Por Rodrigo Seijas
Tuve oportunidad de leer una nota de Juan Pablo Russo en Escribiendo Cine titulada El Festival de las Tres Fronteras vs. el cine que según dicen «nadie ve», sobre el cual me permito realizar algunas reflexiones:
1) Russo arranca el artículo hablando de una “campaña en contra del cine argentino” que apela, entre otras cosas, a “cifras arbitrarias”. Por eso me llama la atención que luego hable de que fueron 9.500 espectadores, lo que, según él mismo dice, representaría casi un 20% de la población en una ciudad de 50 mil habitantes. En primer lugar, la gacetilla de premiación y cierre del festival afirmaba que eran 8 mil, aunque quizás esas eran cifras preliminares. En segundo lugar, y más importante, cualquiera que cubra festivales sabe que en esos eventos espectadores no es lo mismo que entradas vendidas. Para que quede más claro: difícilmente (a menos que la organización vendiera a los asistentes una entrada válida para todas las películas, todos los días) hayan ido 9.500 personas, porque la inmensa mayoría suele ir a más de una función, algo que –teniendo en cuenta las diversas crónicas que leí, como las escritas por Daniel Cholakian- sucedió también en el Tres Fronteras. Si se va a criticar la arbitrariedad de los que Russo describe como “los agoreros de siempre”, no se puede ser arbitrario con datos como estos, que en verdad, a pesar de su jerarquía, sólo sirven para analizar una pequeña parte de la importancia e impacto de un festival como el de Tres Fronteras. Sacar este tipo de conclusiones facilistas no le hace bien al Tres Fronteras, ni hacia afuera –en la comunicación de sus logros- ni hacia adentro –en la evaluación de las distintas variables que hacen a la organización-, y hasta puede servirle en bandeja un contraargumento a esos agoreros de los que se habla.
2) Una parte inmensa de su artículo Russo lo dedica a hablar de esos “agoreros”, a los cuales nunca identifica realmente, aunque se preocupa por señalar que nunca “en su vida viajaron a ver qué pasa en el interior de la Argentina”, “no saben que exista algo más allá del Village Recoleta o Cinemark Palermo” o “menosprecian lo popular, lo masivo, todo aquello que no sea parte de la élite a la que ellos creen pertenecer”. Da para preguntarse quiénes son los “agoreros”, porque Russo jamás hace distinciones y mete a todos los que critican algo en la misma bolsa, o incluso cuál es el sentido de gastar tanta pólvora en gente aparentemente tan elitista, que siempre se equivoca en sus pronósticos y nunca cruzó la General Paz. La verdad que a esta altura del partido no le veo el sentido a este diálogo de sordos y tampoco estoy de acuerdo con “que la discusión sea cómo mejoramos lo que conseguimos”. Prefiero hablar, pensar y analizar en primera instancia qué es lo que se consiguió y también qué es lo que se perdió, en que se avanzó, en qué se retrocedió y en qué estamos igual que en décadas pasadas. Y luego hablar, pensar y analizar qué se debe mejorar, pero también corregir o continuar, involucrando en esa reflexión a las 160 películas de las cuales habla Russo, teniendo en cuenta que el proceso de un film se completa a través de la recepción por parte de un público. Ese diálogo, vale tenerlo en cuenta, no va a ser necesariamente armonioso: siempre va a haber en diferentes posiciones gente dispuesta a tirar con montañas de estiércol, lo cual en cierto modo es lógico y forma parte del proceso democrático. Todos los procesos políticos, en diferentes niveles, deben atravesarlo y antes que la queja lastimosa o el revanchismo, me parece mucho más productivo la construcción de argumentos sólidos y pertinentes.
3) Lo cual nos lleva nuevamente al Tres Fronteras, en el cual, según mi perspectiva –enhebrada, tengo que hacerme cargo, desde mi cómoda silla en mi departamento del porteño barrio de Boedo-, se debe apuntar a seguir consolidando un perfil propio, tarea más que ardua, porque implica poder establecer un diálogo con otras visiones, sin resignar una propia, pero tampoco encerrándose. Como todos los festivales del Interior, corre el riesgo de ser invadido por la mirada paternalista porteña, cayendo en la misma trampa que el Festival de Mar del Plata, que se terminó convirtiendo en el festival de Buenos Aires que se hace en Mar del Plata. Conseguir un posicionamiento autónomo es una tarea ardua, que requiere un trabajo de varios años y un Estado comprometido, que eluda la perspectiva turística a favor de la cultural. Ese proceso la prensa debe seguirlo con paciencia, sin voluntad destructiva, pero tampoco complacencia. Ahora, la presencia del festival también delata una ausencia, que es la de un cine en Puerto Iguazú. Esa ausencia puede ser pensada inicialmente como una carencia, pero es mejor –más productivo- pensarla como una oportunidad. La ciudad se merece ese cine y que ese cine –que puede ser vehículo para muchas actividades más aparte de la exhibición de películas- sea apenas una parte de las políticas culturales de Estado. Hay mucho potencial en Puerto Iguazú, pero esa potencialidad sólo puede ser explotada si el debate es sincero y coherente. Incluso aunque lo que se diga ofenda. Al fin y al cabo, nunca es triste la verdad.


Querido Rodrigo, pensé mucho antes de escribir este comentario si debía hacerlo públicamente o si debía hacerlo de manera privada. Incluso ahora mismo no sé si sirve para algo hacerlo.
Pero me parece que esta nota no solo es inútilmente agresiva, sino muestra una soberbia de tu parte que cada día es más inocultable. Pero además -y esto es lo que más me duele- un desprecio por mi trabajo en tanto colaborador que cubrió largamente el festival para el sitio. Me parece que hubiera sido pertinente que antes de escribir esta nota me consultaras sobre las cifras, las percepciones de quienes estuvimos allí, lo que ocurrió con el público, que se habló respecto de la posibilidad de instalar una sala o no y demás circunstancias que Juan Pablo en su nota no mencionó, pero que vos con una sorprendente capacidad de inducción, concluís. Tal vez si me hubieras consultado no hubieras escrito muchas cosas que escribiste.
A esta altura, está claro que este es mi último texto para Fancinema. Mientras escribo, siento un dolor profundo, pero entiendo que no puedo callar ni la apreciación profesional ni el sentimiento personal como colaborador del sitio que siente el destrato de quien dirige el mismo. Vos y yo sabemos además, que muchas veces por privado te hice llegar mis críticas a el modo en el que estás escribiendo de un tiempo a esta parte. De modo que mi respuesta a tu nota y mi decisión no pueden sorprenderte.
En primer lugar haces un cálculo poco demostrativo para desacreditar lo que escribió Juan Pablo. El porcentaje teórico de espectadores / población carece de todo carácter explicativo. Pero además de incurrir en un error conceptual, lo haces en un error “de muestreo”. Si bien puede considerarse que Puerto Iguazú tiene una población de 50000 habitantes, el departamento tiene cerca de 90000. El área de influencia cercana a la ciudad, 70000. Yo mismo conversé con jóvenes venidos de ciudades cercanas -50 kms y más- que iban y venían en el colectivo cada día a ver las películas. Llegaban a las 20 y se iban a la 1 de la mañana. Había también turistas, Puerto Iguazú recibe más o menos 5000 turistas nuevos por día, y visitantes de las vecinas Foz de Iguazú (1 millón de habitantes) y ciudad del Este (1,5 millones de habitantes). Con lo cual tu cálculo supuestamente estricto considera la variable poblacional de un modo erróneo.
Pero luego de hacer un “no análisis” de las cifras erróneas, sacas de allí conclusiones y agredís a un colega sin ningún sentido. Cuando Juan Pablo habla de los agoreros de siempre, está claro para cualquier que conoce el medio de quienes habla. Podríamos mencionar, para hablar de algunos que lo hacen públicamente de personas como Pablo Sirvén o Javier Porta Fouz, para mencionar solo a un par de colegas que sustentan a partir de miradas sesgadas sobre las cifras, críticas severas a las políticas públicas en relación con el cine. Me parece una tontería de tu parte pedir nombres y proponerte en fiscal de esa referencia tácita, que está lejos de ser ausencia de sujetos referenciados. Pero haces de esta mirada eje de tu crítica a la nota de Juan Pablo que es mucho más interesante que eso. Uno de los méritos de la nota de Juan Pablo es justamente, proponer un análisis cualitativo además del tradicional y más que necesario cuantitativo.
Pero también, para continuar con tu primer párrafo, te diré que las cifras pueden explicarse. En la jornada inaugural hubo entre 1500 y 2000 personas en el anfiteatro Ramón Ayala para presenciar la proyección de “Relatos salvajes”. En el resto de las jornadas, podríamos calcular alrededor de 1000 a 1200 personas en las 6 funciones diarias. Esto son cálculos de quien estuvo en cada una de las jornadas presente en el lugar. En algunas oportunidades, y está registrado en una de mis crónicas, las 270 butacas que tenían las salas no eran suficientes y los espectadores miramos las películas sentados en el piso. Esto justifica pensar que la cantidad de espectadores en las 7 jornadas hayan estado entre 8500 y 9500. Es cierto que Juan Pablo escribe de un modo que puede confundir por momentos la idea de espectador y de habitante, pero me parece un dato totalmente menor en el debate que él propone. Te diré más, si consideramos a quienes asistieron a los talleres y quienes iban al predio y no entraban a ver las películas, te aseguro que las personas que pasaron por allí suman algún millar adicional. Hubiera sido bueno que me preguntaras sobre esto para tener un panorama directo de quien fue a Iguazú en representación de Fancinema. Salvo que para vos no sea importante lo que haya visto alguien que forma del sitio por tantos años.
Incurrís en la agresión a un colega para decir que vos no estás de acuerdo “con ‘que la discusión sea cómo mejoramos lo que conseguimos’ y que preferís “hablar, pensar y analizar en primera instancia qué es lo que se consiguió y también qué es lo que se perdió, en que se avanzó, en qué se retrocedió y en qué estamos igual que en décadas pasadas”. Es incomprensible la estrategia de agredir a un colega para decir que te gustaría hacer a vos en lugar de hacer lo que te gustaría hacer a vos. Escribí lo que vos queres escribir de una vez por todas y que sea tu nota el eje de futuros debates. Por otra parte, como ignoras lo que pasó en Puerto Iguazú, supones que no hubo discusión a propósito de las miradas sobre el cine, sobre las políticas actuales y sobre la concepción de la crítica.
En el tercer punto haces un análisis tan inapropiado, tan alejado de lo que efectivamente constituyó la esencia del trabajo de los organizadores, que no solo demuestra desde dónde escribís, sino la soberbia con la que lo haces. Alejado de cualquier festival de superestructura concebido bajo la marca de la replicación de los festivales INCAA, Tres fronteras fue un festival caminado hasta el extremo, para llegar a cada uno de los habitantes de la región. Yo personalmente fui testigo de cómo su productora y su director artístico hicieron 600 kms en un día, para presentar el festival en puntos distantes de la región ante 10, 15 personas, cómo se reunieron con cada colegio, con cada maestro de Iguazú y como se reunieron con los sindicatos de la ciudad, como organizaron funciones llevando realizadores y actores a conversar con el pueblo construyendo un proceso de instalación del festival y fundamentalmente del cine en cada rincón del departamento. Eso lo diferencia de la mayoría de los festivales del interior. Hablas de que corren el riesgo de perder identidad como el festival de Mar del Plata, que no es comparable ni en proyecto ni en dimensión a ninguno de los casi cien festivales que se hacen fuera de la ciudad de Buenos Aires. Por lo tanto tal comparación, tal suposición de que “como todos los festivales del Interior, corre el riesgo de ser invadido por la mirada paternalista porteña” carece de todo fundamento. ¿En qué sustentas, más allá de tus suposiciones, para afirmarte en tal sospecha?
A todo esto ¿cuántos festivales del interior conoces? ¿En cuántos participaste en los últimos 5 años? ¿De cuántos participas intensamente incluso estando en Buenos Aires?
Finalmente hablas de la falta de cine en Iguazú y de la necesidad de las políticas públicas. Puedo decirte que al enterarse de lo que estaba pasando en relación con la respuesta popular en Iguazú, un alto funcionario del INCAA viajó a la ciudad y en un día se hizo el relevamiento de posibles sitios para instalar una sala de cine. Puedo dar cuenta de cuántos fueron los lugares que se consideraron aptos y que el trabajo de pensar dónde instalarlo se inició aceleradamente. Incluso se debatía, apenas cerrada la primera edición, si aun con una sala en la ciudad el festival se haría en las carpas para conservar esa marca identitaria. Pero antes de preguntar al enviado de Fancinema sobre lo que hay y no hay o lo que se hace y no, escribiste sin saber de que hablabas.
Como vos decís, nunca es triste la verdad.
Saludos, Daniel.