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Don’t tell a soul

Título original: Idem
Origen: EE.UU.
Dirección: Alex McAulay
Guión: Alex McAulay
Intérpretes: Fionn Whitehead, Jack Dylan Grazer, Mena Suvari, Rainn Wilson, McKenna Christine Poe, Shannon Cogan, Kate Duncan, Abigail Esmena, Richard Fike, Graham Lutes, Seth Poe, Jacob Dufour, Joseph m Robinson
Fotografía: Guillermo Garza
Montaje: Ben Baudhuin
Música: Joseph Stephens
Duración: 83 minutos
Año: 2020


8 puntos


LOS HERMANOS SEAN UNIDOS…

Por Rosana López

(@rousisattack)

No puede negarse la originalidad de este thriller en el que dos hermanos de un pueblito de mala muerte, por decisión del más grande, deciden robar en una casa abandonada por fumigación. Y a ello se suma que los descubre un guardia -interpretado excelentemente con plasticidad elogiable de Rainn Wilson (The office)-, quien merodeaba por el bosque y en medio de la huida de estos prófugos adolescentes cae en un pozo escondido. Linda premisa que hará sacar el jugo en gajos de Don’t tell a soul, obra debut de Alex McAulay.

Continuando un poquito más con la trama, la intensidad comienza a aumentar entre los hermanos cuando el más pequeño siente imperiosamente la necesidad de socorrer a aquel hombre caído y el hostigamiento del mayor solo despierta violencia en un hogar crítico y con una madre sumamente enferma. La madre, interpretada por una irreconocible Mena Suvari, postrada a un inmundo sofá y adicta a la TV. Una Mena Suvari más versátil y con experiencia en este tipo de papeles, lejos de personajes sexies que en el 2000 la hacían sentir una actriz codiciada en American Pie o Belleza americana.

A McAulay no solo se le agradece la frescura del guion de autoría propia, sino también esos sorprendentes giros de tuerca en el medio de la trama. Paréntesis aparte es la ambientación del pueblo invernal y austero que resulta ser un actor vigente e inmutable más, en este thriller colmado de drama. Drama que involucra a esta familia y sus miserias con reminiscencias de un atormentado pasado con consecuencias directas al presente. Por ello destaca en Don’t tell a soul ese bagaje y folklore de los pueblos sureños de Estados Unidos, donde se tiñe fuerte el “pueblo chico infierno grande” en toda una comunidad.

Su director no escatima en violencia, pero cuotificada, y en momentos cabales y precisos, lo que aumenta el realismo y la tensión en aquel contexto. A la vez, expone muy bien el perfil psicológico de los protagonistas balanceando la tensión y narrativa entre las víctimas y/o victimario. Así es como esta pequeña joyita, que viene cosechando muy buenas críticas en festivales como Tribeca y el Deauville American Film, resulta un deleite a la  vista y una bocanada de aire fresco en el género.

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