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Esto no es nuevo

Por Rodrigo Seijas

(@rodma28)

La semana pasada, hablaba en este artículo sobre críticos como Diego Batlle, Diego Lerer y Roger Koza, que vienen desplegando un comportamiento propio de policía ideológica que les sirve para disfrazar sus mediocridades, cobardías y luchas por minúsculos lugares de poder. En su columna del último domingo, Mex Faliero profundizó ese análisis, señalando cuándo Batlle comenzó su raid policial, poniendo etiquetas de derecha o izquierda a su antojo y sin argumentar su criterio. Lo cierto es que estas conductas no son nuevas: los mismos patrones ya estaban presentes hace unos cuantos años, aunque no de manera tan sistémica. Puedo certificarlo desde mi propia experiencia: en el 2014, Daniel Cholakian, que era redactor de este sitio web, se enojó por un editorial mío sobre el Festival Tres Fronteras al cual él había asistido como invitado. Por eso, decidió “renunciar públicamente” con un comentario en esa misma nota donde no paraba de agredirme a un nivel directamente personal, a la vez que me enviaba un mail (también con comentarios agresivos) con copia a toda la redacción del sitio y además utilizaba las redes sociales para comunicar su gesto, mientras era aplaudido por muchos colegas que nos conocían a ambos, pero no tuvieron necesidad de consultarme cuál era mi versión del asunto. El señor tenía mi mail, mi teléfono y, obviamente, la chance de decirme todo lo que pensaba personalmente, pero prefirió los fuegos artificiales propios del escrache público. Visto a la distancia, todo el episodio no deja de ser risible: para empezar, un festival demasiado pagado de sí mismo, que creía que cambiaba el mundo solo a partir de su nombre (¿conocen a alguien que hable de las Tres Fronteras en vez de la Triple Frontera?). Luego, un treintañero tratando de hacerse el agudo y combativo al criticar a un evento que estaba atado con alambre y que no le importaba a casi nadie. Finalmente, un cincuentón que no había superado la pubertad y que no sabía comportarse de forma más madura que un personaje de una telenovela berreta de Adrián Suar. Sumo otra bella anécdota: por el 2019, el entonces director de la carrera de Artes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, Ricardo Manetti (a quien tuve como profesor en la materia Historia del Cine Latinoamericano y Argentino), gustaba de hacerle bullying por las redes sociales a colegas como Federico Karstulovich, que eran particularmente críticos del kirchnerismo y sus políticas. Sí, el director de una carrera de una universidad pública -a la que pagamos con nuestros impuestos- tenía el tiempo (en plena jornada laboral) para chicanear y agredir a gente con la que tenía disidencias ideológicas. Me pregunto si ahora que es Vicedecano de la Facultad todavía tiene tiempo para dedicarse a esos menesteres. Repito: visto con un poco de distancia, todo es entre grotesco e hilarante. Pero hay que recordar que estos comportamientos infantiles son ejecutados por gente adulta, con trayectoria, que trata de cuidar sus espacios de poder. Y hay una mecánica llamativa pero también lógica: cuanto peor está el panorama (¿realmente se puede destacar algo de la situación del sector audiovisual argentino y las políticas públicas actuales?), mayor parece la necesidad de defender los lugares de poder, ya que la autocrítica no parece ser una opción. Ahora bien, siempre he creído que el diálogo y la búsqueda de acuerdos deben ser la primera opción, pero ¿qué se puede hacer con gente para la que el diálogo ni siquiera figura como alternativa? ¿Gente que cancela, que señala, que estigmatiza, que agrede? ¿Gente que prefiere invisibilizar al otro antes que debatir? No me gusta decirlo, pero no veo chances de construir nada con esta gente. Eso es lo que me genera mayor incertidumbre y ahí es donde las anécdotas anteriores dejan de resultarme graciosas.

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