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¡Qué verde era mi valle! (1941)



RECUERDOS DE INFANCIA

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

En estos tiempos aciagos que nos tocan vivir nunca viene mal volver a los universos de tipos como John Ford, que sentaron las bases no sólo de la tradición cinematográfica más clásica, sino de una forma de mostrar la nobleza de personajes atravesados por contradicciones: nobleza necesaria, que nos envuelve y se vuelve escudo contra el cinismo y la miseria. Esos universos que a pesar de las durezas que representan, no dejan de pensar con emoción en aquello que nos acerca como seres humanos. Y si bien Ford es un director relacionado -un poco injustamente- de manera exclusiva con el western, tiene en su haber una obra maestra (entre tantas) del melodrama como ¡Qué verde era mi valle!, una de sus películas más icónicas por fuera de aquel género. Basada en la novela de Richard Llewellyn, es el relato evocativo de Huw Morgan, un hombre que rememora su infancia cuando vivía en un valle galés y en el seno de una comunidad de mineros allá por el Siglo XIX. Una película pautada como una serie de recuerdos que tiene en su propia confección ese transitar caprichoso de la memoria.

En ¡Qué verde era mi valle!, en los recuerdos de Huw, se mezcla la vida familiar pero también la de la comunidad, la mirada sobre conflictos religiosos y políticos. La familia Morgan está integrada por un padre duro de esos que respetan las tradiciones, cinco hijos varones, una madre protectora, y una hija que se debate entre aquello que se exige y su propio deseo. Todos sostenidos por los ingresos del duro trabajo en la mina. Ford era un director visualmente virtuoso, y su uso de la profundidad de campo se vuelve aquí impactante: ese valle de casas bajas y clase trabajadora, asediado en el fondo por las chimeneas y el humo negro que emerge de las minas. Un entorno entre poético y material reproducido en los estudios del 20th Century Fox Ranch. El retrato que hace Ford se debate entre lo naturalista y lo bucólico, con esas largas hileras de hombres cantando y marchando al trabajo, mientras las mujeres esperan y observan en la puerta del hogar. Todo un mundo popular, de tradiciones fuertes, que Ford representa con la fuerza de la imagen cinematográfica. Hacia adentro, en el hogar, las discusiones familiares que distancian a hijos de padres, lo religioso, los vínculos laborales, la necesidad de unión de los trabajadores y el horror del padre ante sus hijos hablando de “socialismo”. Lo de Donald Crisp como Mr. Morgan es realmente imponente.

Ford era un hombre de tradiciones y en ¡Qué verde era mi valle! las representa pero sin imponerlas. Más allá de lo que sabemos que él podía pensar, su cine abría fronteras hacia una mirada moderna o atenta a destacar las hipocresías. Entonces la fe religiosa se quiebra, el respeto del padre a la patronal sufre un traspié con la disminución de las fuentes laborales y mientras el mundo de los hombres se derrumba, las mujeres como sostén o posibilidad de cambio. Doña Morgan (Sara Allgood) como reserva moral de esa familia en un duro discurso ante los trabajadores o Angharad (Maureen O’Hara) como la hija que termina enfrentada a la comunidad. Y mientras todo esto sucede, ¡Qué verde era mi valle! avanza con la fuerza episódica de las viñetas ante una fluidez narrativa elocuente. Y sin dejar de lado los tópicos fordianos habituales: gente que se agarra a piñas, que canta, que baila y que bebe como si el mundo se fuera a terminar mañana. Porque como diría Huw al comienzo “no he conocido a nadie cuya conversación supere a una buena comida”. Una bella historia de pesares contada con la amabilidad de un tipo que exhibe esa sabiduría popular.

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