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Condenado al ostracismo

Por Patricio Beltrami

(@Pato_Beltrami)

NdR: Este artículo contiene spoilers.

En 1989, Batman marcó un punto de quiebre para el cine de superhéroes. La película dirigida por Tim Burton presentó innovaciones narrativas y estéticas para la mitología de Ciudad Gótica, que incluso serían superadas en la notable Batman regresa (1992). Asimismo, los dos films protagonizados por Michael Keaton elevaron la vara para las futuras producciones del género, aunque hubo que esperar hasta el nuevo siglo para este salto de calidad se experimentara con mayor regularidad. Sin embargo, en 1989 también se estrenó The Punisher, que tiene más similitudes con las películas de acción ochentosas que con los universos de superhéroes.

Tanto cronológica como conceptualmente, la primera adopción cinematográfica de Punisher podría haber pertenecido a la Rannix, esa dimensión plagada de policiales e historias de venganza reaccionarias que se exhibe en Los Visionadores. Más allá del origen del personaje en los cómics de Marvel, la producción muestra todos los lugares comunes que el género había (sobre)explotado durante toda la década: un (anti)héroe traumado en busca venganza por el asesinato de su familia; un (ex)compañero leal que cree en su redención; mafiosos italianos y japoneses disputándose el control de una ciudad en decadencia; la inexperta agente que se suma a una cruzada imposible; un aliado/comic relief; golpizas, torturas, amenazas y muertes; tiroteos y puñaladas; toma de rehenes y persecuciones; artes marciales; y, por supuesto, espectaculares e innecesarias explosiones de casas, autos y edificios.

El problema es que nada de esto tiene sustento y, además, no hay una gota de autoconciencia. Luego de haber fingido su muerte tras el asesinato de su esposa y sus dos hijas, Frank Castle (Dolph Lundgren) vive escondido en las alcantarillas de la ciudad. Inexplicablemente rodeado de velas y desnudo, repite un mantra para justificar su deseo de castigar a los delincuentes. No existen momentos de reflexión acerca de los motivos que impulsan la cruzada del Castigador, ni siquiera ante la exagerada interpelación de su ex compañero. Para llevar adelante su lucha contra la delincuencia, el antihéroe solo necesita un informante adicto al alcohol; un inexplicable acceso a una ilimitada cantidad de armas y municiones; y su motocicleta, con la que recorre la ciudad y sus túneles subterráneos. Párrafo aparte para la escena del crimen de su familia, que aparece en pantalla sin relación de continuidad solo para que el espectador comprenda el trauma que alimenta la sed de venganza de Castle.

Si bien algunos de estos aspectos se reiteraron en las futuras producciones donde el personaje ha participado, en esta ocasión no hay otro anclaje en la trayectoria comiquera de Punisher. Quienes lo desconocen tranquilamente pueden creer que Frank Castle es otro justiciero desbocado producto del cine de acción de los ochenta. Incluso, ni siquiera el estreno cercano de Batman podría funcionar como excusa ante semejante fracaso artístico. Hubo que aguardar 17 años, incluidos otros dos fallidos films, para que el antihéroe de Marvel tuviera una adaptación a la altura de su popularidad. Gracias al acuerdo con Netflix, Frank Castle (John Bernthal) brilló en su reaparición durante la temporada 2 de Daredevil y, posteriormente, encabezó dos muy buenas temporadas de The Punisher. Sí, también hubo explosiones espectaculares, tiroteos interminables y violencia extrema, pero la producción se nutre del salto calidad del género: las historias tienen sustento y los personajes tienen desarrollo y arcos interesantes. Atada a las estructuras narrativas y a la estética de un agotado género de época, lógicamente The Punisher quedó condenada al ostracismo.

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