Funcinema

MAR DEL PLATA 2021: Mini-Críticas de Funcinema

Un clásico de cada festival, el recorrido veloz del staff por la programación. Un surfeo de la 36ª edición, para saber qué ver y qué no ver. También vale debatir. (71 reseñas publicadas).


9, de Martín Barrenechea y Nicolás Branca / 7 puntos


Un joven jugador de fútbol uruguayo tiene un incidente durante un partido de su selección contra la colombiana. Ese hecho lo obligara a aislarse con su padre en un barrio privado. Vamos a ver muchos lugares comunes en esta película, quizás por el hecho que en Sudamérica el fútbol es un equivalente a lo que en otros países sería el cine o el rock. Los jugadores y su entorno son tan famosos, que muchas de las cosas que vemos en esta película sucedieron o pensamos que sucedieron. Toda la primera parte es la presentación de esas situaciones que imaginamos dentro del entorno de una estrella joven del fútbol, los amigos aprovechándose del éxito, fiestas, una especie de coach/abogado que le maneja la imagen, un preparador físico que tiene que lidiar contra un amigo de la familia que en vez de controlar su dieta alimentaria lo engorda, y la figura que acompañará al protagonista durante toda la película, su padre. Una especie de manager que siempre se altera, interpretado por Rafael Spregelburd, que aparte de estar muy bien en su papel, puede comenzar a pelear un lugar en ese olimpo de las puteadas que encabeza Federico Luppi. La segunda parte tiene la aparición del personaje de Sofía Lara, que lleva a la estrella de fútbol (Enzo Bogrincic) a descubrir el mundo, sacándolo involuntariamente de la opresión que ejerce el padre. A medida que el film avanza, se va de toda esa primera parte que tenemos más identificada o creemos tener, y se transforma en una pequeña historia de amor. Hay que agradecer los momentos de comedia, están muy bien, como la secuencia en la que van a firmar con los chinos en un gran ejercicio de puesta en escena. Gabriel Piquet


Album para la juventud, de Malena Solarz / 4 puntos


Entre la vacuidad narrativa del film asoma una película con un trabajo de actores sólido, técnicamente irreprochable y con una frescura innegable. Pero es difícil justificar su gestación como largometraje. Uno tiene la impresión de que hay aquí un cortometraje valioso, con un fundido emotivo para cerrar el arco de cada historia, pero es el germen de una obra y apenas eso. Como largometraje la evolución de los personajes es llana y la cámara de Solarz recorre sus vidas, conmovidas por el paso a la universidad, con una mirada omnisciente que se extiende no solo a nuestros protagonistas Pedro y Sol, sino también a sus amistades y familiares (en particular el hermano de Pedro). Este árbol de personajes no tiene siempre el mismo relieve para extender sus historias y quedan apenas esbozados como anécdotas, perdidos entre situaciones cotidianas, chatas. No hay nada que indique por qué algunos relatos tienen más peso que otros, en particular porque las vidas de Pedro y Sol también rayan lo anecdótico. No hay tensión, evolución narrativa o puntos de giro y una propuesta así, tan dispersa, se hubiera beneficiado de un envase más corto. Así queda la impresión de un montón de nada. Cristian Ariel Mangini


All light, everywhere, de Theo Anthony / 6 puntos


Hay una larga tradición de documentales que exploran las vinculaciones entre tecnología y vigilancia, pero lo que destaca a la película de Anthony es la posibilidad de trazar un paralelo con todos aquellos inventos revolucionarios de fines del Siglo XIX que conforman la arqueología del cine y que fueron manipulados para fines bélicos y control policial. De modo tal que la opción “disparar” atribuida a los dispositivos, encuentra su otro sentido en formas actuales de represión: “disparar” balas o pistolas Taser. Pero más allá de lo anterior, los múltiples registros enunciativos vuelven sobre cuestiones estructurales en torno a cómo vemos y qué ponemos en juego a la hora de leer imágenes. El punto de partida es el ojo humano; el puente intermedio, cualquier dispositivo óptico a lo largo del tiempo; el horizonte de llegada, la unión hombre/máquina. Si en la década del veinte Dziga Vertov con El hombre con la cámara construía un manifiesto fascinante sobre el registro cinematográfico, fundando en el asombro, en el Siglo XXI, sofisticados mecanismos fusionan el cuerpo con máquinas imperceptibles y objetivos perversos. Este es uno de los tantos temas abordados en una estructura frenética, de saltos continuos que no dan respiro, pero que dejan entrever una dinámica de poder desigual, la de los desaforados ejecutivos, excitados por las posibilidades del mercado de la vigilancia, y la de los negros de Baltimore, utilizados como conejillos de laboratorio (en un momento, un representante de una empresa se reúne con ellos porque quiere colocar cámaras adicionales en su vecindario, supuestamente para disminuir el delito). Música y voz le otorgan al documental una atmósfera particular que, en algunos casos, puede ayudar para acompañar los conceptos, pero en otros para provocar un sueñito. Guillermo Colantonio


A night of knowing nothing, Payal Kapadia / 8 puntos


Una de las primeras sensaciones que deja esta ópera prima de Kapadia es una mezcla de melancolía e impotencia. Construido en base a las cartas de una tal L, estudiante de cine ficticia, el género epistolar nos acerca a su intimidad mientras el archivo de imágenes documentadas elabora un relato paralelo. Lo que en sus inicios parece una telenovela epistolar que muestra las dificultades de la relación entre L y un hombre de una casta superior, pronto se bifurca a problemáticas sociales más profundas que raspan la actualidad india. El film se transforma en un poderoso mosaico social y político que conecta la historia romántica con el castismo que padecen los estudiantes, el avance de la extrema derecha a través del BJP -partido que gobierna actualmente-, la segregación racial y la escalada de violencia. Entre el amargo relato ficticio y el documento de imágenes que se tornan cada vez más oscuras -el registro del ataque a estudiantes y linchamientos no son una obra de ficción- el film construye una unidad dolorosa y reflexiva que sin embargo no pierde su espíritu de resistencia. El grano en la imagen y la banda sonora intimista complementan el notable trabajo de edición de Kapadia, haciendo de ficción y realidad un espejo que se desdibuja lentamente. Cristian Ariel Mangini


Atlas, de Guadalupe Gaona e Ignacio Masllorens / 8 puntos


Este documental cuenta la llegada al país en 1899 del neurobiólogo alemán Christofredo Jakob, que trabajó en el hospital Nacional de Alienadas, actual Hospital Neuropsiquiátrico Braulio A. Moyano. En 1913 publicó el Atlas del cerebro de los mamíferos de la República Argentina, junto con Clemente Onelli, director del Jardín Zoológico de Buenos Aires. En un ala abandonada del Hospital Moyano descubrimos fotos, legajos de los pacientes, animales disecados, cabezas en alcohol, todo esto parece la escenografía del laboratorio de algún científico poco cuerdo de una viaja película de terror. Con estos elementos los realizadores van haciendo paralelismos con esa época y la actualidad; van desmenuzando la vida del científico, sus aportes a la ciencia y su legado. Lo más impresionante es cómo un tema tan complejo como el estudio del cerebro, se vuelve ameno, sin caer en lo didáctico. Hay momentos densos, como la escena de las fotos en las que se nos describen supuestas patologías de las mujeres que eran tratadas, algunas felices otras en estado de enajenación (los rostros borrosos o sonrientes de las enfermeras dan miedo). Todas las caras que parecen anónimas nos llevan a pensar qué historias habrá en ellas y cómo terminaron. Otro de los aciertos de los realizadores, los pequeños toques de humor que acercan al documental al universo de Néstor Frenkel, como la escena del trabajador del zoológico que le cuenta a un grupo de niños anécdotas de fantasmas o un elefante que mató a piedrazos una paloma. Muchas veces se dice que para hacer un buen documental no solo tenés que tener una buena historia, sino un buen personaje. Acá no hay uno, hay dos. Son el eje del film, cuentan la historia del científico. Son su nieta y su bisnieta (madre e hija). Los momentos en los que aparecen son sublimes, lo que dicen es interesante pero más aún esa la relación que tienen y cómo queda plasmada en la entrevista. Gabriel Piquet


Aurora, de Paz Fábrega / 6 puntos


Una arquitecta que dicta un taller comunitario de dibujo crea un vínculo con una joven de 17 años que intenta ocultar su embarazo. La película de Fábrega está construida de buenos momentos, principalmente los que nos muestran a las dos mujeres (a la arquitecta y la joven) pasar por doctores, abogados y padres adoptivos. Ese camino es una construcción creíble de lo complejo que puede ser para una adolescente tomar decisiones sin tener ayuda de su entorno familiar. El personaje de Rebeca Woodbridge (la arquitecta) genera algunos clichés, la emprendedora de clase media, solitaria, que ayuda a la joven de clase baja. Lo más inverosímil es cómo logra ocultar tanto tiempo la joven su embarazo a los padres, para terminar siendo descubierta por la madre en una situación demasiado fortuita. La actuación de Raquel Villalobos (Yuliana) es muy natural, sobresalen las escenas en las que es entrevistada por la abogada o cuando visita la casa de los padres adoptivos. Gabriel Piquet


Azor, de Andreas Fontana / 6 puntos


Yvan De Wiel, un banquero privado de Ginebra, viaja a Argentina en plena dictadura para sustituir a su socio, extrañamente desaparecido. Desde su llegada se convertirá progresivamente en un personaje que bien podría pertenecer a Kafka. Observará con sigilo y temor creciente la siniestra estructura de poder con la que debe negociar: militares, familias ricas, curas y unos cuantos brutos más en un país oscuro. Y un banquero afligido no es algo que, en principio dé pena, pero hay que decir que uno acompaña el desmoronamiento emocional de un tipo que transita un laberinto sin saber cuál será la puerta por donde le clavarán la puñalada. Porque si hay algo que sugiere bien la película es que el terror de Estado, además de llevarse puesta a una generación, también limpió a los propios o a aquellos que ocupaban lugares sociales jerárquicos, incluidos extranjeros. Pero más allá de la cuestión política, Azor forma parte del conjunto de varias ficciones recientes (entre ellas La larga noche de Francisco Sanctis, de Francisco Márquez y Andrea Testa, con la cual comparte la misma estética de colores apagados) que parten del marco de la última dictadura para trabajar atmósferas y moldes genéricos. En este caso, siempre es más importante el derrotero agobiante del protagonista que profundizar sobre el contexto, generalmente sugerido con detalles y líneas de diálogos que contribuyen a su armado, por momentos, un tanto empaquetado. En todo caso, prevalecen los gestos del banquero y de su mujer, perdidos en una red de contactos perversos. Dos cuestiones se podrían pensar en torno a cómo se resiente el proyecto. La primera, el oportunismo de la época escogida (un clisé del cine argentino) en pos de un objetivo que funcionaría igual en otro marco; la segunda, la carencia de una resolución acorde con el resto de la historia. Guillermo Colantonio


Bob Cuspe: Nós não gostamos de gente, de César Cabral / 6 puntos


Angeli es uno de los dibujantes y humoristas gráficos más importantes de Brasil. Su arte es revulsivo y provocador, aunque en su mirada brutal y salvaje hay una reflexión muy sensible y melancólica sobre un mundo que se resiste a desaparecer, como el viejo punk de Bob Cuspe, que sigue luchando contra el pop que todo lo devora. Esta película es una suerte de documental animado en stop motion que progresivamente va enlazándose con la ficción hasta perder el sentido de las fronteras. Los límites, que parece no tener Angeli (disfruta de hacer chistes sobre perros que mueren; disfruta sobre todo de las reacciones), se borronean porque en definitiva de lo que intenta hablar Cabral es del arte creativo, de la instancia del autor y de la relación con su obra, de cuánto le pertenece, cuánto es propio y cuánto lo trasciende. Entonces al típico registro de la entrevista (que aquí es representada con maquetas y marionetas) se suma una trama paralela con los personajes de Angeli intentando encontrar a su creador, tomando las páginas del cómic como una suerte de escritura sagrada que indica su destino (hay algo de Charlie Kaufman en todo este asunto). No se puede negar que la película sea creativa, tampoco que se apropie del estilo casi anarquista de su autor con notable precisión. El problema es que a veces todo eso redunda en un amontonamiento de ideas que no son necesariamente graciosas o se ahogan en un existencialismo algo misantrópico. De todos modos es una película que se puede disfrutar por su diseño y la notable utilización del recuerdo animado, siempre inagotable. Mex Faliero


Bulky Trash-Spermull, de Helke Misselwitz / 8 puntos


La historia comienza con la entrevista a los cuatro integrantes de Spermull, una banda de actitud punk que utiliza una batería, bidones y otros elementos desechados para realizar percusión. El documental se centra en Enrico, uno de los integrantes, quien decide quedarse en su casa de Berlín Este cuando su madre Erika y hermanos van a vivir a la casa de su nuevo marido que vive en Berlín Oeste. Todo esto ocurre en un periodo que comienza en junio de 1989 y abarca hasta las elecciones que se hicieron en Alemania en 1990, donde se votaba por la unificación. El trabajo de Misselwitz es muy interesante porque utiliza a la banda como una excusa para mostrar todo el clima de tensión de esos meses en donde cayó el muro de Berlín. La mirada de los jóvenes del Este, su desconfianza con respecto a convivir con esa Alemania del oeste que muchos de sus compatriotas idealizan. La otra mirada interesante es la de Erika, la madre del joven, quien en su tercer matrimonio enfrenta una nueva vida, en el medio deja a su hijo sin saber los rápidos cambios que se avecinan. Hay un momento del documental en donde Misselwitz le pregunta a la madre sobre sus relaciones pasadas y por qué fallaron. Se descubre que Erika era golpeada y eso es interesante porque muestra la mirada femenina en este trabajo de la realizadora, quien no subraya el momento pero lo expone aunque Erika esté algo tímida al contarlo. En un momento vemos a Enrico haciendo el trayecto por el puesto de control que dividía Berlín luego de que se eliminaa la frontera. Todavía está latente esa sensación de opresión cuando el policía encargado del control le pregunta si trae dinero, mientras demuestra que no le gusta que lo filmen. Esta película es un registro de época que con los años sigue teniendo la misma fuerza que cuando se filmó. Gabriel Piquet


Camila saldrá esta noche, de Inés Barrionuevo / 5 puntos


Camila se muda con su madre y su hermana, se va de La Plata y llega a Capital Federal. Nueva casa, la de su abuela que está internada, nuevo colegio, religioso y estricto con respecto a ideologías de todo tipo y nuevos compañeros/amigos. La película tiene el problema que muchos títulos actuales suelen tener, el anteponer un tema o varios por sobre la historia. La carga ideológica de la película hace que en cada diálogo se quiera decir algo importante, llevando todo al terreno de lo subrayado. Nunca se descansa en la narración, los personajes parecen solemnes todo el tiempo, todos quieren opinar sobre temas relevantes, como en la escena que entran al edificio las dos hermanas y la menor le está hablando de racismo. Los estereotipos que representan cada uno de los jóvenes no hacen ruido, es algo que el cine tiende a hacer en muchas películas. El problema es lo artificial de algunos textos que parecen frases sacadas de panfletos. La escena más libre de la película, es el despertar sexual de Camila con otra joven; está bien filmada y la excusa de cubrirse con un plástico mientras tienen sexo porque la abuela de Camila no quiere que le usen la cama, le da credibilidad. Destacar la actuación de Nina Dziembrowski, una actriz a tener en cuenta. Gabriel Piquet


Carajita, de Silvina Schnicer y Ulises Porra / 7 puntos


Los dos mundos que confluyen en la película, el de una empleada doméstica llamada Yarisa y la familia para la que trabaja, son irreconciliables. A diferencia de otras películas que dibujan la fantasía de las bondades de clase, aquí, para que se confirme la tesis naturalista de que no existe salida con este asunto, solo hay que esperar. Y también prestar atención a cómo las cosas se intentan tapar con plata o de qué modo la generosidad se disfraza en sentencias como “come algo Yarisa, en esta casa hay muchas sobras”. Mientras tanto, un vínculo parece erigirse más allá de todo y su principal fundamento es el afecto como un sustituto. Dos mujeres lo han construido a partir de carencias: la niñera no ha logrado resolver los conflictos con su hija biológica y Sara, la adolescente en el presente de esta historia, no encuentra en sus padres ni su hermano una razón para ser feliz, y menos un abrazo. No obstante, el destino juega sus cartas y la revelación de que en un mundo desigual una relación así es ficticia, será inevitable. Estamos en República Dominicana, pero ningún paisaje oficiará como postal para apaciguar el conflicto, a veces subrayado en demasía, a veces, disperso en algunos planos un tanto efectistas y sostenidos por efectos innecesarios. Un camino entre los dos mundos, el de los rituales ancestrales y de los burgueses, es el escenario donde confluyen los misterios, incluidos un grupo de chivos en una noche lluviosa. Con escenas de alta intensidad emocional y algunos reproches incluidos, asoma un punto de vista en el abordaje de la cuestión, sobre todo en dos momentos claves donde las mujeres piden que las miren y se pongan en el lugar del otro. No obstante, la fuerza visual de Carajita es un estímulo suficiente más allá de lo discursivo. Guillermo Colantonio


Chango, la luz descubre, de Alejandra Martín y Paola Rizzi / 7 puntos


-Félix Monti es un nombre repetido en los créditos del cine nacional, es el director de fotografía más requerido y una leyenda dentro de la industria cinematográfica argentina. Su carrera arranca en el período del cine clásico y se extiende hasta nuestros días, donde con más de 80 años sigue trabajando y en actividad constante. Como dice en un pasaje del documental que lo homenajea, no puede estar más de un mes sin tener contacto con las luces, las herramientas de trabajo, ese aire de equipo que se respira en un rodaje. Pero además Monti tiene una virtud, es dueño de una bonhomía propia de otra época; su hablar pausado y su andar cauto lo vuelven una rareza dentro de un mundo que parece ser todo vértigo. El documental de Martín y Rizzi, también directoras de fotografía, tiene la virtud de ser como el “Chango” -el apodo que todos repiten como un mantra y que se han apropiado-: simple en apariencia pero complejo en su interior. La película recurre tanto al busto parlante en la entrevista con el protagonista, como a la observación en rodajes y en puestas teatrales donde se lo ve atento, circunspecto, pero siempre predispuesto al trabajo y al diálogo con el otro. En esa mixtura, surge el detalle más interesante: para ver cómo es Monti en acción se eligen dos producciones, una es la película Mamá se fue de viaje de Ariel Winograd  y la otra una puesta de La farsa de los ausentes dirigida por Pompeyo Audivert. Es decir, una película mainstream y una obra de autor. Ese vaivén, ese balance entre un mundo y otro sintetiza la idea del laburante, del que orgullosamente forma parte de una industria y que sabe que su trabajo puede enriquecer cualquier área. Chango, la luz descubre es entonces un orgulloso documental sobre el mundo del trabajo y sus laburantes. Félix Monti es tal vez el más grande de todos dentro del cine nacional. Mex Faliero


Danubio, de Agustina Perez Rial / 7 puntos


Con un minucioso trabajo de archivo, la directora construye un documental sobre las tensiones políticas que se suscitaban en el Festival de Cine de Mar del Plata a finales de los ‘60. Lo hace desde el relato de una joven inmigrante rusa que es parte de una sociedad llamada Danubio, una organización constituida por inmigrantes eslavos identificada con el Partido Comunista. Entre el relato testimonial de la joven se filtran no solo las tensiones intrapartidarias en las agrupaciones de izquierda, sino también una descripción del contraste entre la fastuosidad de esos primeros festivales y la ardua organización de los movimientos sociales. El paisaje urbano de la ciudad costera en los ‘60 ofrece algunas viñetas no solo del festival sino también de la vida en sus calles, incluso remarcando una problemática que más de 50 años después no ha sido resuelta: el tránsito. Del cruce entre el festival, la policía y la sociedad, Danubio resulta un documento atrapante que ilumina rincones desconocidos de este evento cinematográfico. Cristian Ariel Mangini


Dark light voyage, de Tin Dirdamal / 5 puntos


En esta propuesta un padre y su hija de 8 años recorren el paisaje urbano de Vietnam en tren, una travesía que tiene un oscuro correlato cuando surja el recuerdo de un viejo amigo. El film juega con el contraste asincrónico entre imágenes y relato, buscando texturas entre las reflexiones cada vez más profundas y el arribo a destino tras 1700 kilómetros. El mexicano Dirdamal experimenta con las sensaciones que despierta este relato con interlocutores a los que no observamos y un registro visual que se adentra en un territorio azotado por las cicatrices de la guerra. El paralelismo con el relato de un asesinato le da al film, desde la voz de la niña, un tono enrarecido, alienante. Donde este tono comienza a quebrar su propia estructura es cuando las reflexiones existenciales de la joven Eva Cardena suenan forzadas, fuera de lugar, aisladas en un relato donde su dulzura nos conecta a la oscuridad que cuenta su padre, la voz del director y protagonista. Pero cuando traiciona la edad de la propia protagonista, por su profundidad y madurez, nos queda cuestionar la conveniencia con que maneja sus diálogos. Más allá de sus méritos, esto resquebraja la estructura de Dark light voyage. Cristian Ariel Mangini


De todas las cosas que se han de saber, de Sofía Velázquez Núñez / 6 puntos


El peruano Cesar Vallejo fue uno de los poetas más importantes e influyentes del Siglo XX, abrazando en primera instancia el modernismo y luego la vanguardia literaria. Su tarea lo hace una de las figuras más importantes de las letras latinoamericanas y en De todas las cosas que se han de saber Velázquez Núñez se aproxima a su figura desde su lugar de origen: Santiago de Cucho. Pero no es un documental biográfico sino que a través de las calles de este pueblo se va descubriendo a sus habitantes y la impronta que la vida del poeta ha dejado allí. Es un documental cálido que hace del territorio una geografía de su obra a través de voces como la de Elder, un chico que se hizo famoso recitando los poemas de memoria y que años después es músico. Los testimonios dan lugar al afecto que los habitantes de Santiago de Cucho tienen por la obra del poeta, así como una búsqueda de los personajes y rincones que poblaron su obra. Sus 90 minutos pueden pesarle pero en el cariño de la mirada de la directora se propone un relato claro para perderse en sus anécdotas. Cristian Ariel Mangini


Drive my car, de Ryüsuke Hamaguchi / 8 puntos


Una gran adaptación es la que logra Hamaguchi del cuento homónimo de Murakami, incluido en su libro Hombres sin mujeres. Y esto no tiene que ver con cuestiones de fidelidad, sino con tomar elementos del relato y potenciarlos en un universo aparte, el de la pantalla cinematográfica. Durante este viaje de tres horas (nobleza obliga: le sobra una en el medio) se cuenta la historia de un actor y director teatral, Yusufe Kafuku, que, tras la muerte de su mujer, acepta realizar un montaje de Tío Vania en un festival en Hiroshima. Y allí conoce a Misaki, la conductora que le asignan y con la que empieza a mantener largas conversaciones en el coche. Uno de los ejes que atraviesa a los personajes es la dinámica propia del teatro (arte enfatizado de modo permanente en la ficción, una especie de herencia de las películas de Jaques Rivette), a saber, actuar/simular, ser, ¿dónde empieza cada intención y cuándo finaliza? Se refuerza esto con la condición actoral de los protagonistas, dispuestos a confundir los términos, a jugar si tomamos la doble acepción de play. “Todos actuamos, entonces”. Los personajes de Murakami hacen honor a la sentencia de que nadie parece ser quien es a simple vista, pero Hamaguchi envuelve esta cuestión en hermosos pasajes de ensoñación, tristeza y soledad. Pero si todo fuera solamente una sumatoria de conceptos, estaríamos en problemas. Si hay algo que destaca a Drive my car es un flujo poético, hipnótico, que no hace falta racionalizar demasiado. Solo alcanza con entregarse a sus luces, a sus colores de melancolía y dejarse llevar por el viaje. Guillermo Colantonio


El cielo está rojo, de Francina Carbonell / 8 puntos


Dos bandos de presos supuestamente tomaron alcohol obtenido ilegalmente, se comenzaron a pelear por disputas de territorio y todo terminó en un incendio. Esta fue una de las peores catástrofes carcelarias de la historia de Chile. El acceso al material que utilizan en el juicio realizado a varios de los guardiacárceles muestra, a través de las cámaras de vigilancia, audios y la reconstrucción de los hechos por parte de los involucrados (presos que sobrevivieron, guardiacárceles y bomberos), qu´w fue lo que sucedió. El documental tiene un trabajo de montaje muy bueno, el sonido y los silencios están usados para generar más tensión. Toda la reconstrucción tiene grandes momentos, hay un guardiacárcel que está totalmente incómodo cuando le preguntan si escuchaba gritos de algunos de los presos, lo niega, pero al ver la distancia entre donde estaba él y las ventanas por donde salía el fuego, no parece muy creíble. Hay dos audios en los que queda expuesto lo negligente de varias instituciones. La llamada a los bomberos pidiendo ayuda, con una espera amenizada por música mientras vuelve atender la operadora, y el llamado al hospital más cercano a la cárcel en donde el encargado de la guardia no entiende muy bien lo que pasa. Hay otro momento elocuente en un audio. Tardan mucho en llamar a los bomberos y después solo tienen una llave para acceder al epicentro del incendio. Pero cuando un guardiacárcel pide ayuda porque los familiares de los presos se están poniendo violentos afuera de la cárcel, mandan enseguida refuerzos para calmar los ánimos. Murieron 81 personas, el estado de hacinamiento sigue hasta hoy, aunque se intente enmascarar un poco la situación. Gabriel Piquet


Eles transportan a morte, de Samuel Delgado y Helena Girón / 5 puntos


Por un lado, los tres condenados a muerte que saltan de uno de los barcos de Colón y buscan refugio en una isla, cargando un botín y un secreto. Por el otro, una mujer que lleva sobre un burro el cadáver de su hermana, que se suicidó tirándose de un risco. Los primeros podrían ser el puntapié de una historia de aventuras, pero la película los ubica en una travesía más espiritual que física, dando vueltas sobre selvas y rocas que parecen ser siempre las mismas, agotados y perseguidos. El hilo narrativo que los une con la mujer es más bien débil, casi inexistente; lo que los emparenta es una época terrible para ambos, y el cometido del film pareciera ser el de poner en relieve esa situación. La explotación de los hombres que partieron obligados al Nuevo Mundo, la brutalidad ejercida sobre los habitantes de las Islas Canarias, y las consecuencias para las mujeres que quedaron atrás. Entendiendo que cualquier preciosismo atentaría contra las intenciones de la película, los directores encuadran los paisajes de la isla de manera tal que los espacios abiertos se sienten cerrados, incluso sofocantes. O quizás sea la idea de la muerte, que recubre todo. La contra surge cuando esa dirección cede hacia algunos de los vicios festivaleros por excelencia: la experimentación formal sin asidero, y la necesidad de estirar los tiempos hasta el hartazgo, como si en esa lentitud se encontrara la clave del prestigio, o la prueba irrefutable de una voz autoral. Un sopor que, sumado a un final desconfiado que explica con palabras, amenaza con derribar todo, aunque finalmente sea el impacto de los temas lo que se impone. Marcos Ojea


El otro Tom, de Rodrigo Plá y Laura Santullo / 5 puntos


Tal vez el tema que aborden Plá y Santullo sea más importante que la película que lo contiene. Estamos ante una estirada historia más de las tantas que circulan por un cine latinoamericano que trabaja cuestiones serias y bien vistas a nivel internacional, sobre todo si los personajes son inmigrantes y sufren mucho. Aquí, una madre llamada Elena debe lidiar con su hijo Tommy, que ha sido diagnosticado con Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad. Su padre está en otro lado y la ausencia se hace sentir. La plata no alcanza, los servicios sociales no ayudan demasiado y la mujer debe sumar horas para (sobre)vivir y atender las demandas del pequeño. El espiral de complicaciones incluye la obligación para que tome medicamentos, sin embargo, los efectos colaterales parecen ser más dañinos que la patología, hecho que obliga a Elena a enfrentarse a las autoridades médicas y a toda institución que atente contra el vínculo con su hijo. Los realizadores no hacen una épica de esto ni mucho menos, pero incurren en esa mirada extrañada, poco empática con los personajes, como si fueran entomólogos de aquello que registran, lo que genera un tono frío, distante y parsimonioso. Este acercamiento (yo lo llamo la “mirada Michael Myers”; quienes vieron Halloween sabrán entenderme) queda patente en una escena. Madre e hijo van en el auto. La cámara toma la parte delantera con la joven manejando, de repente, todo indica que el chiquito se ha arrojado. Lógicamente, su madre baja, pero la cámara no la sigue. Un lento travelling mantiene la atención en la parte (ahora) trasera del móvil mientras escuchamos los pedidos de auxilio. Es decir, el drama, la humanidad, queda fuera de campo. En su lugar, parece más importante la pose de la cámara, un gesto un tanto egocéntrico, como si la lente torciera el cogote a lo Michael Myers antes de liquidar a sus víctimas. Otro inconveniente es que, lejos de centrarse en un conflicto, se abren varias aristas, y en esta imperiosa necesidad de acumulación, la película se resiente, con varias lagunas y momentos donde el ritmo se pierde inevitablemente. No es una cuestión de velocidad, sino de dilatar arbitrariamente aquello que, de modo concentrado y con un acercamiento menos científico, hubiera arrojado un poco más de vida. El punto de vista en la construcción de “los otros” continúa siendo un lindo debate en torno a nuestro cine. Guillermo Colantonio


El perro que no calla, de Ana Katz / 6 puntos


La primera media hora de la sexta película de Ana Katz muestra lo mejor de su cine: un diálogo con gente afectada bajo la lluvia por el llanto de una perra, un joven que debe dejar su trabajo porque no puede dejar al animalito solo y una labor en medio de La Pampa como salida libre a tanto agobio de la ciudad. En todo este segmento, el humor en sordina, el extrañamiento y el absurdo gobiernan la escena de una película brillantemente fotografiada en blanco y negro. Hasta un plano se atreve a ponernos en la perspectiva de la perra. No obstante, una desgracia habilita otra dimensión en la historia, ya focalizada en el protagonista, Sebastián, un joven treintañero bastante similar a tantos que deambulan por la geografía de cierta tendencia vernácula en pantalla y sobre todo porteña. A partir de este momento, el relato se volverá deshilachado, con algunos pasajes interesantes, pero un tanto fuera de foco, como si hubiera una acumulación de fragmentos tendientes a resumir parte de una vida en pocos minutos. Acaso, el advenimiento de un mundo que se hace cada vez más problemático le impregne una cuota de tristeza a la película, un mundo sin trabajo, sin estabilidad emocional, donde todo parece transcurrir a la velocidad de un rayo. En este sentido, el montaje mismo trabaja a favor de suprimir los largos tiempos muertos que constituyen el destino de Sebastián para enterarnos de que la vida vuela mientras la transitamos como podemos. De todos modos, existe siempre una veta en Katz que (por fortuna) no abandona: el humor. En medio de la crisis descripta, todavía hay secuencias notables como la posibilidad de utilizar unos cascos para respirar, lo que hace que lo cotidiano ingrese en el terreno de lo fantástico, uno de los mejores recursos que ha utilizado la directora. Guillermo Colantonio


El poder del perro, de Jane Campion / 8 puntos


La relación entre dos hermanos que trabajan el ganado en la Estados Unidos rural de 1925 comienza a complicarse luego de que uno de ellos se casa con una viuda y la lleva, junto con su hijo, a la casa que habitan los dos. La última película de Campion trabaja el drama relacional con una sensibilidad notable, planteando un escenario de emociones complejas y personajes con luces y sombras. Se toma su tiempo para hacerlo, acosándolos en busca de una verdad oculta que se proyecte en sus rostros. Las virtudes que resultan de este estilo, sin embargo, tienen su reverso en cierto decaimiento del ritmo: es difícil no pensar que esta misma historia podría haberse contado aun quitando unos veinte minutos de duración. Su dedicación a estos ejercicios introspectivos es exclusiva, salvo en el final cuando la película da un vuelco importante e introduce cierto efectismo. Es interesante pensar la consecuencia de este cambio en cuanto a la relación narración-espectador: si hasta ese momento el relato se mantenía independiente, ocupándose de sí mismo y sin prestar atención a quien lo observa, de repente nos mira a la cara y nos guiña el ojo al tiempo que ejecuta un giro argumental que, en sí mismo, es más que interesante. La pregunta es si este cambio súbito en la actitud de la película se da en detrimento de su calidad: tal vez sería así si la trama emocional de los personajes no se hubiera planteado en los términos de un misterio a resolver. Pero no es el caso. El guion exige una respuesta final y esta es bastante satisfactoria. Franco Denápole


El viaje, de Fernando Solanas / 5 puntos


Esta es una película de su época. Sí, alguien me va a remarcar que todas las películas son, de alguna forma, productos de su época. Pero en el caso de El viaje la marca de realemas, sátira política y sátira social está tan impresa que define la identidad del film. Este aspecto del relato convive con una road movie a través de una América Latina paródica construida en el imaginario del padre del protagonista, Nicolás Nunca (Marc Berman). Son los primeros cuarenta minutos que construyen al personaje de Martín (Walter Quiroz), su iniciativa a emprender el viaje y la crítica a las instituciones educativas lo más interesante, en parte porque uno de los grandes problemas en el resto del metraje es la pérdida del punto de vista. Hay dos films en tensión y por momentos la construcción de esa Latinoamérica paródica subyuga a la travesía emocional de Martín. En el transcurso la puesta en escena onírica le da pinceladas cercanas al espíritu paródico de relatos archiconocidos como Los viajes de Gulliver, pero la propuesta se disuelve cuando olvida a sus personajes y se torna cada vez menos precisa. Sin duda hay en su germen un film que hace culto del paisaje latinoamericano como pocos, con planos inolvidables que sin embargo no terminan de adecuarse a la trama. Cristian Ariel Mangini


Espíritu sagrado, de Chema García Ibarra / 6 puntos


Cada cual pinta su aldea como quiere. García Ibarra se planta frente a su comunidad de Elche desde una distancia suficiente como para introducir una cuota de humor con recursos que no se fundan en el gag necesariamente. Hablamos de ironías, rupturas de expectativas y la suspensión de emociones dentro de una lógica de viñetas cuyo estatismo invitan a compartir el la fría mirada hacia los personajes, parte de un colectivo que incluye supersticiones, creencias en extraterrestres, prejuicios y algunas desgracias importantes. Un hecho de carácter policial en torno a la desaparición de una niña corre en paralelo a una logia dedicada a la ufología. Entre esos dos mundos está José Manuel, dueño de un bar y de un secreto. La exploración de ese universo matizado bajo la particular óptica del joven director puede parecer similar a ciertos gestos del cine de Aki Kaurismaki (en el mejor de los casos) o de algunas poses del indie norteamericano, sobre todo en el modo en que iguala a todas las criaturas desde una posición que no siempre resulta efectiva y cómoda, acusando cierto dejo despectivo por ese mundo que se va oscureciendo a medida que avanza la película. El registro bordea zonas que van desde la comedia absurda hasta la tragedia social, incluso con una impronta documental que se resiste a mover la cámara, porque es la frontalidad misma de cada plano la razón expresiva de un humor asordinado, además de los diálogos desopilantes de señoras espantadas “por la gente del Este que roba órganos” o de niñas que hablan de las “ventajas de ser minusválido”. Sin embargo, da la sensación de que el mecanismo se torna reiterativo y esto atenta contra la propuesta general (a esta altura, una sumatoria de sketches simpáticos). Guillermo Colantonio


Estrella roja, de Sofia Bordenave / 6 puntos


El recorrer la Rusia del 2017 sirve para generar un paralelismo con la de 1917. Narrado con una voz en off en inglés que nos cuenta sobre el científico y escritor Alexsandr Bogdanov y un grupo de artistas e intelectuales que fueron amigos del padre de la protagonista del relato. Bogdanov escribió Estrella roja en 1913, antes de la Revolución. La novela habla de un viaje a una Marte socialista, y toca el tema de la transfusiones de sangre (Bogdanov era hematólogo). La directora usa de forma inteligente todos los recuerdos que se van narrando y evita las imágenes de archivo (salvo al final, pero no tienen que ver con la Revolución). Las similitudes entre la Rusia de la época y la actual son pocas, salvo los abandonados y derruidos edificios que le sirven a dos jóvenes para poder buscar cosas (panfletos u otros elementos de la vieja URSS) y caminar por los techos mientras se filman con sus celulares. El documental habla de los recuerdos, de no olvidar la historia. Siempre está presente el enigmático planeta rojo, aunque sea solo por el nombre, como en el parque llamado Campo de Marte en San Petersburgo. Ahí cuenta cómo fue que se inició la Revolución de 1917 uno de los personajes más interesantes del documental, Katya. Ella remarca algo, la Revolución fue iniciada por un grupo de mujeres de una fábrica textil y no por una mano dura que controlaba las masas. Gabriel Piquet


Floating weeds, de Yasujiro Ozu / 8 puntos


Hacia el final de su carrera, Ozu filmó este remake de su propio film mudo de 1934, La historia de las hierbas flotantes. El argumento es el mismo. Komajuro, un viejo actor que dirige una compañía de teatro kabuki, llega a un remoto pueblo costero en medio de un verano caliente. Su intención es reencontrarse con su antiguo amor Oyoshi y su hijo ilegítimo Kiyoshi, quien cree que el actor es su tío. Por celos, la actual amante de Komajuro, Sumiko, planea una venganza. Para ello, convence a una joven actriz para que seduzca a Kiyoshi. Mientras tanto, la compañía se hunde económicamente luego de la desaparición del dueño del teatro. Los variados conflictos de la historia son conducidos por Ozu con mano maestra, alternando momentos cómicos con otros llenos de melancolía. No hay desbordes emocionales ni excesos melodramáticos. El riguroso estilo del director se impone sobre el material, permitiendo al espectador apreciar los ritmos de la vida cotidiana. Diego Menegazzi


Fortune favors lady Nikuko, de Ayumu Watanabe / 8 puntos


Como en ¿A quién ama Gilbert Grape? tenemos una madre obesa y un hijo (una hija en este caso) que vive ese vínculo con cierta incomodidad. La diferencia aquí es que la obesidad de Nikuko es un problema solo para los demás: ella vive su vida sin conflictos, más allá de una ingenuidad que la ha llevado por caminos sentimentales algo errantes. La de Watanabe es una historia de vínculos materno-filiales, que se desdobla en subtramas que atraviesan un amplio abanico de emociones (principalmente relacionados con los vínculos de la adolescencia, la amistad y el amor), pero que siempre se termina replegando sobre su conflicto principal: la redefinición de la relación entre Nikuko y Kikuko, su historia personal que incluirá un arriesgado giro hacia la última media hora que lleva este animé al terreno del melodrama. La animación es clave en Fortune favors lady Nikuko, ya que a través del estilo elegido para construir a los personajes se dirige el punto de vista del espectador y se pone en crisis su juicio. Si bien conviven varios registros, sobresale el diseño de Nikuko, un personaje naif y chillón que se distingue por su extroversión de la misma manera que sobresale Nikuko en ese pueblo costero donde se ambienta la historia. Esa exageración se contrapone con el estilo más lánguido de Kikuko, poniendo en imágenes el conflicto principal de la película. Mex Faliero


Gate of hell, de Teinosuke Kinugasa / 8 puntos


Este es uno de los films más notables de la era dorada del cine japonés, que en su momento ganó el Gran Premio en el Festival de Cannes y dos Oscars: Mejor Película Extranjera y Mejor Diseño de Vestuario. La trama transcurre en el Japón Feudal, en 1350. Durante un intento de golpe de estado, los guardias imperiales reclutan a Kesa, una dama de la corte, para hacerse pasar por la emperatriz y así permitir escapar a la familia real. Un valiente samurái llamado Moritoh acepta custodiar el carruaje y proteger a Kesa. Tras fracasar la rebelión, Moritoh le pide al emperador como recompensa que le permita casarse con ella. Este accede, ignorando que Kesa está casada con Wataru, un samurái de rango superior. Pero este hecho no detiene a Moritoh, quien está obsesionado con la belleza de Kesa y dispuesto a poseerla a cualquier costo. La historia terminará de manera trágica. Kinugasa construye un oscuro drama de resonancias shakespereanas, reflexionando sobre el amor, la lealtad, el deseo de dominación y el sacrificio. Un aspecto importante del film es la fotografía, que se destaca por una excepcional combinación de iluminación y uso de los colores. Diego Menegazzi


Hellbender, de Zelda Adams, Toby Poser y John Adams / 6 puntos


La película de la familia Adams ofrece muy buenas imágenes para tapas de discos y estampas de remera. También algunas canciones potentes. Su estética gótica a base de brujas, hechizos y signos demoníacos conforma un imaginario que cruza al cine con ese estilo musical de caras pintadas y muchos gritos. Es decir, lo primero que se advierte es la búsqueda de la conmoción con efectos (bien logrados, por cierto, sin presupuestos ruidosos). Luego hay una historia, la de una señora y su hija que viven en medio del bosque. La joven no tiene contacto con los humanos porque le han dicho que posee una enfermedad. Su vida se limita a tocar en una banda con su propia madre, quien ostenta poderes ancestrales y maléficos (hay un prólogo bizarro que da cuenta de ello). En una escapada, conocerá a una joven llamada Amber, que ocupa la pileta de natación de una casa con sus amigos. Esto le dará a Izzy un soplo de curiosidad y de deseo, suficientes como para intentar romper los lazos matriarcales y descubrir por sí misma los poderes que posee. De este modo, la “brujita” adolescente crecerá de golpe con ansias de explorar el mundo. La vuelta de tuerca es que se aborda la tan mentada temática de los vínculos familiares y la herencia cultural, pero con la cáscara genérica del terror. ¿Cuántas mujeres sienten que su madre es un monstruo y quisieran “matarlas” (si se me permite el atrevimiento freudiano)? ¿Cuántas madres quisieran conservar a sus hijas en cajitas de cristal o tenerlas como princesas? Bueno, la película se hace cargo de estas cuestiones y las lleva para su propio barro, sin ánimo de que los discursos prevalezcan por sobre las imágenes. Con ecos de The wicker man, Raw y Midsommar, Hellbender es una sucesión de viñetas inquietantes que explora lo aterradora que puede ser la relación madre-hija. El marco siempre será ese contraste entre la belleza del bosque, aún en su estado más salvaje, y una ensalada de fluidos, materiales gelatinosos, vómitos y gusanos proteicos, conformando una extraña armonía. Sin embargo, a la hora de considerar la naturaleza de las mismas, da la sensación de que están guiadas por un montaje cuya regla principal es cierto efectismo gratuito: mucha pichicata sonora y algunos planos que están más en la lógica videoclipera, sin contar un desenlace bastante pobre y obvio. Guillermo Colantonio


Hit the road, de Panah Panahi / 6 puntos


Al comienzo de la película, vemos al principal protagonista, un auto. Panahi se carga la tradición de un cine que consagró los viajes como una forma de enfatizar la mirada en el cine, homologando las ventanillas con las pantallas, y este caso no es la excepción. En varios pasajes, asistimos a la perspectiva de los personajes como si fueran espectadores, y al mismo tiempo, miramos con ellos aspectos de una realidad que pocas veces es interferida por el montaje. Adentro del auto viaja una familia con algunas disfuncionalidades. A medida que el viaje avance, descubriremos algunos de los motivos de su huida hacia la frontera con Turquía. Pero mientras tanto, conoceremos a un padre huraño con el pie enyesado, una madre afectada por el destino de su hijo mayor (que conduce el móvil) y un pequeño con trastornos de ansiedad que no para de hablar y de moverse. Nunca está claro cuál es el drama del clan, pero ciertos gestos, reproches y palabras dejan entrever un conflicto de base. Pero, a diferencia de otros cineastas mayores de Irán, no es exclusivamente la veta realista la que predomina. Ya desde el comienzo la música de Schubert marca una atmósfera destinada a poner las cosas en el imaginario de la fábula y a superponer los niveles intradiegéticos con los extradiegéticos, recurso que se confirmará posteriormente en algunos excesos musicales (da la sensación de que la cuota kitsch en gran parte del cine contemporáneo intenta cubrir baches). La madre, semidormida, pregunta “¿dónde estamos?”, y el pequeño responde “estamos muertos”. Y el tono de la película busca por momentos generar esa sensación. ¿De dónde vienen, a dónde van? Mientras tanto, es el tiempo del viaje, de la road movie, con paradas de acción, de humor, de fatalidad, de suspensión emocional, de abrazos y reclamos. Y la película también es un compendio de escenas que van desde el registro a lo lejos de un paisaje en el anochecer, que invita a descubrir qué ocurre en situaciones dramáticas, hasta pasajes más íntimos que preparan el horizonte de llegada. Atendible ópera prima. Guillermo Colantonio


Hygiène sociale, de Denis Coté / 4 puntos


Si Coté montó su puesta en escena a imagen y semejanza de las necesidades protocolares del cine pandémico, tenemos otro motivo más para odiar al Covid. El director construyó una suerte de farsa vodevilesca, con un protagonista enfrentado a las mujeres de su vida: su mujer, su hermana, su amante y algunas más. Esto, en un contexto campestre, con un vestuario de siglos pasados y diálogos contemporáneos. Pero hay más: cada escena es un plano general y fijo de más de diez minutos. Digamos que el primer episodio genera cierto interés, hay un aire sardónico que vuelve las cosas ligeramente divertidas y nos invita a ingresar en los códigos que propone el director. El inconveniente llega cuando descubrimos que esto es todo lo que tiene para decir Coté. El resto es un estiramiento de esa apuesta formal, un tour de force que no funciona porque si la atención está puesta en los diálogos a estos les falta sustancia, comicidad, chispa (se supone que estamos ante una comedia, incluso en el sentido que los franceses le dan al término). La higiene social de la que habla el título puede ser una indirecta al Covid, pero también a los códigos de convivencia que los personajes demuelen con cada diálogo. O más precisamente ellas, derribando cada excusa a la que el protagonista recurre. Hygiène sociale es uno de esos films que solo parecen poder vivir en el marco de un festival de cine, donde las cosas suelen volverse en ocasiones bastante autoindulgentes. Mex Faliero


Husek, de Daniela Seggiaro / 7 puntos


La segunda película de la directora salteña (Nosilatiaj. La belleza) es en verdad dos films que conviven en un relato y también la tensión de dos mundos que confluyen. Uno de los relatos de Husek es la crisis de identidad que moviliza a Ana (Victoria Geréz) tras un incidente y el rescate de un joven wichi, Leonel (Leonel Gutiérrez). La joven arquitecta que trabaja para un secretario del gobierno provincial chaqueño es una figura ascendente que gesta un megaproyecto de viviendas, una medida que sería anunciada con bombos y platillos con el apadrinamiento del gobierno nacional. El otro relato es casi documental y observacional: la vida de Leonel, la rutina de la vida wichi, sus creencias y la cámara se toma un reposo para acompañar las imágenes, muy ocasionalmente acompañadas del relato en off. El choque de estos dos mundos está dado porque el proyecto de viviendas necesita del desalojo de la comunidad de Leonel y los tiempos políticos corren contrarreloj. Con acidez, el film muestra cómo a menudo el asistencialismo está teñido de un paternalismo rancio que desnuda un racismo latente y Ana lo va a entender de la forma más dura posible. Es aquí donde la película tiene su pequeño triunfo a pesar de sus resoluciones forzadas y sus subrayados. Cristian Ariel Mangini


Jesús López, de Maximiliano Schonfeld / 6 puntos


Nada de lo que sucede en la película es ajeno a esa suerte de coming of age que el cine argentino reciente ha sabido interpretar con sus propios códigos (y sus propios vicios). El Jesús del título es un piloto de carreras querido por todos, que muere en un accidente y da paso al verdadero protagonista: su primo Abel, un adolescente introvertido que trabaja con su familia en el campo. Después de que su tío lo invita a la playa, donde se relaciona con los amigos de Jesús, pero sobre todo después de que empieza a manejar su auto, Abel comienza a adueñarse de los espacios que ocupaba su primo. Las salidas, la ropa, los hábitos, incluso el amor. Lo que podría parecer retorcido en verdad no lo es, porque esa transformación está narrada como un proceso natural, centrándose en la necesidad de Abel de experimentar las cosas y de salir de la monotonía. En el retrato de esos jóvenes que tratan de entender y de explicarse la muerte de un amigo aparecen los rituales diarios, el alcohol, los recitales, la vida quemándose. Schonfeld los filma sin juzgarlos y sin detenerse a dar explicaciones, con una estética polvorienta que se aleja de Buenos Aires para mirar al interior del país (y que lo acerca al universo literario de Selva Almada, guionista del film). El resultado es una película que va de menos a más, que toma algunos riesgos formales (la alternancia entre Jesús y Abel), y que por momentos se acerca a una épica deportiva inusual en el cine local. “Parece que para salir de acá hay que morirse”, dice Abel, y Jesús López abraza esa hipótesis sin tener miedo de corroborarla. Marcos Ojea


Kim Min-young of the report card, de Jisun Lim & Lee Jae-Eun / 4 puntos


Llamativamente esta ópera prima fue considerada para la competencia principal del Festival, apenas un modesto y estirado acercamiento observacional a un grupo de amigas con la aparente excusa de indagar en aspectos de la juventud coreana. El amague de un conflicto da a entender que la protagonista toma decisiones que ponen en crisis la amistad con sus dos compañeras. Es más, disuelven un grupo de poesía porque se vienen los exámenes de ingreso. A partir de allí surgen caminos diferentes. Filmada principalmente en interiores con un registro bastante asfixiante de lo cotidiano, no sale de un tono monocorde y una falta de voluntad narrativa alarmante, sobre todo porque gira de modo permanente sin encontrar un centro que justifique un esbozo de historia. De hecho, es muy difícil entrar en ese universo de adolescentes que terminan el secundario y parecen resignar rituales e inocencia para internarse en el ámbito académico, algo que las directoras, incluso, lo señalan con cierto dejo de acusación. Y como suele suceder, cuando los temas y las intenciones son más importantes que la película misma, todo se vuelve vacío, apagado, en ese límite impreciso entre la sensibilidad y la pereza. ¿Hace falta carecer de ritmo, extraviarse en lagunas narrativas, para dar cuenta del pensamiento de chicas que sienten pavor ante lo que se avecina? ¿O será que no hay un horizonte más allá de dar vueltas (no con la cámara precisamente, que se mueve poco y nada) utilizando la reiteración, poniendo música en algunos pasajes puntuales y sumando retazos? Lejos de la empatía, fría y distante, la pequeñez, en este caso, no conduce más que a un intento donde quienes explican el film enumeran con orgullo una serie de temas que no necesariamente se corresponden con lo visto. Guillermo Colantonio


La encomienda, de Pablo Giorgelli / 6 puntos


Un italiano que trabaja en la cubierta de un barco que trasporta inmigrantes ilegales sobrevivirá a un naufragio. Otro de los sobrevivientes es uno de los inmigrantes, un  dominicano que intenta llegar a la costa norteamericana en busca de un futuro mejor. Lo mejor de la película está en la primera parte, todo lo que hace el personaje de Ettore D’Alesandro para intentar seguir con vida. Todas las situaciones de subsistencia están bien narradas, se nota un buen manejo de los espacios por parte del director para generar tensión. El problema, como en muchas películas de premisa, es sostener ese ritmo. Cuando ingresa el personaje de Benel a la película, entra en un bucle de situaciones reiteradas, hay algunos diálogos que no aportan nada como el de la película del tiburón rosa. La resolución tarda en llegar, en una película a la que le sobran varios minutos. Gabriel Piquet


La luna representa mi corazón, de Juan Martín Hsu / 8 puntos


El documental se divide en dos viajes que el realizador hizo junto a su hermanastro en 2012 y 2019. Su destino, Taiwán, lugar en donde se reencontrará con su madre. En un determinado momento los dos hermanos tienen una discusión, el mayor no quiere aparecer en la película. Juan Martin Hsu le dice que este es un documental sobre la familia, los abuelos, su madre. En esa descripción está todo lo que nos muestra. Se ve a la familia, a la madre, se hablan de muchos temas, es como una cebolla, tiene varias capas y cada una de ellas nos devela algo más interesante que lo que veníamos viendo. Hsu sabe cómo utilizar las herramientas para que las charlas familiares descubran un pasado increíble, el de su abuelo es el que más impacta; el de su padre, que por lo que se deja ver, tendrá un documental propio. Hsu juega con una historia de ficción que filmó en Taiwán, esos pasajes están intercalados en todo el relato documental, son recreaciones que hablan de la inmigración. Se nota la influencia de su propia historia familiar (hay momentos que son exactos), el más efectivo es el de la última noche de una joven que se va del país y sale con su amiga, que incluye una emotiva escena en un pool. El personaje más fuerte del relato es sin duda su madre. Su historia de inmigración forzada, su falta de arraigo con la Argentina (donde vivió varios años atendiendo un restaurante), su vuelta a Taiwán sin sus hijos, su primer marido (el padre del hermano de Juan Martín) a quien ella consideraba un inútil (gran momento cuando tiene una discusión con uno de sus hermanos con respecto a cómo veían al mismo hombre). La película termina siendo muy emotiva, pero antes del final hay una imagen que representa eso y ya nos pone en contexto. La madre canta en un karaoke, la canción es la que lleva el título del documental. Cuando termina y espera por otra, levanta su cabeza y sonríe, está disfrutando, le regala esa imagen a su hijo. Es el mejor momento para un documental que tiene muchas historias familiares, pero está dedicado a ella. Gabriel Piquet


La isla de Bergman, de Mia Hansen-Løve / 5 puntos


La última película de la realizadora es una suma de tentaciones: una bella pareja protagónica, la legendaria isla de Fårö donde vivió y filmó Ingmar Bergman, un espacio paradisiaco y constantes referencias (varias de manual) a las películas del director. También es un montón de ideas apiladas. La pareja es de cineastas y al principio parece que todo conduce a una réplica de los conflictos de tantas escenas de la vida conyugal, que han ido allí para enfrentar el síndrome Bergman/isleño de las crisis personales y las consecuentes separaciones. En un momento, Chris (Vicky Crieps) nos hace temer lo peor en una línea de diálogo donde comienza a despotricar contra los artistas que han sido crueles en su vida privada o no han sabido conciliar su rol paterno (en este caso) con su arte, pero, por suerte, la cosa no prospera. Más adelante, el contrapunto con su marido (Tim Roth) se da en la forma en que  recorren y decodifican ese espacio, y en los modos en que vuelcan esa experiencia en los papeles. Mientras él desarrolla ciertos ejes desde un posicionamiento más reservado y frío, ella tiene una historia, sin embargo, está bloqueada para terminarla (otra idea que se añade). Lejos de imaginarla, por supuesto, la veremos representada en pantalla (en otro de los obvios eslabones que nos regala Hansen-Løve). Como si fuera poco, la visita turística opera en un sentido explícito cuando se elige registrar las actividades organizadas para los visitantes, entre ellas, un Safari Bergman (creo que Ingmar tenía más sentido del humor que los que regentean el lugar) donde los especialistas hablan de las películas y uno quisiera que aparezca Alvy, el personaje de Annie Hall, para resucitar a Bergman y cantarles las cuarenta a tanta pavada ostentosa y banal. Ostentación que se traduce en otra tentación: filmar paisajes cuya belleza encubra la carencia de una narrativa o al menos de una propuesta dramática que vaya más allá de utilizar un decorado emblemático como sostén de una acumulación de momentos. Guillermo Colantonio


Las cercanas, de María Alvarez / 8 puntos


En un pequeño departamento desordenado viven dos hermanas gemelas, Isabel “Yinga” Cavallini y Amelia “Coca” Cavallini. Ambas fueron grandes pianistas en los 50 y 60, tienen 91 años y hoy son artistas olvidadas. Alvarez tiene la virtud de encontrar grandes personajes, muy queribles (Las cinephilas es un gran antecedente). Desde las primeras palabras que escuchamos de las hermanas, sabemos que no vamos a poder dejar de ser seducidos por el universo en el que ingresamos. “Coca” es la más activa, la de personalidad más avasallante; “Yinga” muchas veces parece estar en segundo plano, pero cuando está sola, sorprende con algunas reflexiones. La lucidez de las hermanas está casi intacta, produciendo divertidas confrontaciones entre ellas. Guardan dos muñecos alemanes de gran tamaño, uno se lo regaló la madre y otro su tía. Son sus bebés, sus hijos, “Coca” tiene el nene y “Yinga” la nena. Tienen un pasión hacia ellos que en el momento que el muñeco de “Coca” se rompe se da una situación de tensión/llanto, que genera un quiebre en el clima ameno que la película tenía. Dicha situación hará entrar en juego a otro personaje increíble, Julio, el doctor de muñecos, que tendrá una pequeña subtrama en el documental. Durante varios momentos las hermanas recuerdan que su época más feliz como pianistas fueron los años que estuvieron en EE.UU. También insisten en que  según el compositor, una de sus mejores interpretaciones fue “Las niñas: Tres romances argentinos” de Carlos Guastavino. Hay algo guardado que las hermanas siempre dejan como frase al pasar y en un momento se devela, es cómo fue el final de su carrera. Ahí hay una confesión de una de ellas, hay algo de lo que pudo ser y no fue, hay remordimiento, pero sobre todo hay amor cuando sabemos la causa. Podría decirse que terminaron más unidas. Ahí descubrimos ese vínculo que va más allá de su carrera artística. Gabriel Piquet


Las noches son de los monstruos, de Sebastián Perillo / 6 puntos


Planteada como un ejercicio nostálgico de género (a la manera de Stranger things, que dio lugar a un revival ochentoso, pero que antes tuvo un mucho mejor exponente en Súper 8), la película de Perillo tiene el desafío de trasladar esos códigos al terreno nacional, con la pericia suficiente para que el resultado no se quede en la simulación. Podemos decir que lo logra a medias: la historia de Sol, una adolescente recién llegada al pueblo, que sufre el maltrato de sus compañeras de colegio y el acoso del novio de su madre, y que entabla una relación simbiótica con una perra misteriosa, tiene los elementos necesarios para explotar las posibilidades del género. La adolescencia atravesada de conflictos, los adultos como villanos o cómplices silenciosos, el padre ausente spielbergiano, el pueblo de pocos habitantes, con sus calles vacías y sus luces de neón, y la irrupción de lo fantástico con su habitual desdoble: primero como amenaza y luego como aliado. El primer problema de la película es que tarda en encontrar su conflicto, y cuando lo hace, no tiene muy en claro qué hacer al respecto. A pesar de que la primera escena promete cierta creatividad artesanal, el poco vuelo de lo que sigue lleva las cosas en otra dirección, con una puesta en escena austera y demasiado confiada en el peso emocional del sintetizador. Dejando de lado la pésima actuación de Esteban Lamothe, lo que queda es una película interesante en su premisa, pero fallida en su ejecución. La calidez de Sol y Miguel atravesando la noche en moto es una muestra de lo que podría haber sido, pero no fue. Marcos Ojea


Los diarios de Tsugua, de Miguel Gomes y Maureen Fazenderio / 4 puntos


Se podrá decir que es una especie de jam session cinematográfica, una propuesta lúdica en tiempos de pandemia y tantas cosas más para justificar que lo que vemos “no es una película”, sino el intento de algo que no pudo ser, a esta altura un argumento flojito de papeles. También se podrá pensar en un documental sobre una filmación frustrada durante ese mes de agosto que nos remite a los grandes títulos anteriores de Gomes. La cuestión es que el resultado está más cerca de un Gran Hermano a la portuguesa. Bastante decepcionante es este film cuya cronología a la inversa propone 21 cuadros. Cada uno de ellos no narra absolutamente nada más que a tres personajes en busca de un autor, improvisando, viendo qué hacer en una comunión que alterna algún divertimento, pero que parece un backstage extendido. Salvo ciertos pasajes donde la lógica cromática imprime algo de vida o algún encuadre nos salva del confinamiento (el verdadero, el del público), el resto no pasa de ser un ejercicio de amigos para amigos, un aviso permanente sobre esa historia de amor con tres que debió ser y guiños con escenas paralelas, líneas de diálogos que se reiteran. En el día 22, los dos chicos y la joven bailan en penumbras mientras toman cerveza, luego dos se van y el otro los encuentra besándose. Mientras sucede la escena, los colores varían. No obstante, en el retroceso, inmediatamente sabremos que la posibilidad de una historia cede el lugar a un despojamiento progresivo que se centra exclusivamente en los tiempos muertos del rodaje. Del caos pasamos también a la resignación. Captar esa atmósfera sea acaso uno de los objetivos. Quien quiera hallar reflexiones sobre el tiempo, la percepción y tantísimos tópicos, está en todo su derecho. Si me quieren hablar de estas cuestiones, me quedo toda la vida con Hechizo del tiempo. Guillermo Colantonio


Mad God, de Phil Tippett / 9 puntos


Esta es, probablemente, la obra cúlmine de Tippett, legendario artista de efectos especiales que trabajó en películas del calibre de Jurassic Park, El retorno del Jedi y Robocop. Se trata de un proyecto personal que Tippett está realizando desde hace varias décadas y financiando como puede, recurriendo en buena medida al crowdfunding. Lo que el director logra en esta película es dar a luz a un universo tan particular que trasciende a cualquier tipo de categorización. Mad God es una suerte de epopeya oscura u ópera infernal cuya trama se mueve entre el dominio de lo literal, lo metafórico y lo simbólico, y cuyo hilo conductor es el viaje de un individuo a través de varios escenarios horrorosos que se desdoblan y se pliegan sobre sí mismos. Es difícil juzgar una obra tan singular, y más aún reprocharle algo a un trabajo con semejante despliegue técnico. Si algo se puede decir, es que, por el modelo de producción, y al no tener que responder a nadie, Tippett llega al extremo de la indulgencia y se permite explorar los más recónditos y tenebrosos rincones de su imaginación. Del grupo de películas que resultan de este tipo de búsquedas, algunas valen la pena y otras no. Mad God entra en el primer grupo, aunque debo decir que en mi caso, con un visionado, es suficiente. En definitiva, se trata de una obra de nicho, pero de las valiosas: de esas que pocas personas disfrutan pero que termina influyendo a muchas películas posteriores. Franco Denápole


Madres paralelas, de Pedro Almodóvar / 5 puntos


El cine de Almodóvar se ha ido sofisticando con el paso del tiempo. El director dejó de atragantarse con sus ideas arrebatadas (y arrebatadoras) y alcanzó en este siglo una madurez impresionante. No deja de ser curioso que sus dos peores películas parezcan una suerte de auto-parodia de su cine anterior. En Los amores pasajeros quiso recuperar aquel cine cómico y esperpéntico que hacía en los inicios, en una reversión caricaturesca en el peor sentido. Ahora, con Madres paralelas, replica los tonos de su cine más adulto, donde mezcla el thriller con el melodrama para hondar en la psicología de personajes torturados. Y esta historia de dos mujeres que se relacionan en la habitación de un hospital donde transitan las últimas horas de un embarazo, Almodóvar parece querer ser todos los Almodóvar posibles: habla de la memoria, de la identidad, del rol de las mujeres, de los vínculos entre ellas, de la historia aprehendida en la piel de sus protagonistas. Pero en Madres paralelas todo falla (o lo hace a medida que avanza y luego de una primera hora más que interesante) porque Almodóvar que, aunque no lo parezca, siempre fue sutil, subraya todo de la forma en la que lo hacen los directores que no confían plenamente en lo que tienen para contar. Subtramas que no se imbrican del todo bien, personajes mal escritos, diálogos torpes. Cada giro de la película se hace previsible porque uno va adivinando el casillero de lugares comunes progresistas que el director español va tildando para complacencia de la platea. Solo espero que se trate de una película fallida y no del comienzo del agotamiento y avejentamiento de la mirada del director. Mex Faliero


María Luisa Bemberg: El eco de mi voz, de Alejandro Maci / 6 puntos


Hoy que el discurso feminista está fuertemente afianzado en buena parte de la producción nacional de documentales, era de esperar que la figura de la directora María Luisa Bemberg fuera tomada como ejemplo de una lucha que, desde el cine, se viene dando hace décadas. Lo bueno aquí es que Maci, el director, fue un colaborador de la directora de Camila y ese vínculo permite que el retrato que hace la película suene más a homenaje justo que a oportunismo. Los temas del presente sobre la independencia y la mirada femenina se imbrican fácilmente con la figura de Bemberg, porque como muestra el documental, su decisión de dirigir llega precisamente ante un espacio que ella, como mujer, no encontraba dentro de la industria del cine. Directora de films emblemáticos y narradora de historias que no eran otra cosa más que la extensión de su discurso oral, la película hace un recorrido cronológico que va demostrando el afianzamiento de su voz y su mirada, fuertemente crítica de sus mismos orígenes de clase alta. Con los testimonios justos y con una buena utilización del material de archivo, El eco de mi voz es la necesaria valoración de una de las grandes autoras del cine nacional. Mex Faliero


Matar a la bestia, de Agustina San Martín / 5 puntos


Emilia llega a un albergue en el medio de la selva, en la frontera entre Argentina y Brasil. Su tía, quien maneja el lugar, no parece estar interesada en que ella esté ahí, ni tampoco parece querer ayudarla a dar con el paradero de Mateo, su hermano, que desde hace un tiempo no contesta las llamadas. Al mismo tiempo, varias mujeres del lugar aseguran haber visto a una bestia, “el espíritu de un hombre malo”, y eso pone en marcha una cacería con tintes religiosos. A partir de esa premisa, la directora busca articular no tanto una historia sino más bien una experiencia, con una puesta en escena entre brumosa y espectral, donde el calor y la selva se vuelven palpables. Hay una dimensión simbólica que se da a partir de la presencia de esa bestia, y que abre a su vez una dimensión política, donde palabras como “varón” y miedo” no son casuales. También aparecen el sexo, la pérdida, y la familia como institución puesta en crisis. La ambición de la película es evidente y para nada reprochable. El problema se da cuando, en esa búsqueda por sumar capas de sentido, la directora se pierde en un juego donde los temas nunca terminan de convivir con la forma. Los planos fijos y los planos excesivamente largos van arrastrando a la película al terreno del hastío, y a pesar de un trabajo logrado para crear esa atmósfera donde la naturaleza y la muerte se confunden, la experiencia termina siendo decididamente fallida. Marcos Ojea


Memoria, de Apichatpong Weerasethakul / 8 puntos


Dice Adrian Martin que en las películas del director tailandés los espíritus de los muertos están siempre influyendo el curso de los acontecimientos terrenales. Y estos tienden a seguir una lógica mágica: las historias irrumpen, se repiten, empiezan, dan vueltas, forman raros patrones. Memoria no es la excepción. A pesar de que Weerasethakul filma por primera vez lejos de su país, nos encontramos con la misma exploración de la dimensión oculta de la realidad. Jessica es una botánica británica que se encuentra establecida en Colombia. Una mañana se despierta a causa de un estruendoso ruido que parece salir del centro de la tierra, o quizás de su propia mente. ¿Se trata de un sueño, una premonición o hay algo más? Lo que sigue es el relato del intento de la protagonista por descifrar el misterio de ese ruido que solo ella es capaz de oír. Luego de consultar con un ingeniero de sonido que posiblemente sea un fantasma, emprenderá un viaje que la llevará desde las calles de Bogotá al medio de la selva. El film no da respuestas a los interrogantes que plantea, más bien nos invita a participar de una experiencia sensorial extrañísima donde el presente se conecta con el recuerdo de los tiempos pasados y la posible existencia de otras civilizaciones. Diego Menegazzi


Metok, de Martín Sola / 4 puntos


Metok es una joven monje tibetana radicada en el norte de India que, tras un sueño, decide reencontrarse con su familia ya que su aldea la necesita. Por supuesto, hay algo más que un sueño, ya que manifiesta que ha pasado muchos años alejada de los suyos por sus estudios y entrenamiento. El film de Sola documenta esa travesía a través de un territorio colmado de peligros. Pero esa travesía es más bien escueta: el ojo del director parece más interesado en los largos planos descriptivos, los sonidos y las sensaciones que construyen el mundo de Metok. El tono contemplativo y observacional engulle el relato y por momentos se torna tedioso, en particular durante la introducción. La travesía es un pequeño puente que nos conduce a la vida doméstica y el rencuentro familiar de Metok. Aquí tenemos los mejores momentos de un film, hay una notable sutileza en la escena de un almuerzo para describir su crecimiento espiritual. Pero el director construye largos pasajes climáticos con planos cautivantes sin sustancia que buscan sumergirnos en la vida de la protagonista: la propuesta se agota porque el documental se queda a medio camino, ¿es observacional y etnográfico o la historia de un personaje y su travesía? No hay respuestas y el film termina resultando vacío. Cristian Ariel Mangini


Midnight, de Oh-Seung Kwon / 8 puntos


Estamos ante un slasher, un excelente slasher. También es la ópera prima de Kwon y es arrolladoramente eficaz en su fórmula. Todo transcurre en una noche: una joven (Kim Hye-Yoon) sale de su casa y es acechada por un asesino serial al que ya vimos en acción y se nos reveló, interpretado por Wi Ha-Joon. Kyung Mi (Ki-Joo Jin) una joven sordomuda que salió a celebrar con su madre -también sordomuda- tiene la mala fortuna de cruzarse en el camino de este asesino, abriendo un juego de presa y depredador. La premisa es simple y más allá de sus intrincados giros es esta sencillez lo que cautiva. El suspenso está garantizado porque más allá de la autoconsciencia que a veces roza lo humorístico, en parte porque Kwon conoce y juega con las convenciones del género, el film es una pieza de acción que no da respiro: travelings vertiginosos de persecuciones desesperadas, climas sofocantes, una banda sonora electrizante, actuaciones sólidas y una cámara que nos sumerge en la acción. Nada falla en Midnight salvo quizás su extensión, pero esencialmente es otro exponente de la solidez técnica del cine coreano y, en su retorcida estructura, una carta de amor al slasher. Cristian Ariel Mangini


Noh, de Marco Canale, Juan Fernández Gebauer e Ignacio Ragone / 7 puntos


El narrador que comienza a contar la película está muerto, es el marido de Chiyoko. Su viuda intenta salvar su teatro Noh (el edificio y el arte). El hijo de ambos quiere venderlo para que lo derrumben. Chiyoko es parte de una obra de teatro de un director argentino, quien está por un tiempo en Japón. La película deambula entre la ficción y el documental, la historia de Chiyoko que es el eje del relato es una ficción que sirve para contar qué es el arte dramático denominado noh. Sus compañeros de elenco, serían lo más cercano al documental que se muestra en el film. Marco Canale hace del director de teatro argentino, hay toda una subtrama que involucra la relación con un padre enfermo que pasa sus últimos días en Argentina. Desconozco si es autobiográfica, pero tiene un paralelismo con la relación del hijo de Chiyoko. Ambos casos muestran relaciones conflictivas. Uno de los elementos que sobresalen es el humor, se nota que todos juegan, que se divierten, que parodian lugares comunes de ambos países. Es una película arriesgada y se agradece que esté bien balanceada la carga dramática: por ejemplo todo el viaje de Chiyoko para encontrar el pino que salve su teatro, con momentos más relajados, como el de una de las actrices que forma parte del grupo, que dice ser anarquista punk y le pide al director argentino que le cante una canción de un anarquista de su país logrando un gran gag. Gabriel Piquet


No taxi do Jack, de Susana Nobre / 7 puntos


En pocos minutos Nobre planta las bases del relato: Joaquim se entrevista con una empleada pública que lo ilustra sobre el seguro de desempleo. Está a punto de jubilarse y debe cumplir una serie de requisitos burocráticos. En ese contexto, Joaquim cuenta su pasado y se compromete a cumplir con todos los pasos. Lo que sigue es el recorrido del protagonista por su ciudad, encontrándose con un amigo del pasado, visitando lugares emblemáticos, contemplando ese mundo laboral que está a punto de abandonar, aunque la crisis ya parece haberlo expulsado de antemano a sus sesenta y pico de años. Mientras todo esto pasa, la voz en off de Joaquim nos pone al tanto de sus años en Nueva York, como taxista y chofer de limusinas. Y eso es clave: Joaquim fue conductor y tiene el oficio suficiente para ser, también, el conductor de este documental quirúrgico, quien nos lleva entre anécdotas por un mundo que no parece tener ya mucho lugar para la nobleza. Nobre no recarga las tintas, no cae en lo obvio ni en registros llorones, porque básicamente su protagonista es un personaje que, al igual que su presleyano (de Elvis Presley) jopo, se mantiene erguido y con una mirada amable: la del inmigrante, la del que se tiene que ganar el pan cada día, la del que aprende velozmente a partir del espíritu de supervivencia. No taxi do Jack suma algunos apuntes de ficción, que encajan perfectamente: porque cuánto de verdad y de mentira hay en los recuerdos. Sin aspavientos, la película es el retrato de una vida pero también de los cambios sociales que la atravesaron. Mex Faliero


Nuestros días más felices, de Sol Berruezo Pichon-Riviére / 7 puntos


Esta segunda película de la directora cristaliza con una narración sólida muchas de las insinuaciones creativas que ya había mostrado en su ópera prima Mamá mamá mamá. Nuestros días más felices es una película más íntima, con un mosaico de climas que por momentos amenazan con desbordar la narración -como ocasionalmente sucede en su ópera prima- pero la base, ese triángulo construido en torno a Agatha (Lide Uranga / Matilde Creimer Chiarabrando), Elisa (Antonella Saldicco) y Leonidas (Cristian Jensen) le da un asidero sobre el cual sostenerse, en particular por la silenciosa introducción en que Elisa aparece como un fantasma fuera de cuadro. Un detalle que en el marco del guion da mayor relevancia narrativa cuando finalmente aparece, tras la ruptura fantástica que hace de Agatha, una figura avejentada y matriarcal, apenas una niña -notable el trabajo de Chiarabrando-. No hay grandes explicaciones y el film se sostiene en el plano simbólico, con un trabajo del off que da peso a los rostros en secuencias paralelas, climas agobiantes que coquetean con el suspenso o el terror y elecciones formales que no siempre complementan la narración. Pero en su esencia este film contiene una elegía familiar que se sostiene desde el cariño a sus personajes. Cristian Ariel Mangini


Nuclear family, de Travis Wilkerson y Erin Wilkerson / 7 puntos


La familia Wilkerson sale de vacaciones, el tour incluye varios de los silos en donde se almacenan los misiles que se hacían y pensaban usar en la guerra fría. La pareja de realizadores, junto a sus dos hijos y la hermana menor de Travis, recorrerán ciudades que tienen historia de exterminio, y que fueron refundadas para que desde la década del ‘50 y durante la Guerra Fría se usaran como fuertes para resistir al enemigo. Esta comparación no está alejada de la realidad, si pensamos que en algunas de esas ciudades del Oeste de los EE.UU. se produjeron las más terribles masacres contra los pueblos originarios que habitaban la región. La voz en off de Travis va relatando muchos de estos acontecimientos de forma detallada, mientras sus hijos visitan esos lugares que parecen pueblos fantasmas (hoteles, restaurantes, minigolf), que se encuentran vacíos como si le hubieran tirado una de las propias bombas que guardan. Entre sus datos más llamativos, el documental cuenta lo preocupante del estado de salud de los soldados que quedaron a cargo de cuidar los silos (encargados de activar los misiles en el caso de algún enfrentamiento), el efecto del plutonio con que se hicieron muchos de esos misiles y dónde los enterraron. Hay toda una parte en la que se habla de plantas invasivas que crecieron sobre la tierra y llama la atención que en uno de los terrenos que recorren, encuentran un tipo de margarita que denominan la “margarita de Fukushima”, una margarita aparecida en Japón producto de la radiación de las bombas atómicas. En un momento del relato la familia va a ver un partido de béisbol en Nuevo México, el equipo se llama irónicamente igual que el de la serie animada Los Simpson. Travis dice algo divertido y terrible a la vez, el béisbol es tan estadounidense como las bombas nucleares. Gabriel Piquet


Older brother, younger sister, de Mikio Naruse / 7 puntos


Críticos e historiadores coinciden en señalar que la figura de Naruse ha quedado eclipsada por la de otros maestros del cine japonés como Ozu, Mizoguchi y Kurosawa. Fue un gran director de dramas realistas que se distinguen por su sencillez expresiva. Su género es el shomin-geki, -películas centradas en las familias y la vida diaria de la gente común-, destacándose por sus agudas observaciones sobre la diferencia de clases, las dificultades económicas y la incertidumbre de los tiempos modernos. Older brother, younger sister cuenta la historia de una familia que vive en una aldea rural en las afueras de Tokio. Mon, la hermana mayor, regresa de la ciudad y anuncia que está embarazada. Sus padres se preocupan, pero su hermano Inokichi reacciona de la peor manera. El film presenta de manera bastante cruda una serie de situaciones arquetípicas para dar cuenta de los sentimientos y dilemas de cada uno de los personajes. Habrá reproches, momentos de ternura y también escenas de violencia física. Naruse adaptó una conocida novela de Saisei Muro para hablar de la descomposición familiar y el destino de las mujeres que buscan su independencia. Diego Menegazzi


Panash, de Christoph Behl / 7 puntos


Lo bueno de esta película es que es un artificio, hay una puesta en escena de videoclip y no se esconde. La mezcla de realidad y ficción ofrece una Buenos Aires distópica que tiene mucho de lo que conocemos (barrios marginales, violencia callejera, policías reprimiendo), todo esto matizado por algunas secuencias que podrían acercarse al cine de Walter Hill (The Warriors, Calles de fuego). Lo que funciona muy bien en la película son las actuaciones, los cantantes del movimiento hip-hop de Argentina que participan no quedan expuestos a sus limitaciones, en su mayoría todos están muy bien. Sobresalen Lucas Darío Giménez (Homer, el mero mero) y Real Valessa (quien interpreta a la rapera que le da título al film). Behl le logra dar fluidez al relato, mostrando la realidad del barrio en el que viven las protagonistas mezcladas con imágenes de disturbios o marchas que se realizan en el centro de la ciudad. La historia de amor que incluye un triángulo entre Homer, el mero mero, Real Valessa y Lautaro Lr (interpretado por Lautaro Rodríguez, quien es el que más background de actuación tiene) queda potenciada en los minutos finales. Las canciones son un punto fuerte, los clips en donde los protagonistas hacen una especie de intermisiones contando su situación antes de seguir con el relato no quedan forzados, ya que la película siempre juega con ese tono. Gabriel Piquet


Petite maman, de Céline Sciamma / 8 puntos


Hay películas cuya duración se corresponde con el tiempo de una experiencia. Puede ser la de un sueño, una pesadilla, unos veinte azotes, un encuentro amoroso frustrado o exitoso, o incluso el de una visita a un museo. Sciamma regala un pequeño diamante que dura lo que una caricia o un abrazo sin (sobre) excitación. Su declaración de intenciones está al comienzo, con imágenes que escriben y un plano secuencia que enlaza a tres mujeres y a tres generaciones a través de habitaciones que se transitan, pero que recorta fundamentalmente a la pequeña protagonista, uno de los triunfos fotogénicos en esta breve historia. Apenas unos trazos bastan para instalar la atmósfera de tristeza ante la pérdida de una abuela y el traslado de un matrimonio a una casa en medio del bosque. Pero en los detalles se juega la estética de Sciamma para dar cuenta de cómo las fugaces muestras de amor pueden lidiar con el dolor. Con solo ver cómo Nelly come sus snacks o rodea con los brazos a su madre mientras maneja, obtenemos un cuadro afectivo (no efectista ni reparador) y también realista, porque no transcurrirá demasiado tiempo para que Marion (la madre) necesite estar sola para hacer el duelo. Entonces, la pequeña Nelly y su padre se encargarán de la casa. Una exploración de la chiquita al bosque provocará el encuentro con otra niña (el otro hallazgo fotogénico) y no hace falta adelantar nada más sobre la trama. A partir de allí, entramos en el terreno de las sustituciones, de las duplicidades, de superficies especulares, del deseo cuya materialización (real o imaginaria) es otra manera de negociar con el sentimiento de pérdida. Y si lo fantástico surge como posibilidad, inserto en lo cotidiano, no hay irrupciones violentas ni invitaciones para elucubraciones netamente intelectuales, más bien un pedido de entrega para armar y desarmar cierta idea de maternidad desde un lugar de emociones contenidas, donde todos los tiempos son el tiempo, el presente absoluto, donde cada experiencia se vive como si fuera la última en el teatro de la vida y de los vínculos familiares. Pero también es una película sobre la infancia, etapa que Sciamma evoca con la felicidad de quien revive los misterios de aquellos seres que nos visitan durante las noches, los momentos de soledad donde asoman los juegos y los ritos mientras los adultos cargan con sus cosas, y esa posibilidad de habilitar mundos que muchos creen producto de la fantasía pero que siempre dicen algo. Porque detrás de esos espejos, hay voces, anhelos, demandas y mucha sabiduría. Guillermo Colantonio


Piedra noche, de Iván Fund / 7 puntos


Una localidad ficticia de la costa sirve de escenario para esta historia que involucra a una familia que perdió un hijo en el mar. La pareja regresa al lugar después de un tiempo para vender su casa. La gente de la zona dice que hay un monstruo Kaiju que aparece por culpa de una plataforma que dejaron abandonada en el mar, algunos aprovecharán esta leyenda para transformarla en atracción turística. Esto es solo una pequeña parte de este drama con elementos fantásticos. La película es arriesgada, cruza algo del cine de ciencia ficción clásico norteamericano (hay algo de Spielberg) pasado por la mirada personal del director que lo acerca a un cine más intimista. Ese niño que desaparece, representa diferentes miradas de los protagonistas, lo mismo sucede con el monstruo. La madre y el padre del niño son mostrados en diferentes momentos del duelo, el padre parece más enajenado aunque esa mirada cambiaría si lo vemos desde un punto de vista fantástico; la madre poco a poco va siendo llevada al universo que el padre le propone. Este le quiere mostrar el monstruo porque para él hay un vínculo que lo une con su hijo, que era fanático de los videojuegos y el Kaiju. Interesante acercamiento al cine de género que profundiza en lo humano, que habla de la pérdida, del vacío y cómo quiere o puede llenarlo cada uno. Mención especial merece la gran banda sonora realizada por Francisco Cerda, que tiene grandes orquestaciones más vinculadas con el cine mainstrean. Gabriel Piquet


Princ3s4, de Raúl Perrone / 8 puntos


El cine de Perrone es el rayo que no se cesa, una máquina expresiva que parece no encontrar límites ni derrochar el tiempo. Y es un cine que se planta desde un lugar lúdico, libre, creativo, que recupera los orígenes cuando todo el mundo está pensando en el final. A la vez, su ilusión es tan fuerte, tan poéticamente fuerte, que un edificio abandonado puede devenir en un universo de samuráis, de leyendas orientales bajo una cortina de agua cuyo artificio incorporamos y asimilamos como si fuera un verso más del plano. Es la misma ilusión de Fellini y el estudio cinco de Cinecittà, pero en Ituzaingó. Y es un trabajo admirable que invita a sumergirse en esas imágenes en blanco y negro, a través de laberintos y misterios, para perderse, para internarse en un sueño donde no faltará un pequeño homenaje sobreimpreso al gran Kurosawa y su Trono de sangre, entre otras pequeñas joyas. Apenas un breve sustrato narrativo (literario) es la excusa para una experiencia espectral que incluye a una joven nipona cortando cabellos de cuerpos inertes, a un samurái que ronda por allí y se pregunta por tal acto, y a otros cuerpos y rostros que se integran a una sucesión de cuadros que bien podrían considerarse de modo autónomo, dada la planificación visual que evidencia cada uno. Y es aquí donde aparece ese sentido subyugante del cine de Perrone en esta etapa de su carrera, la forma en que conjuga la luz con las atmósferas, el modo en que ensambla las diversas capas sonoras y el protagonismo que cobran las escalas de colores (en este caso a partir del blanco y negro). Cuando muchos se jactan de experiencias inmersivas, acaso deban pegarse una vuelta por la sala oscura y ver Princ3s4, otra notable película que habla del futuro en el pasado. Guillermo Colantonio


Punto rojo, de Nicanor Loreti / 5 puntos


Loreti es una de las nuevas voces del cine argentino que apuesta al género y al cine serie B como puntas de lanza, sin contar su trabajo en Socios por accidente. A menudo cae en la trampa de “estilo sobre sustancia”, con guiones que remarcan sus influencias cinéfilas pero esencialmente son relatos llanos, superficiales. Otra influencia es el neo noir y Punto rojo tiene mucho de eso, con su estructura fragmentaria y la inclusión de varios puntos de vista. Pero el acierto de Loreti con esta nueva propuesta es cómo condensa la acción en tres personajes y apenas unos pocos espacios con giros que cuando no se tornan excesivos -en particular hacia el final- le dan nuevas capas a los personajes que se traducen en su accionar. El humor negro, negrísimo, tiñe cada uno de los planos del film hasta el final y por momentos diluyen la acción, entre la violencia y algún efecto especial clase B que no aporta demasiado a la narración. Como film de acción tiene la virtud de atrapar a pesar de sus falencias y secuencias mal resueltas en el desenlace porque a pesar de los giros arbitrarios sus personajes interesan. A veces con eso es suficiente. Cristian Ariel Mangini.


Quién lo impide, de Jonás Trueba / 8 puntos


Tres partes, en tres horas cuarenta y dos intervalos de cinco minutos. Al comienzo, se abre una sala de chat donde Trueba habla con sus jóvenes protagonistas. Han pasado cuatro años desde que comenzaron a filmar y es hora de ver el resultado. Cuando les dice lo que dura, miran extrañados, se ríen y preguntan qué será del público. “Hay que confiar, hay que confiar”, los anima el realizador. Tal vez, en alguna oportunidad, alguno se anime a escribir sobre la cuestión del tiempo en el cine contemporáneo y su vínculo con los límites del corte en la era digital, pero mientras tanto, mientras esperamos las especulaciones académicas, podemos entregarnos y disfrutar de propuestas como Quién lo impide sin ponernos colorados. Es decir, podemos confiar. Lo primero para decir es que se trata de un ensayo sobre la juventud, pero guiado por los mismos jóvenes que intervienen. Acá no hay maestros Siruela, viejos vinagres ni moralistas de cuarta. Tampoco, oportunistas del reviente que, disfrazados de aires de importancia, por atrás acusan a los más chicos de los flagelos del mundo. No. Todo lo contrario. La cosa fluye con muy buena vibra. Su punto de partida es un experimento que conocemos desde Truffaut, acompañar el crecimiento de adolescentes que serán adultos a la brevedad. Trueba los escucha, juega a filmar con ellos, les inventa pequeñas historias y se sumerge en su mundo sin juzgar, como si intentara captar el pulso de la vida con la cámara. Pero lejos de reducir la cuestión a un registro netamente realista, propone un montaje para crear un mosaico de goces, alegrías, tristezas y diversas paradas, porque nunca perdemos de vista que esto es un viaje y con música incluida (uno de los aspectos que mejor maneja el director). Lo segundo es que, más allá del marco espacio/temporal, todo aquello que escuchamos y vivimos con la película, nos interpela en un doble sentido. Por un lado, en la percepción desvirtuada que solemos tener sobre la juventud; por otro, que más allá del paso de los años, son los mismos conflictos que tuvimos pero que nuestros rollos no nos permiten atender. Y de esta sordera y de esta brecha también se habla, con pasajes muy jugosos donde las opiniones dan testimonio sobre el sistema educativo, las relaciones con padres y madres e incluso sobre la idea misma de política en España. Y hablar sin filtros también da lugar a hermosos disparates, situaciones de humor, que evidencian la falta de cálculo a favor de una poderosa intuición. La relación amistosa entre Trueba y los chicos es el lazo que permite el optimismo que destila el proyecto. No se trata de un optimismo vendido a base de ilusiones falsas, sino de soplos de cotidianeidad encapsulados en sus detalles, en los rituales, en caricias, en dudas y todo tipo de emociones. Ponerse en el lugar del otro es el primer eslabón para generar confianza. Con diversos recursos como voces en off, dramatizaciones, carteles que advierten la naturaleza del artificio, y sobre todo con una mirada que nunca abandona ese costado romántico tan caro al director, nos preguntamos con ellos finalmente “quién lo impide”, quién impide salir a las calles, vivir intensamente, no quedarse en la queja permanente y bancarse este defecto que, a veces, es el mundo que hacemos. Guillermo Colantonio


Re Granchio, de Matteo Zoppis y Alessio Rigo de Righi / 7 puntos


Esta fábula en forma de díptico es un dato alentador, una especie de ovni en una serie de repeticiones contemporáneas. Una libertad infrecuente es la que evidencia esta película que se atreve a meter una ficción autónoma con sustrato oral, de esas que tanto gustan desde tiempos inmemoriales. Hay un personaje llamado Luciano en una pequeña comunidad italiana, un descarriado a fines del Siglo XIX que se atreve a enfrentar al príncipe del lugar, pero que en un gesto de rebeldía no se da cuenta de que ha incendiado un castillo con alguien adentro. Para evitar la cárcel se va “al culo del mundo”, a Tierra del Fuego, y allí comenzará el otro relato, donde el protagonista intentará hallar un tesoro. Lo interesante es la manera en que los directores (documentalistas) incorporan como parte estructural un sustrato oral y popular, y lo hacen poniendo como marco a los lugareños y las canciones que recorren el lugar. Uno de ellos dice que los hechos pueden ser narrados con cincuenta palabras, hasta que llegan otros y le agregan cien o ciento cincuenta, y entonces la verdad se diluye. Lo que vemos responde a ello. La base puede ser una anécdota real, pero lo que cuenta es el agregado, una amalgama de aventuras, luchas de clase, historias de amor, de poder, de ambición y de muerte, incluido un cangrejo que puede conducir a la fortuna. Desde el principio se advierte una sabia conjugación entre una mirada exploratoria del espacio del pueblo italiano y una progresiva inserción de los elementos ficticios. Además, la impronta del western no tarda en asomar aunque en clave despojada y asumiendo la posibilidad de recrear duelos desde un lugar donde la magia y la leyenda tienen cabida. Si el proyecto es fascinante, lo es también por la puesta en escena y por cómo aprovecha los escenarios naturales integrándolos a los personajes, no para reiterar poses o asegurar belleza donde existe originalmente, sino para buscar (acaso) imágenes descontaminadas, un gesto similar a ese aventurero que siempre ha hecho honor a la conquista de lo inútil, Werner Herzog. Guillermo Colantonio


Reloj, soledad, de César González / 5 puntos


Una empleada de limpieza de una fábrica roba el reloj de su jefe, su compañera es acusada y echada del trabajo. Este será el quiebre en la rutinaria vida de la protagonista. La película tiene escasez de recursos, no lo esconde, el problema no es eso ya que José Campusano hace lo mismo con su cine. Es una historia pequeña, la reacción de la protagonista luego de robar es un tanto forzada, el remordimiento que le genera lo que hizo no resulta creíble. Es verdad que el realizador trata de que sus actores interactúen poco en toda la primera parte, eso ayuda a que los no actores queden parejos en su registro y no desentonen. A diferencia de Campusano, González no tiene el mismo nervio para filmar o no lo muestra en esta película. Por ejemplo las interacciones con el hermano de la compañera de trabajo quedan como apariciones abruptas. Lo más interesante es la banda sonora, que en algunos pasajes genera una atmósfera enrarecida, que aleja a la película del entorno que vemos. Gabriel Piquet


Rey Richard: Una familia ganadora, de Reinaldo Marcus Green / 6 puntos


Este biopic centrado en la figura de Richard Williams, el padre de Serena y Venus Williams, dos de las mejores tenistas de todos los tiempos, es una de esas películas que se construyen sobre una serie de manipulaciones evidentes, pero que a partir de la efectividad de los recursos utilizados termina resultando al menos simpática. Lo que le importa al film es mostrar el camino de una familia de clase laburante, que tienen como empresa grupal (pero especialmente del padre) convertir a estas dos chicas en las máximas referentes del tenis mundial. Hay algo de la distancia entre los personajes y el objetivo buscado que resulta absolutamente absurdo, y eso vuelve a la película casi como un cuento. Uno adivina que don Richard debe haber sido un sujeto algo más complicado que lo que muestra la película, endulzando y aligerando muchas de sus actitudes, pero Smith se encarga de hacer de ese personaje una criatura imprevisible. ¿El tipo busca el éxito o que sus hijas se perfeccionen? ¿Deposita en sus hijas una serie de frustraciones personales o lo hace por ellas? ¿Por qué las otras hijas aparecen orgullosamente relegadas? En verdad la película busca reforzar la idea del espíritu deportivo, mientras por otro lado nos recuerda que estas chicas ganaron millones. En esa contradicción constante se balancea un film que en todo caso sabe filmar eso que muestra (el registro del tenis es perfecto) y se aprovecha de la frescura de Saniyya Sidney y Demi Singleton, revelaciones absolutas como las hermanas Williams. Mex Faliero


Se va a acabar…, de David Blaustein y Andrés Cedrón / 5 puntos


“La poesía es un arma cargada de futuro” reza uno de los poemas más conocidos de Gabriel Celaya, representante del movimiento español de los años ‘50 y ‘60 denominado “poesía social”. El debate de si el arte debe ser un fin en sí mismo o servir a un objetivo ulterior es uno de los más trascendentales y conocidos de la crítica moderna. Claro, la cámara también puede ser un arma cargada de futuro, o al menos así lo creen aquellos que conciben al cine principalmente a partir de su capacidad de transformación política y social, la cual es a esta altura innegable. Este es el caso de David Blaustein y Andrés Cedrón, directores del documental Se va a acabar… que antes que nada es un manifiesto militante cuya función es exponer una ideología y ser un soporte material para una versión particular de la historia argentina, específicamente de los sucesos ocurridos antes y durante la última dictadura cívico-militar. La cámara y el montaje se ponen al servicio de reconstruir el testimonio de seis trabajadores que tenían en ese momento funciones sindicales y que sobrevivieron al genocidio perpetuado por las Fuerzas Armadas. El trabajo de Blaustein y Cedrón visibiliza relatos de personas olvidadas que tuvieron un rol importante en el devenir de los sucesos en aquella época y poseen por lo tanto un bien valioso que es la experiencia de aquel que ha puesto el cuerpo a la historia. Si el documental adquiere algún tipo de función estética es la de poner en escena estas subjetividades sin convertirlas (al menos no del todo) en meros soportes de un discurso. Sin embargo, los límites no quedan del todo claros, ni tampoco el orden de prioridad (personas antes que ideología, o viceversa). Por lo tanto, no resulta alocado pensar que este documental pretende ser juzgado como acontecimiento político antes que como acontecimiento artístico. Franco Denápole


Sexo desafortunado o porno loco, de Radu Jude / 8 puntos


Si la alteración es un estado que hemos naturalizado en el presente, nada mejor que los cronistas como Jude. Luego de un comienzo con un video porno casero se produce un corte, tan abrupto como pasar de la libertad del sexo al cuadro de una ciudad, Bucarest, en plena pandemia. Los juguetes sexuales han devenido en barbijos. Y la misma protagonista del video (que ha sido subido a Internet) es una profesora que se encuentra atormentada por la situación. Ahora bien, lejos de conducir esto en un drama convencional, el director rumano hace algo maravilloso y anárquico: utiliza esta excusa para un trazado en tres partes que dan forma a un recorrido desquiciado, incómodo y audaz. En la primera parte la mujer camina. Camina más que Monica Vitti con Antonioni. La cámara la sigue de lejos, pero hace lo que quiere. Irreverente, la abandona y se concentra en signos de una ciudad cuyos contrastes son evidentes. Es como si la mirada de la lente nos hablara de los efectos de este mundo gobernado por la desigualdad y la paranoia, Rumania como un lugar devastado, la tierra baldía de la Unión Europea. Y cuando lo desea, vuelve sobre nuestra protagonista para seguir sus pasos en las ruidosas calles, una sinfonía desafinada de bocinas y voces. La segunda parte es un compendio de frases y un montaje de imágenes donde, desde un lugar sardónico, se intenta dar cuenta de una imposibilidad: entender la identidad de un país y el derrotero de la historia. El único modo de enfrentarse a tal irracionalidad es el humor, la fábula. Es el puente que conduce a la última parte, un juicio donde luces y colores recuerdan a los barroquismos de Fellini, especie de farsa kafkiana con finales diferentes. ¿Otro exponente del cine del futuro? Guillermo Colantonio


Sycorax, de Lois Patiño y Matías Piñeiro / 5 puntos


El universo de Las Shakesperiadas, el ciclo de películas donde Piñeiro reinterpretó personajes femeninos de las obras de William Shakespeare, vuelve a hacerse presente en esta colaboración con Patiño, para contar el intento de un grupo de actrices por darle voz a la bruja Sycorax, personaje de La tempestad. En la obra, Sycorax es la primera en llegar a la isla, pero no se sabe mucho sobre ella: que dio a luz a Calibán, y que encerró a Ariel en un árbol. El dispositivo es similar a los films anteriores de Piñeiro: historias que avanzan entre las intimidades de la creación teatral y los conflictos de sus protagonistas, con una apuesta formal que busca representar ese cruce sin distinguir del todo sus partes. Teatro y vida como una misma dimensión poética. Quizás por la corta duración, o acaso por una experimentación demasiado críptica, Sycorax no logra dar cuerpo a sus personajes, lo que la aleja de la empatía que suelen suscitar las películas del director porteño. El encuentro de miradas con Patiño tal vez pueda verse en la manera en que la cámara capta la naturaleza de la isla, pero el resultado está lejos de poder entablar un diálogo entre los dos. En cambio, se parece más a un ejercicio caprichoso y un poco indescifrable. Marcos Ojea


The taking, de Alexandre O. Philippe / 7 puntos


Este film podría clasificarse dentro de un género liminal y de pertenencia algo incierta: el video ensayo. Este tipo de producción posee un rasgo identitario: la subordinación de los componentes audiovisuales a una voz que guía la aventura interpretativa del espectador. Mientras que el cine ensayo, pariente cercano de este, trabaja más que nada con material original, el video ensayo se vale principalmente de la utilización de archivo, reeditado y alterado para funcionar en favor hipótesis sobre asuntos muy diversos. El último trabajo de Philippe pretende realizar una lectura en clave semiótica, histórica, mitológica y cultural (sí, todo eso) de un paisaje muy caro al cine clásico norteamericano: el Monument Valley, donde se han filmado una infinidad de westerns. El documental bombardea al espectador con idea tras idea, de manera tal que se hace cada vez más difícil seguir y vincular nociones tan heterogéneas, provenientes de disciplinas diferentes. El resultado es agridulce: de tantas hipótesis enunciadas, algunas resultan más interesantes, y otras, un poco más esotéricas y tiradas de los pelos. Pero el componente más disonante del trabajo de Philippe es la crítica de la apropiación cultural del espacio en cuestión por parte de Hollywood, a partir de la aparición de una serie de voces pertenecientes al pueblo Navajo. Estas no llegan a insertarse de forma coherente, de modo tal que parecen salidas de otra película, o peor aún, que quieren mostrar cierto arrepentimiento del deseo de hacer un documental sobre el cine norteamericano, el western y John Ford. Franco Denápole


Titane, de Julia Ducournau / 6 puntos


Hay una intención por vender a la película de Ducournau que ganó la Palma de Oro en la última edición de Cannes como una historia de terror. Se escuchan palabras altisonantes como “brutal”, “transgresora”, “salvaje”, y lo cierto es que si hay algo ligado al género, aparece solo en el primer tramo, y está relacionado con uno de los gestos festivaleros por excelencia: la provocación. Después del breve prólogo que nos introduce al porqué de la placa de titanio en la cabeza de Alexia, la protagonista (Agathe Rouselle), aparecen rápidamente en pantalla el sexo visto como mercancía (montado sobre una fantasía automovilística ballardiana), la violencia como desahogo, y ambos como exploración. En los crímenes que comete Alexia hay una fascinación casi infantil por el acto de matar, y en la manera en que Ducournau los retrata hay un regodeo que fácilmente puede confundirse con transgresión, pero que quizás no sea más que pose para la tribuna. Esto queda patente en el giro que la película da a partir de la transformación de Alexia, y que termina por imprimirle un aire de gratuidad a lo visto hasta entonces. Lo que sucede después es, sin duda, lo mejor que tiene para ofrecer el film. En el ingreso de Alexia a ese mundo erótico e híper masculinizado del cuartel de bomberos, y en el interior de la casa de Vincet (Vincent Lindon), que ocupa el rol de padre, Ducournau encuentra la textura justa para plasmar sus temas. Sin dejar nunca de ser perturbadora (otra de esas palabras que generan desconfianza, pero que acá aplica), la película va despojándose de esa necesidad de gritarle al público lo retorcida que es, y deja al descubierto lo que realmente importa: el cuento fantástico sobre la búsqueda de la identidad, la familia, la pérdida, y la posibilidad de abrazar lo monstruoso para encontrar una salida. Marcos Ojea


Tres en la deriva del acto creativo, de Fernando Solanas / 6 puntos


El último film de Solanas es una carta de amor al acto creativo a través de tres voces que son fundamentales en la expresión artística nacional desde la década del ‘60. El artista Luis Felipe “Yuyo” Noé, el dramaturgo Eduardo “Tato” Pavlovsky y el propio Fernando “Pino” Solanas recorren su trayectoria, inquietudes creativas, el dolor del exilio, su vida familiar, los pequeños placeres y las inseguridades que recorren sus vidas. El film no cuenta con algunos de los sellos distintivos de la filmografía documental de Solanas, en particular el trabajo quirúrgico en la edición y la unidad visual en la composición del encuadre -algo que denota el sello testimonial y relajado de algunas de las secuencias testimoniales- pero su estructura narrativa minuciosa dividida por separadores es un rasgo ineludible. Entre la riqueza de las anécdotas, la charla amena y los sellos estéticos de sus obras sobresale un ineludible tono melancólico al tocar un tema que sobrevuela el documental: la muerte. Aparece esbozada en el desenlace con el segmento Despedida, que hace referencia a los últimos momentos y muerte de Pavlovsky, pero la pérdida reciente de Solanas le da un marco esencial para quedarnos con los momentos más celebratorios de su figura. Cristian Ariel Mangini


Una escuela en Cerro Hueso, de Betania Cappato / 8 puntos


Una niña autista luego de ser rechazada en 17 colegios, es aceptada en una escuela rural. Basada en un hecho real que la involucra, el hermano de la directora sufre de autismo y padeció el no ser aceptado por varias instituciones antes que lo aceptara una escuela. Adjetivar no suele ser bien visto en este tipo de reseñas, pero la descripción que le calza perfecto a la película es la de hermosa. Es una trama que mezcla ficción con elementos documentales, la interacción de actores profesionales y no actores, tiene una fluidez pocas veces vista en el cine argentino. Los niños que son compañeros de Emma (la joven autista interpretada por una de las revelaciones, la entrerriana Clementina Folmer) son tan naturales que uno rápidamente se siente absorbido por lo que hacen y cómo lo hacen. Es una historia de integración, los padres vinculándose con una nueva comunidad, los niños de la escuela aceptando a su nueva compañera. Todos los procesos de cambios que muestran los personajes están bien contados. Las dificultades de los padres en el día a día con Emma están trabajadas de forma que a medida que pasa el tiempo los vemos padecer/disfrutar de lo que es cuidar y educar a un hijo con problemas de autismo. Está bueno ver cómo se reinventan, son profesionales de una clase social más alta que se involucran con ese entorno que fue el único que los recibió, aunque haya veces que extrañan su pasado. Hay una escena que muestra al padre de Emma mirando el otro lado del rio, en donde se ve un edificio moderno como dando a entender que de ahí vienen. Tiempo después lo vemos tomar una cerveza con uno de los vecinos de su nuevo barrio. La película avanza y parece que no tuviera conflicto, como habitualmente lo vemos presentado en el cine de ficción. Es que ese conflicto ya viene en el inicio, entonces todo lo que nos prometió, se cumple. No hay giros, no hay golpes bajos, es una película sencilla, directa y sí… hermosa. Gabriel Piquet


Una mujer, de Jeanine Meerapfel / 6 puntos


Cuando un ser querido se va de este mundo, una tendencia recurrente es hurgar entre sus objetos, sus fotos y otros tantos signos que activen la memoria (pero también el olvido), alguna que otra revelación y la ilusión de restituir una identidad. La película de Meerapfel propone un viaje a través del tiempo a partir de la muerte de su madre, no para erigir un modelo ni mucho menos, sino para hablar de la épica de los descalzos, la de los inmigrantes que llegaron a la Argentina y su descendencia a través de generaciones. De modo tal que el documental trabaja siempre entre lo general y lo particular, para que las historias privadas sean visibles y escuchadas como parte del derrotero de un país. Las paradas son varias y los materiales heterogéneos. No obstante, la película asume dos desafíos en su misma puesta en escena. Uno es común a toda esta variedad genérica, a saber, el modo en que un retrato íntimo o un álbum familiar logra la empatía de los espectadores, materia que debe inscribirse en el terreno de lo subjetivo (siempre y cuando el ombliguismo de la pose no se imponga); el segundo es la omnipresencia de la voz en off que, en este caso, no da respiro prácticamente y le otorga un tono monocorde a la propuesta pese a contener puntos de verdadero interés. Como todo viaje, tal vez, sea bueno aprovechar los mejores momentos. Guillermo Colantonio


Veneciafrenia, de Alex de la Iglesias / 8 puntos


La histórica sección del festival “Hora Cero” fue inaugurada este año con última película de De la Iglesia, una suerte de slasher grotesco que trata acerca de una sucesión de acontecimientos trágicos que comienzan a ocurrir en la ciudad de los canales luego de la llegada de unos turistas españoles. Desde el tráiler, el largometraje busca un tono próximo a la horror comedy, no en su variante paródica sino en aquella otra que encuentra humor en la crueldad y en lo tétrico. Esto se logra a partir del diálogo entre imagen y banda sonora: la imagen muchas veces va por un lado y el sonido por otro, y el contraste resulta desconcertantemente divertido. Pero si hay algo en lo que la película destaca es en el diseño de producción y la construcción del espacio ficcional, la recreación particular que hace de la ciudad de Venecia. De la Iglesia aprovecha la arquitectura del lugar a su favor, haciendo referencia a su pasado y tejiendo escenarios que cruzan la estética del histórico Carnaval de Venecia, sus tradicionales teatros y sus calles laberínticas para articular un estilo visual que se agencia perfectamente con el género que quiere ejercitar. De ese cruce surgen dos personajes fantásticos, o mejor dicho un personaje desdoblado, una suerte de arlequín monstruoso y violento, guiado por un instinto animal, que poco a poco se transforma en otra cosa, va cobrando racionalidad hasta volverse su inverso. Sin embargo, si hay algo que achacarle a Veneciafrenia es que amaga en la secuencia de títulos a acercarse al giallo pero su intención nunca pasa de una referencia circunstancial. Franco Denápole


Vortex, de Gaspar Noé / 8 puntos


Noé, catalogado como un provocador, un artista en el collage de imágenes de alto impacto y de recursos visuales funcionales a la narratividad, pretende hacer foco en sus orígenes con este film. El director, que venía decayendo con un abuso repetitivo de la fórmula que tanto éxito lo instaló con Irreversible, deja de lado el contenido en formas vacías, videocliperas y superficiales. Sin embargo, Vortex guarda cierta utilización del recurso de pantalla partida para contar una misma acción o diferentes aventuras de una pareja octogenaria, pero con núcleo en esta rica y simple historia. Aquí somos testigos opresivos de la convivencia y los achaques de un matrimonio de tercera edad con un magistral Dario Argento estrenándose como actor, quien aporta tanta naturalidad y realismo dentro de este pequeño y consolidado reparto, que asusta. Noé continúa siendo no apto para flojos emocionalmente hablando, aunque esta vez se deba por lo sencillo de una trama cruda y realista como la vida misma. Vortex es una oda a la vejez y sus enfermedades irreversibles y progresivas que nos habla de la sociedad, el paso del tiempo en comunión con el otro, los recuerdos, las costumbres, hábitos, hasta las cosas físicas que nos rodean. El drama aumenta cuando el único pobre nexo de esta pareja es un hijo en proceso de rehabilitación de drogas, a quien se le hace cuesta arriba su rol de protector, y un pequeño nieto con típicos problemas de disciplina de su corta edad. Nunca es tarde para acercase a Noé, quien divide aguas entre amantes y detractores de su controversial obra. Rosana López


Yo y las bestias, de Nico Manzano / 7 puntos


Open doors would soon be shut / So I went from day to day / Tho’ my life was in a rut» cantaba Peter Gabriel en Solsbury Hill de su primer disco solista, haciendo referencia a su partida del grupo Genesis. Pensaba en esta canción al ver el largo derrotero del personaje de Andrés (Jesús Núñez) tras dejar abruptamente su banda Los Pijamistas en Yo y las bestias, la muy personal ópera prima del venezolano Manzano. El film es una celebración del “Hazlo tú mismo” (o DIY en inglés) pero lo muestra en sus aristas más feas: el dolor de la ruptura, el desconcierto y la crisis de identidad. Además, cuando Andrés emprenda su proyecto solista el camino se le hará cuesta arriba por la identificación con los temas de su viejo grupo, falta de colaboración y problemas técnicos con los que no contaba. A pesar de esto sobreponerse hasta buscar una voz propia es un poco de lo que habla la película de Manzano, que vibra entre una paleta luminosa y los pasajes instrumentales que decoran cada secuencia contraponiéndose a la amargura del personaje de Andrés. Yo y las bestias se sostiene en una tensión que por momentos resulta insoportable, en parte porque el relato le da a Andrés una seguidilla de golpes, pero la astucia de Manzano esta en no caer en el cinismo ni mensajes simplones. Cristian Ariel Mangini


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