura coral, el relato de cada personaje y sus deseos y relaciones, con el movimiento colectivo (como si todos se movieran juntos alrededor de la hija/madre), la película logra dar cuenta de la organización de un mundo. En este caso el mundo de Cerro Bayo, no sólo como un lugar físico, sino simbólico, donde los personajes podrán quedar atrapados o del que podrán escapar. Victoria Galardi, quien ya había demostrado su talento como co-directora de Amorosa soledad, logra aquí el tono apropiado para contar esta historia tan personal e íntima y al mismo tiempo colectiva. En un difícil equilibrio entre contar historias individuales y la historia de una familia y un pueblo, y del presente y el pasado, otorga a cada personaje profundidad sin que ello redunde en relatos estancos de personajes ajenos a un colectivo. Las actuaciones y el trabajo escénico son notables, logrando en este orden incorporar al paisaje y el clima como un protagonista determinante de las condiciones de producción de la vida. Galardi asoma, a paso firme, entre las gratas esperanzas del cine nacional. Daniel Cholakian


Dormir al sol, de Alejandro Chomski / 6 puntos


Con sus idas y vueltas entre la Argentina y los Estados Unidos, Alejandro Chomski terminó filmando Dormir al sol, adaptación de un texto de Adolfo Bioy Casares que, definitivamente, marca el abordaje del autor literario sobre lo fantástico. Dormir al sol es una apuesta arriesgada para el cine nacional: film de época, es una historia de amor trágico que se acerca al thriller y a lo sobrenatural que aparece en los límites de la realidad. Aquí un relojero decide internar a su esposa en una clínica frenopática, debido a un mal que padece pero del que nunca se clarifica demasiado. Todo está cargado de misterio en Dormir al sol, y bien ilustrado por la fotografía y la dirección de arte. No quiero cargar las tintas, pero la presencia de Esther Goris es uno de los lastres que debe cargar el film: sus líneas de diálogo parecen casi recitadas, arrastrando en la impostura a un buen actor como Luis Machín. De hecho, cuando su personaje pierde presencia, sobre la última media hora, Dormir al sol levanta, mostrándose más fluida y menos acartonada. Lo que demuestra el film, aún con sus aciertos parciales y su tono menor, es que la Argentina tiene una gran literatura sobre la cual fijarse si hay deseo de trabajar los géneros. Por ese lado podemos saludar la apuesta de Chomski, que luce tal vez como un buen capítulo de La dimensión desconocido. A lo mejor que no pase de la anécdota es su mayor problema. Mex Faliero


El día que no nací, de Florian Micoud Cossen / 6 puntos


Apuesta por el melodrama antes que por el apunte social y documental, logra controlar con mano germánica las emociones y ser un drama bastante acertado sobre la relación entre una joven que descubre que es hija de desaparecidos y su padre, el apropiador. Uno de los problemas de El día que no nací es su punto de partida. Bastante inverosímil, la forma en que la joven María (Jessica Schwarz) llega a Buenos Aires y su padre es obligado a viajar a la Argentina, es muy forzado y poco creíble. Sin embargo, el director Florian Micoud Cossen pasa rápidamente de esto y sigue a María en su búsqueda: su relación con un policía (Rafael Ferro), su acercamiento a la familia de sus padres biológicos que desaparecieron a comienzos de la década del ochenta: lugar para que aparezcan también los argentinos Beatriz Spelzini y Carlos Portaluppi. Es claro también que El día que no nací padece de la mirada extranjera sobre el tema, con la evidente superficialidad al respecto (que ni se mencionen a Madres o Abuelas o que nadie pida un ADN es bastante sospechoso). Pero si uno logra alejarse de eso, lo más rico que tiene para ofrecer el film es la relación entre María y su padre. Allí define su suerte la película, manteniéndose a raya en cuestiones melodramáticas y sin desbordarse. Está claro que para algunos el final puede ser polémico, pero no deja de tener su cuota de veracidad y hasta coherencia, teniendo en cuenta la forma en que María indaga en su pasado. Mex Faliero


El invierno de los raros, de Rodrigo Guerrero / 4 puntos


Film que forma parte de esa movida actual de la provincia de Córdoba que también integra De caravana, vista recientemente en Mar del Plata. La película de Guerrero es una apuesta por los relatos corales, con Luis Machín y Lautaro Delgado como caras más conocidas, y la presencia de actrices cordobesas y caras desconocidas para el gran público. Varias historias que se entrecruzan en un pueblo del interior: el hombre solitario que sigue a una profesora de danza, la misma profesora que no encuentra el rumbo en su vida, una joven tímida e impulsiva noviando con un peón de campo y lidiando con su madre alcohólica, el peón y su vida algo abúlica en sus tareas campestres. Hay que decir que se observa en Guerrero un manejo de varios géneros y registros: si por un lado aborda la persecución sobre la profesora a la manera de un thriller, las tareas de campo son vistas con un sesgo casi documentalista y de observación, mientras que el vínculo entre la joven con problemas con su madre y otra muchacha solitaria que anda por allí adquiere los tiempos de cierto nuevo cine argentino. El problema de El invierno de los raros es que todas estas películas que andan dando vuelta en su interior no logran hacer una sola película realmente interesante. De repente, sobre el final, Guerrero entrecruza las historias con interesantes movimientos de cámara en una fiesta de club barrial, pero hasta ahí -hasta lo formal- llegan sus aciertos. El invierno de los raros está hecha de muchos de esos lugares comunes que hoy ya se le comienzan a notar a cierto cine independiente, más allá de ser por cierto una propuesta bastante aburrida y desapasionada en varios de sus muchos minutos. Mex Faliero


Hombres en la ciudad, de Simon Verhoeven / 4 puntos


Esta película tiene todos los clichés de las comedias dramáticas denominadas “corales”. Un grupo de hombres que comparten el mismo gimnasio irán mostrándonos sus historias de vida, algunas ligadas entre si y otros que en algún momento tendrán algún contacto indirectamente. Infidelidades, amores que desencadenan violencia, algunos que generan confusión (la historia del cantante y el productor) que juega de forma banal con la temática de la homosexualidad, intentos de abortos fallidos y reivindicaciones de pareja que querrán tener el hijo no deseado, porque se puede salir adelante. Todo esto tendrá en alguno de los casos un in crecento en el que el destino les mostrará su peor cara (accidente de tránsito en el que se atropella a la mujer embarazada), que recuerda a ese cine pretencioso estilo Crash, para terminar redimiendo a todos los personajes de la forma más trivial, que cualquier telenovela hubiera resulto con mayor ingenio. Gabriel Piquet


Johan, Primero, de Johan Kramer / 8 puntos


Un personaje singular: Johan tiene una cábala que sigue con fruición: dar vueltas al estadio del Barcelona en su viejo Citroen pintado con los colores de la camiseta azulgrana, para darle aliento al equipo del que su padre era hincha y que le ha quedado como herencia. Y un film particular: el director Johan Kramer cuenta esto con una estética de la repetición y de lo circular, ya que el protagonista tendrá cuatro o cinco puntos específicos en los que siempre se detenga e interactúe con otros personajes. Tour de force formal e interpretativo, el film casi nunca sale de ese Citroen al igual que su personaje. José Luis Adserías presta su voluminosa figura para construir a Johan, regordete y conflictuado hincha barcelonés, que no puede tomar distancia de su fanatismo inoculado a partir de la figura paterna. Lo interesante es que tanto el actor como el director nunca explotan burdamente la simpatía que rodea todo el proyecto, sino que se valen de la construcción entomológica de universos (con precisos diálogos descubrimos el mundo de Johan como el de los que lo rodean) y de la emoción real que surge de saberse parte de una pasión, de que esa pasión es parte de una herencia y que eso construye una identidad. Sumamente emotiva, funciona mejor si se tiene una pasión deportiva. Una pequeña gran película. Mex Faliero


Juntos para siempre, de Pablo Solarz / 6 puntos


Javier Gross es un guionista obsesivo, desconectado de lo que lo rodea. Es así que prefiere resolver los problemas escondiendo o sacando fuera de su vista los objetos o personas que puedan enfrentarlo a ellos. Ya sea sacando a la calle el sillón en el cual su mujer confiesa haber tenido relaciones con otro hombre o no atendiendo el teléfono ni dejando entrar a su casa a su propia madre. Lo cierto es que esta obsesionado por «la» idea y su egoísmo personal, son las causas de su fracaso personal en orden a sus afectos. Comedia con reminiscencias en el cine de Woody Allen y a ciertas tendencias de la llamada nueva comedia americana, Juntos para siempre no logra consolidar en su metraje completo lo interesante de los veinte minutos iniciales. Estructurada en base a diálogos ingeniosos, la solidez dramática se ve afectada por efecto de esta elección. Sobre el crecimiento de los personajes o una articulación rítmica consistente, la decisión de encadenar ideas atractivas y momentos brillantes, termina por afectar la narración, más cercana a las comedias de situaciones que a la comedia cinematográfica. Esto no implica que Juntos para siempre no sea entretenida. En absoluto. Sostenida especialmente por la lograda actuación de Menahem, la película tiene más allá de su muy buen comienzo, momentos realmente hilarantes y algunas ideas sumamente atractivas. Pero la reiteración y cierta tendencia a explicar demasiadas cuestiones con diálogos algo impostados, van en contra de la concreción de aquello que promete al comienzo. Siendo las actuaciones muy intensas -aún cuando se puede juzgar a Busnelli y Peña como algo sobreactuadas- Solarz parece no haber encontrado el modo de inscribir a Lucía, interpretada por Malena Solda, en el mismo registro que al resto de los personajes. De este modo, muchas cuestiones que pueden plantearse alrededor de lo ciertamente patológico de la relación entre ambos, se pierde por parecer personas de mundos completamente diversos, aún cuando, dada la prolongada relación amorosa que los vincula, no lo son en absoluto. Daniel Cholakian


La guerra por otros medios, de Cristian Jaure y Emilio Cartoy Días / 3 puntos


Antes de referirme a La guerra por otros medios, quiero decir que respeto a Emilio Cartoy Díaz, tal vez el primero en jugar con el material de archivo para demostrar que nadie resiste a tal ejercicio. Si bien su estilo puede ser tildado de televisivo, hay intensidad y coherencia en su obra como para apreciarlo. El asunto es que La guerra por otros medios tira por la borda todo esto: centrado en varios movimientos aborígenes latinoamericanos que comienzan a tener conexión con los medios, con el fin de descubrir un punto de vista que hasta el momento estaba silenciado. Los casos son en Bolivia, Brasil y el sur argentino, con una comunidad mapuche. Lo positivo del asunto es ver cómo las culturas pueden coexistir, a pesar de los pruritos de los más conservadores: ver a un grupo de indígenas brasileños rodeando una notebook y controlando por Google su territorio es casi un hecho fantástico normalizado por la mirada documental. El primer problema de La guerra por otros medios es el del espíritu bien pensante: por un lado, cree que un nativo con una cámara puede ir limando siglos de inequidades; por otro lado, cree en la bondad per se de las herramientas utilizadas. Pero el mayor inconveniente es su progresiva vinculación con la Ley de Medios argentina, y la suposición de que como aquellas herramientas estamos ante algo demasiado lineal. La guerra por otros medios termina con fuegos artificiales, con la celebración K de aquella ley sin mostrar una cuota de ambigüedad. Para los realizadores Cristian Jaure y Cartoy Díaz es lo mismo un aborigen registrando con su cámara su realidad, que la Ley de Medios: y todos sabemos que hay intereses y consecuencias diferentes. No cuestionarse esto es ser parte de un éxito parcial. Acaso me gustaría saber qué piensan los indios de Formosa, apaleados por un gobierno provincial afín al Gobierno nacional, sobre el lugar que se les brinda. Curiosa la postura acrítica para alguien como Cartoy Díaz. Mex Faliero


La isla interior, de Dunia Ayaso y Félix Sabroso / 7 puntos


Coral, Martín y Gracia son tres hermanos que intentarán sobrellevar el duro momento de tener a su padre internado por intento de suicidio. Con los antecedentes de esquizofrenia de este, los hijos y su madre tratan de negar la posibilidad de que ellos también sean herederos de la enfermedad de su papá. La película comenzará a mostrarnos cómo es la vida de cada uno de los hermanos y cómo tratan de ocultar algo evidente (en mayor o menor grado están a punto de estallar). Los directores le ponen una tensión a cada una de las historias (la actuación de los tres hermanos es convincente y no cae en lugares comunes). Sólo Geraldine Chaplin parece un poco forzada en algunas escenas (pero tiene que ver más con su pronunciación y no con su actuación). A medida que la película avanza y se sabe más de cada uno de los personajes, la sensación de insanía es mayor, la virtud del film radica en no desbarrancar al llegar a un final que se ve venir. Gabriel Piquet


La vida empieza hoy, de Laura Maña / 6 puntos


Premisa más que interesante la que toma la directora Laura Maña, el sexo en la tercera edad. Un grupo de adultos mayores se juntan una vez por semana para aprender a mantener activa su vida sexual, la mayoría superan los 70 años. Conoceremos cada una de las historias que relacionan a este grupo en su vidas diarias (viuda malhumorada y negativa, mujer que convive con su hija mayor y desea que se vaya vivir sola o con un hombre, señor que engaña a su mujer quien intentará reconquistarlo mediante técnicas sexuales alternativas). La película cae en algunos tópicos transitados, como los ancianos queribles y buena onda (abuelo que le cuenta anécdotas a su nieto) y también en el chiste fácil o de trazo grueso, pero logra jugársela y ser más explícita (a la hora de mostrar desnudos u acciones de sexo entre los viejos) que otras películas que tocan el tema, como por ejemplo Chicas de calendario. Gabriel Piquet


Líbano, de Samuel Maoz / 7 puntos


Contar la guerra desde la desesperación y el horror de la crueldad y el sin sentido que representa, es parte, en general, de lo mejor del cine. Si nos ajustamos a observar la mayor parte de la representación de los episodios bélicos en el cine, incontrastablemente la mayoría de las películas remite al heroísmo, a la epopeya, a la división del mundo en buenos y malos. En un segundo escalón, estadísticamente hablando, podríamos encontrar a las películas que cuentan el dolor de la guerra, pero desde una perspectiva nacional, como si unos fueran los sufrientes y otros quienes los someten al martirio. Líbano se encuentra en una categoría distinta. En esta película se relata el horror desde un punto de vista bien definido, el de cuatro soldados israelíes que desde dentro de un tanque ingresan al Líbano en junio de 1982, al comienzo de la invasión israelí en ese país. El mundo es el adentro del tanque, donde cuatro hombres conviven y hacen lo que pueden con ese lugar de la historia en el que han sido depositados y el afuera, al que se accede sólo por la mira del tanque y una radio que trasmite las órdenes de quienes comandan la operación. El espectador conoce tanto como ellos y ve el mundo desde el mismo modo, y «sufre» las mismas limitaciones físicas. El espanto, el encierro, la impotencia, el abandono. La guerra como un juego absurdo comandado a distancia por quienes están lejos del terreno y además no parecen tener, siquiera, una estrategia para evitar las muertes de civiles y militares, tanto propias como ajenas. Se podrían ejercer reparos en la lectura sobre la responsabilidad individual de los diferentes actores. El director se encarga de exculpar a todos de los crímenes y los desastres. Sólo la mano invisible del comando a distancia es responsable. Es cierto que esta cuestión, la responsabilidad individual en la participación de los ciudadanos/soldados es en los crímenes atroces cometidos por el estado de Israel, es una discusión pendiente para la mayoría de los realizadores (exceptuando al genial Avi Mograbi). Sin embargo esta observación no afecta la potencia cinematográfica de esta película de Samuel Maoz. Daniel Cholakian


Mujeres al poder, de Francois Ozon / 7 puntos


El ecléctico Ozon vuelve a dar un giro en su carrera, aunque esta vez a un lugar que ya conoce: el universo femenino artificial desde la puesta en escena de 8 mujeres. Adaptando el clásico del teatro francés, Potiche, y con una Catherine Deneuve evidentemente en uno de esos personajes que le sientan muy bien, el director francés construye un relato que ambientado a fines de la década del 70 hace referencias evidentes sobre el presente, y el presente en relación con el poder, la política y el rol de la mujer. Los mejores pasajes de Mujeres al poder están en su primera parte, cuando casualmente lo teatral se hace evidente, jugando al vodevil con mucho ritmo y una estética que sin vergüenza pasa de la comedia de enredos al musical. Lamentablemente el director no logra sostener el ritmo -ni el concepto- y además su declaración de principios feminista se le convierte un poco en panfleto. Así y todo cuenta con notables actuaciones, y el film tiene la bastante corrosividad como para, en el marco de la comedia mainstream francesa, marcar distancia con ese cine tonto y avinagrado como Bienvenidos al país de la locura o Por fin viuda. Mex Faliero


Salvaje, de Jean Francois Amiguet / 7 puntos


Una joven que junto a su perro rottweiler (se llama Narco) vagabundean por la ciudad es metida presa, y avisada de que será la última vez que quede en libertad, sale de la cárcel. Sin importarle mucho, se mete en una casa activando una alarma al tratar de robar un huevo de Faberge. Junto a su perro en un camión emprenderán su huida a las montañas intentando pasar la frontera. Un ermitaño que vive en el lugar matara a Narco (el perro de la joven) y la confundirá con alguien de su familia. A partir de ahí comenzará una relación entre ambos (nunca se llega a la amistad, aunque la joven lo termina queriendo). Una película muy simple, contada a la manera del cine clásico norteamericano, que no es pretenciosa y cumple con todo lo que promete. Gabriel Piquet


Taxiphone: el mektoub, de Mohammed Soudani / 3 puntos


Una pareja de suizos viaja en un camión por el desierto de Argelia, rumbo a Tombuctu. En medio de la nada, su vehículo se rompe y deberán detenerse en un pequeño pueblo. Oliver, el joven suizo, tratará de arreglar el camión, pero esto tardará más de lo previsto. Elena, la joven, ante esta situación y viendo que su novio sólo piensa en eso, comenzará a relacionarse con la gente del lugar. Todo esto tiene como nexo común un locutorio telefónico, por donde pasan casi todos los días Oliver y Elena. La película nos muestra cómo la relación de una pareja se va agotando a partir de la espera en un lugar diferente al que ellos viven y en donde empiezan a conocer otra idiosincrasia. Todo esto mostrado con una mirada demasiado colorista del lugar. Los lugareños son personas en su mayoría amables, la suiza se enamora del joven que atiende el locutorio y se hace amiga de una mujer que tiene a su marido en Italia ayudándola hacer interlocutora ya que ella sabe italiano. El suizo no puede conseguir una parte rota del camión y conoce a un ex integrante de la legión extranjera que tiene un depósito de autos chatarra (ermitaño que terminará haciéndose amigo). Todo parece muy forzado, como en una película for export en la que el espectador dice: “mirá cómo viven en esos lugares”. La historia de amor entre el joven del locutorio y la suiza no es fuerte, no funciona y el personaje del joven suizo, que comienza con fuerza, se desvanece y termina en la nada con una anécdota tonta. Gabriel Piquet


Un año más, de Mike Leigh / 7 puntos


El film está contado en capítulos y su título lo dice todo, al menos su título original: Another year. Es decir, no habrá grandes eventos en esta película más que los que aporte la vida misma, más aún en la vida de un matrimonio (Ruth Sheen y Jim Broadbent) algo hippie tardío, algo burgués, algo de izquierdas, y muy encantador y sin problemas. Los conflictos los traerá el entorno, especialmente una amiga de la mujer, interpretada por Lesley Manville. Los capítulos a los que nos referíamos son las estaciones del año, en orden. Y si Leigh decide comenzar con la primavera, todos sabemos que el final será con el invierno. Por eso, un título ideal para una futura crítica del film sería “Hay que pasar el invierno”. Es curioso, porque en buena parte de los 129 minutos de Un año más (los que pasan de la primavera al otoño) Leigh filma la comedia neurótica británica que hasta acá Woody Allen no pudo filmar. El director acierta en el tono de comedia ligera que insufla en esa primera parte y se vale de un grupo de actores que están notables, aunque claro que nadie podrá con Broadbent que a esta altura es uno de los mejores actores ingleses de la actualidad. El tipo compone con sutileza, sin trazos grueso, un padre de familia que bajo otro cristal podría ser irritante en su bonhomía. Sin embargo su Tom es un tipo afable, buen amigo, sensible, mejor hermano y gran esposo que, además, es un notable cocinero. Y ahí parte del encanto de, al menos, las dos últimas películas de Leigh: tanto en La felicidad trae suerte como aquí, se centra en personajes felices, completos, positivos, sin problemas. Y el atractivo pasa por ver cómo impacta ese mundo con el entorno. Se podría decir que en más de hora y media Un año más es feliz y radiante. Pero sobre el final, en su último acto, la presencia de la muerte enturbia algo los resultados, especialmente a partir de cierta tendencia de Leigh a regodearse un poco en el patetismo de algunos de sus personajes o, ahí sí, de construir personajes muy marcados, casi caricaturas, y en los que las actuaciones tensas (¿acaso no fue quien nos hizo conocer a Brenda Blethyn?) profundizan esa tendencia excesiva a castigarlos y reducirlos a personitas insignificantes. Eso pasa aquí con Mary, la amiga, o con el sobrino de Tom. Es en esos momentos en los que uno duda sobre si Leigh sólo cuenta o también le interesa bajar línea. Parte de la ambigüedad de su cine a la que nos tiene acostumbrados. Mex Faliero

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