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La rueda (1923)



EL CINE Y SUS POSIBILIDADES

Por Rodrigo Seijas

(@funcinemamdq)

En la década del 20, el cine todavía era un arte joven buscando definirse a sí mismo y frente a las demás disciplinas artísticas, tratando de encontrar su lugar en el mundo que lo distinguiera. El francés Abel Gance iba a entregar su obra más recordada en 1927 con la monumental Napoleón, pero cuatro años antes, con La rueda, ya insinuaba lo que podía lograr como cineasta pero también lo que podía aportar el cine como lenguaje autónomo. Y lo hacía no solo desde la técnica, sino también desde la sensibilidad.

Porque La rueda, a más de noventa años de su estreno, continúa siendo un prodigio del montaje, que seguramente luego les sirvió como guía a cineastas como Sergei M. Eisenstein –especialmente con todo el entramado discursivo compuesto por La huelga, El acorazado Potemkin y Octubre-. Pero si el soviético siempre concibió las posibilidades formales del montaje en función de la transmisión de un conjunto de ideas y conceptos, lo de Gance apuntó hacia el delineamiento de una poética. Su film es una bella sinfonía visual, donde el ritmo que imprime la edición, sumado a un magnífico e innovador trabajo con la iluminación, tiene como objetivo de fondo el darle sustento al melodrama.

En ese género que es el melodrama siempre hay deseo, pasión, desenfreno, y el cineasta, a pesar de las barreras lógicas de la época, no le tema a esas características, pisa el acelerador a fondo y busca explotar todas las posibilidades que ofrece el cine en función del relato. En base a eso, plantea un triángulo amoroso entre un hombre, su hija adoptiva y su hijo biológico donde lo filial, los lazos parentales y los vínculos sanguíneos juegan papeles decisivos: antes que nada, La rueda es una tragedia cuyos protagonistas tratan de hacer las cosas bien pero toman decisiones equivocadas que les hacen daño aún contra su voluntad. Desde esa base narrativa –que no deja de tomar variables ya transitadas miles de veces- es que Gance puede luego diseñar una mirada sobre el tiempo a nivel social y humano.

En verdad, La rueda es una reflexión explícita y potente sobre cómo lo temporal afecta al ser humano y los sentimientos que lo movilizan, pero también cómo las acciones configuran un hilo temporal. El pasado, el presente y el futuro se construyen desde las decisiones y los movimientos, desde una continuidad indetenible y hasta predestinada. Gance no se andaba con sutilezas pero eso era producto de la asombrosa consciencia de lo que estaba haciendo: en su film había experimentación, sin lugar a dudas, pero también un conocimiento cabal sobre el dispositivo que tenía que entre mano y lo que podía aportar. La rueda es una película sobre la inevitabilidad de lo romántico y el progreso incontenible (y hasta impiadoso) que ya era una marca patente del Siglo XX, pero también sobre el inmenso abanico de posibilidades que ofrecía el arte cinematográfico. Gance, a puro romanticismo, nos decía que el cine era el arte de ese presente pero también del futuro por venir.

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