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La ventana indiscreta (1954)



CAZADORES CAZADOS

Por Rodrigo Seijas

(@funcinemamdq)

Alfred Hitchcock solía anticiparse a todos y no solo en las formas narrativas o estéticas con las que abordaba diversos géneros, subgéneros, estereotipos o temáticas. También supo prever conductas y hasta escenarios futuros, como si mágicamente estuviera espiando lo que iba a suceder o propagarse décadas después. Y lo genial del cineasta es que encima lo hacía con una combinación justa, precisa y bella de suspenso y comedia, de jugueteo y angustia, de romance y sangre.

Uno mira (o recuerda) La ventana indiscreta y no puede evitar asociar la trama con los tiempos actuales de pandemia y confinamiento. Es que de hecho uno se siente un poco como James Stewart, encerrado entre cuatro paredes, un poco condenado a espiar medio de reojo lo que hacen todos los vecinos. Pero claro, hay algunas diferencias: la mayoría de nosotros tiene algunas vías de salida, no solo físicas, sino también tecnológicas (celulares, computadoras, televisores, radios, etcétera), y no es que somos apenas un individuo paralizado, o reducido en su movimiento, sino que estamos insertos en un conjunto social en condiciones parecidas. Al mismo tiempo, no todos tenemos a alguien como Grace Kelly para consolarnos, ayudarnos y hasta amarnos.

Donde definitivamente coincidimos con el personaje de Stewart es en nuestra voluntad o colaboración para nuestro encierro, que parte del recorte de la mirada. Si al principio de la película, la cámara que utiliza el protagonista parece funcionar como un instrumento liberador, un escape a su existencia monótona y aburrida, con el paso de los minutos se va convirtiendo en su propia cárcel, o al menos en un factor más de encierro. Solo ve lo que puede ver, incluso cuando elige, y lo que contempla va implicando no una mera forma de entretenimiento, sino también una carga ética y moral, que impulsa acciones pero también pasividad. ¿Cuánto modifica los acontecimientos la mirada de Stewart? ¿Cuánto lo modifican los acontecimientos a él? ¿Hasta qué punto puede hacerse responsable y cambiar la realidad que contempla pero también lo incluye? ¿Cuánto de lo que observa es real y cuánto es una construcción suya como espectador y hasta de la propia imagen? Del mismo modo, nosotros, sujetos encerrados para que el coronavirus no nos alcance, contemplamos a nuestros vecinos tratando de recuperar una idea algo banal de contacto humano, pero usamos todos los dispositivos a nuestro alcance, que a su vez son puentes a otras redes de contacto: ahí tenemos Facebook, Twitter, Instagram y un largo etcétera como ventanas de exhibición, como un conjunto de imágenes donde prevalece el artificio.

Stewart se comporta en La ventana indiscreta como un cazador y hace a Kelly cómplice de esa cacería, que tiene mucho de lúdico y humorístico. Claro que ellos no son los únicos jugadores y ahí es donde Hitchcock construye como habilidad a un antagonista que introduce sus propias reglas, cambiando el rumbo del juego. Es que mirar es jugar, pero hay otros que también juegan, parece decirnos Hitch. Por eso la mirada se va transformando en una trampa, en una aventura cada vez más peligrosa. Al igual que Stewart y Kelly, nosotros somos cazadores: rastreamos información en las redes, señalamos de diversas formas a quienes no nos simpatizan, actuamos como policías en base a pequeños indicios dados por nuestras miradas. Y, convengamos, no deja de ser un entretenimiento casi adictivo: es placentero creer saberlo todo solo con la información que nos proveen nuestros ojos. El problema es que hay otros cazadores dispuestos a tendernos trampas y cambiar las reglas del juego.

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