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Chappaquiddick

Título original: Ídem
Origen: EE.UU. / Suecia
Dirección: John Curran
Guión: Taylor Allen, Andrew Logan
Intérpretes: Jason Clarke, Kate Mara, Ed Helms, Bruce Dern, Jim Gaffigan, Olivia Thirlby, Clancy Brown, Taylor Nichols, John Fiore, Gillian Mariner Gordon, Katie Henoch, Lexie Roth, Angela Hope Smith, Vince Tycer, Victor Warren, David De Beck, Andria Blackman
Fotografía: Maryse Alberti
Montaje: Keith Fraase
Música: Garth Stevenson
Duración: 106 minutos
Año: 2017


5 puntos


CRISIS, OPERACIONES Y CULPA

Por Rodrigo Seijas

(@fancinemamdq)

En 1969, Ted Kennedy ya ocupaba un asiento en el Senado de los Estados Unidos y, tras los asesinatos de sus hermanos John F. y Robert, había quedado como la cabeza de su familia. No solo eso: ya empezaba a sonar como un posible (y hasta firme) candidato a la Presidencia, a partir de las resonancias que traía su apellido. Sin embargo, toda esperanza de una escalada en su carrera se acabó luego de que tuviera un accidente, repleto de puntos oscuros, en el que estrelló un auto en un río, con el consiguiente fallecimiento de Mary Jo Kopechne, una joven integrante de su equipo de campaña. Chappaquiddick –que hace referencia al lugar del accidente- se ocupa de contar lo sucedido alrededor de ese evento, en un relato al que le cuesta cobrar fuerza.

O más bien, le cuesta arrancar, porque los primeros minutos de Chappaquiddick quieren construir, lógicamente, a Ted Kennedy (Jason Clarke) como personaje, mostrándolo como un hombre que no encuentra su lugar dentro del panteón familiar, condicionado por el legado de sus hermanos y la figura intimidante de su padre; inconforme con su presente y a la vez indeciso respecto a su futuro, ya que la idea de ser Presidente no lo atrae mucho. Pero ese retrato de crisis existencial es remarcado y superficial a la vez, porque está armado solo desde lo individual, sin una conexión cabal con el contexto social que lo rodea. Ese estancamiento se prolonga aún después del accidente, que podría haber sido el desencadenante para impulsar al relato: las actitudes erráticas de Ted luego del evento contagian un poco al film, que no se decide a avanzar y encima no le pudo otorgar previamente entidad a la asesora que era Kopechne (Kate Mara), de la que solo puede intuirse que tenía una relación ambigua con Ted, donde pesaba también la sombra de la ausencia de Robert Kennedy.

Recién luego de una media hora inicial que roza lo tedioso es que Chappaquiddick arranca en serio, a partir de cómo va mostrando las maniobras no solo de Ted sino de buena parte de la cabeza dirigencial del Partido Demócrata para encubrir los aspectos incómodos del accidente, mostrar a ese joven Senador más como víctima que como victimario y lograr que todo el asunto se olvide rápido, aprovechando de paso la distracción que suponía la inminente llegada del hombre a la Luna. Ahí el film de John Curran muestra de manera bastante cruda a un grupo de hombres poderosos y con mucha experiencia (por ejemplo, un tal Robert McNamara) aprovechando todos los recursos a disposición para barrer la basura debajo de la alfombra, demostrando que no solo los Republicanos han sido expertos en encubrimientos y operaciones mediáticas y/o judiciales. Cuando revela esa maquinaria del poder que está siempre tras bambalinas, la película cobra credibilidad y hasta logra potenciar el drama existencial no solo de Ted –que se debate constantemente entre el pragmatismo de cuidar su pellejo y lo que cree que es justo- sino también de otro personaje como Joseph Gargan (Ed Helms), que es su asesor y a la vez casi como su hermano, pero que posee su dosis de idealismo, lo cual lleva a cuestionarse las acciones que ve a su alrededor.

Claro que la indecisión y debate interior que aquejan a Ted y Joseph también persiguen a la película, a la que le cuesta encontrar el tono apropiado. En Chappaquiddick conviven pasajes de drama íntimo y familiar; sentencias políticas y comunicacionales; dilemas éticos y morales; y hasta instancias de patetismo (Ted poniéndose un cuello ortopédico para fingir una dolencia física que no tiene), pero ninguna de las vertientes llegan a tener un real impacto. Su mérito principal está en abordar una historia definitivamente incómoda, donde los Kennedy (esa familia que parece ser la eterna representación del idealismo y la tragedia americana) no quedan bien parados, aunque la narración no deje de portar la típica dosis de culpa hollywoodense.

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