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El verdugo (1963)



PEQUEÑAS DELICIAS DE LA CLASE MEDIA

Por Nicolás Pratto

(@Malditavocal)

Hace un tiempo me absorbió la curiosidad sobré de qué se ríe la gente en otros países, también como una suerte de ejercicio para conocer otro cine más allá del made in Hollywood. Empecé en Italia, aquellas comedias de Dino Risi con Vittorio Gassman, donde la gente grita, gesticula en demasía y hace mucho calor. Continuando mi viaje, hice escala en España donde me encontré a un director que había escuchado mencionar pero que no había visto: Luis García Berlanga.

El cine europeo de los 50’s y 60’s comparte el contexto post Segunda Guerra Mundial. A pesar de que el exterior muestre vestigios del horror, escombros, edificios desnudos, los protagonistas de este período exhiben un rejuvenecer ante hacerse la vida frente a un continente en construcción. El caso de España es particular porque a pesar sobrevivir a la Guerra Civil y mundial, no podían descorchar mucho porque Franco seguía en el poder.

Frente a este panorama, Berlanga apela a la comedia, ese arma de la que carecen los dictadores, apuntando a historias de pueblos, comunidades donde Madrid queda lejos y sus habitantes esperan una recompensa u oportunidad ante una vida de sacrificio. Ejemplos como Los jueves milagro, Plácido o Bienvenido Mr. Marshall, donde el mundo del director español pareciera una pensión o vecindario con sus diversos personajes, señoras chismosas, gente de doble moralidad, amores, deseos y una constante como la presencia de la Iglesia. Ya en los 60’s, Berlanga se acercaría a las urbes, siguiendo a una España que se abría ligeramente al mundo y sus habitantes pasaban de los campos y pueblos, a las ciudades. Un ejemplo de lo mencionado es El verdugo de 1963.

José Luis es un empleado de funeraria cuya novia es hija de un verdugo profesional a punto de jubilarse. El deseo de José Luis es de continuar su vida en Alemania como mecánico, desligándose de tal labor macabra, pero la llegada de un hijo le hará cambiar sus planes. Sobre todo, cuando su suegro se jubile y para obtener un departamento del Estado, debe casarse y nada más y menos que aceptar el manto de verdugo como empleado público.

En esta película vemos a dos generaciones como la del protagonista con el deseo intacto de formar una familia, pero a su vez de vacacionar y disfrutar, y la del anciano suegro (interpretado por el genial Pepe Isbert) que acepta su profesión pese a la mirada pública acusadora, cuyo consuelo reside en morir, al menos, bajo un techo propio. “La muerte y los impuestos” o en este caso, la muerte y la burocracia representada en una gran escena donde el protagonista deberá anotarse en una lista de espera de verdugos. O cuando se casa y la Iglesia, al no haber pagado el evento completo, en medio de la ceremonia le quita las alfombras, no hay música, apagan velas, haciendo un despacho de la unión de Dios, comentario que nunca se le ha escapado al director.

El verdugo es alegre y a la vez oscura, como José Luis que disfruta los menesteres de ingresar a la clase media pero que al final de la película debe ejercer su profesión, encontrándose más afligido que el condenado a ejecutar. Destacar la increíble fotografía -y esto no es chamuyo- del italiano Tonino Delli Colli, director de fotografía de casi toda la obra de Pasolini. ¿Alguna vez pensaste una gran fotografía en la comedia? Las hay y muchas.

A pesar de que Plácido sea de 1961, Berlanga iniciaba acá los 60’s, acompañando la evolución de la clase media con sus logros y desgracias. Esquivando y padeciendo la censura, pero manteniendo intacto ese espíritu de reírse de la desgracia propia.


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