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El precio del mañana

Título original: In time
Origen: EE.UU.
Director: Andrew Niccol
Guión: Andrew Niccol
Reparto: Cillian Murphy, Justin Timberlake, Amanda Seyfried, Shyloh Oostwald, Johnny Galecki, Colin McGurk, Olivia Wilde, Will Harris, Michael William Freeman
Fotografía: Roger Deakins
Montaje: Zach Staenberg
Música: Craig Armstrong
Duración: 109 minutos
Año: 2011


6 puntos


Una baratija

Por Mex Faliero

Andrew Niccol es un tipo interesante, incluso mucho más que las películas que termina dirigiendo. A ver, fue guionista de The Truman Show y La terminal, dos propuestas que tenían a sus protagonistas encerrados en un espacio, consciente o inconscientemente, presos de diversas burocracias y absurdos. Y esta mirada sobre el mundo, se fusiona en aquellas películas que sí dirige Niccol, con la ciencia ficción, las distopías y cierta amargura generalizada, especialmente Gattaca y esta, El precio del mañana. Simone es una variación sobre esto (aunque permanece la especulación científica) y El señor de la guerra, tal vez su film diferente, también tenía a un protagonista encerrado por límites especiales, en este caso el mundo del tráfico de armas y las propias encerronas morales a las que el propio personaje se rendía. Que encontremos todos estos elementos en su filmografía, no quiere decir que Niccol sea un director a tener en cuenta. Heredero de la peor escuela del cine hecho por guionistas, la ideas de Niccol sólo resultan agradables de ver cuando las toma un Spielberg o un Weir. Por el contrario, sus películas son como chiches ingeniosos, que una vez que se ponen a andar demuestran que tras la cáscara de la premisa, no hay nada. O no mucho más, como ocurre en El precio del mañana, que no obstante resulta su mejor film a la fecha.

En el futuro que imagina El precio del mañana (bueno, nunca se nos dice qué año es, pero eso que se ve no se parece a nuestro presente. ¿O sí?) la gente envejece hasta los 25 años y, desde ahí, permanece igual físicamente, aunque con el apremio de saber que le queda un año de vida y que un reloj colocado en su brazo muestra la cuenta regresiva. Esto tiene una cosa a favor en el caso del personaje de Justin Timberlake: que su madre sea Olivia Wilde, pero una Olivia Wilde con la misma edad que tiene ahora (lo incestuoso que se puede poner el asunto es un subtexto interesante, pero que nunca se explota más allá de ciertas sugerencias). Pero tiene muchísimas en contra, como se imagina. Timberlake es un obrero que vive al día, es decir, con poco menos de 24 horas de vida, las cuales prolonga a partir de la retribución por su trabajo. La trampa del sistema es que metódicamente los costos en los barrios bajos se encarecen, y por eso la gente no puede vivir mucho tiempo. Hay dos sociedades: las ricas y exitosas, y las pobres que son, a la postre, las que sostienen los modos de producción. Will Salas (Timberlake) recibe la donación de un siglo de vida de un aristócrata depresivo y fatalista, que luego de pasarle todo su tiempo se termina suicidando. Llegado a los barrios altos, Salas comienza a ser perseguido por la muerte del aristócrata y el secuestro de la hija de un multimillonario.

El precio del mañana transita sobre dos carriles: uno, el de su propia especulación con la lógica interna que el relato necesita; otro, el del thriller y sus constantes referencias cinéfilas que le dan un marco de contención, si se quiere, desde donde abordar su reflexión sobre el tiempo, el trabajo, la relación entre el dinero y el poder. Hay que decir que lo primero, funciona a medias: Niccol tiene una idea (que tampoco es tan novedosa o creativa, vea, porque lo que termina haciendo es cambiar dinero por tiempo, y no es más que otro thriller convencional), aunque es un poco más fluido que aquel experimento marmóreo de Gattaca y el film se permite un humor menos canchero que el de El señor de la guerra, que se pasaba de piola. Transitada su primera media hora (lo más interesante), El precio del mañana se convierte en una de gato y ratón, sin mayor virtuosismo, ni desde la temática ni desde el tratamiento de las relaciones entre los personajes: hay algo curioso en la violencia del personaje de Amanda Seyfried, deudora de la alta alcurnia a la que pertenece, y cierta nobleza del policía que interpreta Cillian Murphy, aunque todo no termina siendo más que algo de diseño, bien vinculable con el cine de guionista que ejecuta Niccol. En el territorio del thriller, El precio del mañana ofrece algo más: sin dudas, lo más atractivo es ese aire a lo James Bond que se desprende en la escena dentro de la mansión del malvado, con partida de póker incluida y presentación del protagonista con un “Salas, Will Salas”. Esa mirada decadente sobre los sectores de poder, aquí ultra tecnologizados, es atractiva porque permite tanto una mirada sobre el mundo actual pero además sobre el cine y el agotamiento de determinadas estéticas: esos momentos son mejores sátira al mundo Bond que las dos películas de Johnny English, por ejemplo, porque ya no importa tanto la parodia como el poner en crisis el modelo original.

Lamentablemente hace poco vi por primera vez Cuando el destino nos alcance, un film de 1973 dirigido por Richard Fleischer y con Charlton Heston. Obra deudora de su tiempo, es una distopía amarga sobre un mundo en el que los alimentos escasean y lo que se consume es una especie de galletita hecha por una multinacional: lo fulminante -y atención que vienen los spoilers- es que esas galletitas están hechas de humanos y el que descubre el secreto, termina muriendo. Es imposible no ver a El precio del mañana, y a buena parte de las películas escritas por Niccol, como un temario que busca regresar a ese cine distópico de los setentas, donde el ser humano se veía enfrentado a un destino sin escapatoria. Sin embargo, de aquel Bond decadente que hablábamos antes, el director salta a una especie de Bonnie y Clyde mezclado con Robin Hood: matamos y robamos, pero para dárselo a los pobres. Ese final chapucero no sólo desluce algunas de las buenas cosas que había mostrado hasta allí el film, sino que al igual que con las películas de los 70’s, es también deudora de su tiempo, el hoy: una época políticamente correcta, donde la idea de un horizonte oscuro no se cruza por la mente de nadie, y el cine debe vender buenondismo canchero y bien ilustrado. Una pena.

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