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Carroceros

Título original: Idem
Origen: Argentina
Dirección: Denise Urfeig, Mariano Frigerio
Guión: Denise Urfeig, Mariano Frigerio
Testimonios: Antonio Gasalla, Luis Brandoni, Enrique Pinti, Lidia Catalano, Mónica Villa, Betiana Blum, Andrea Tenuta, Cecilia Rosetto, Diana Frey, Matías Altamore, Marcos Pérez
Fotografía: Pablo Parra
Montaje: Natasha Valerga
Música: Adrián Guzman
Duración: 74 minutos
Año: 2021


7 puntos


IMÁGENES PAGANAS

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

Por mal que nos pese a muchos críticos que un poco que despreciamos Esperando la carroza, sin dudas que la película de Alejandro Doria se ha convertido con el paso del tiempo en un fenómeno social enorme. Tal vez la única película argentina capaz de convertirse en cita recurrente, en diálogos que se repiten y se usan en situaciones diversas, o en memes (esa forma fascinante del humor contemporáneo) que ilustran ocurrencias sobre diferentes temas. De hecho, ni siquiera tiene uno que haberla visto para usar esas frases. Por persistencia en la memoria colectiva, Esperando la carroza es sin dudas la gran película argentina. Negarlo sería necio y es noble hacerlo aún sin encontrarle méritos cinematográficos: un film televisivo, gritón, exacerbado en su grotesco, repleto de sobreactuaciones, que refuerza constantemente ese mal de nuestro cine de querer decir “cómo somos los argentinos”, pero que es a su vez un fenómeno de culto impensado. Seguramente hemos escuchado a mucha gente repetir aquello de “tres empanadas” o “yo hago ravioles, ella hace ravioles”, pero tal vez nunca imaginamos el nivel de influencia de la película. Para conocer a ese universo de fanáticos llegó Carroceros, este documental de Denise Urfeig y Mariano Frigerio.

Lejos de la exposición indulgente de fanáticos o de la mirada distante, Carroceros (que es como se llaman a sí mismo los entusiastas del film de Doria) se presenta desde el vamos con una necesaria honestidad: Frigerio, el director, es uno de los tantos fanáticos de Esperando la carroza, pero de un fanatismo que asume en un nivel más bajo del de muchos de los personajes con los que se cruzará. Eso lo lleva no solo a emocionarse con lo que va descubriendo, sino también a sorprenderse (hay una fanpage de Facebook con medio millón de fanáticos, entre otros hitos). Entonces el viaje que emprende el director es el mismo que emprende el espectador, lo que vuelve a la película una suerte de viaje de descubrimiento y pertenencia. Para el fanático de Esperando la carroza será un viaje a un universo que le pertenece, repleto de pares que repiten diálogos aprendidos de memoria en horas y horas de ver la película. Para el que viene de afuera, será un viaje que permita acercarse a algo ajeno pero que no deja de tener una ligazón enorme con el cine, al menos con el cine como lo entienden quienes lo piensan desde un lugar menos intelectual y más cercano a lo popular: más allá de que el objeto del culto pueda desagradarnos, hay una forma de conexión emocional que se replica y es la misma, se trate de la obra que se trate. Ahí Carroceros logra volverse universal.

El documental de Urfeig y Frigerio tiene su inteligencia narrativa. En primera instancias nos muestra el objeto de culto, dialoga desde la imagen con los planos del film de Doria y registra tres décadas después ese universo donde se rodó. De ese diálogo, pasa al diálogo con los vecinos y con el elenco, quienes de alguna forma protagonizaron dentro y fuera de la pantalla aquel éxito: alguna vecina cuenta que muchos de los elementos que se ven en la película se los prestó ella a la producción. Y el diálogo final es con los fanáticos, que comienza con el trivial paseo por las muestras de pertenencia en redes sociales, pero que abre una puerta cuando comienza a darles cara a esas personas. La producción montó un casting de “carroceros”, donde algunos cuentan que ven la película hasta dos veces por día (tampoco uno sabe cuánto está dispuesto el fanático a exagerar su fanatismo; ese es un valor también dentro de estos universos), otros que son capaces de recitar diálogos de memoria, niños que han recibido la herencia de Esperando la carroza como un mandato familiar, y hasta un tour turístico que lleva de la plaza hasta la casa principal de la película, recorriendo los principales sets de rodaje. Carroceros asume ahí el carácter religioso con el que todo fanático se relaciona con su objeto de culto, a la vez que lleva lo sagrado hacia el terreno de lo profano; esa procesión que marcha hacia el santuario, que es aquella casa a la que no pueden ingresar (porque la dueña, comprensiblemente, quiere proteger su intimidad), y donde nos llegan imágenes paganas, casi ritos vampíricos de gentes disfrazadas como sus héroes de la ficción, repitiendo poses y diálogos.

Carroceros entonces tiene un logro mayor: no solo que exhibe con cariño un tipo de fanatismo que podría ser motivo de burla, sino que vuelve más interesante a su objeto de estudio, aquella película al palo que por obra y gracia de la magia del cine se volvió la mayor referencia cinéfila de una nación.

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