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24 líneas por segundo: Whiplash, o el espíritu del triunfo

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

whiplash dosCuando Rodrigo Seijas me dijo que había visto Whiplash y que no sabía si le había gustado o si la había odiado, me generó altísima intriga: tenemos un gusto bastante parecido en materia cinematográfica, así que tenía que verla para confirmar sus presunciones (o dudas). Y como pocas veces en años, cuando terminé de ver el film de Damien Chazelle primero noté que estaba al borde del asiento, excitado, a punto de colgarme del techo y con la certeza de que acababa de ver una película enorme y fascinante. Sin dudas, Rodrigo es una persona mucho menos cínica que yo, y a él esos componentes deshumanizados que la película plantea -sin juzgar- le hacen ruido. Donde yo veo un disfrute amoral, él nota una celebración de cierto tipo de dolor. El tema es, debo reconocer, que la película cuenta con algunos elementos de esos que habitualmente me generan repudio, pero que sin embargo aquí el director supo trabajar para mi entera fascinación. Así que debo explicarme un poco, al menos a mí mismo, y creo encontrar la clave del por qué disfruté Whiplash: el film habilita ciertas comparaciones con las películas deportivas -desde el montaje hasta la construcción de personajes opuestos y semejantes-, y edifica héroes que se parecen al tipo de héroe deportivo que me gusta ver en una cancha. Hay gente que admira deportistas carismáticos que pasan por la vida sin molestar a nadie, bonachones como Enzo Francescoli, Messi o Emanuel Ginóbili; hay gente que precisa que sus ídolos no sólo sean buenos en lo suyo y carismáticos, sino además una especie de líderes revolucionarios contra el poder institucionalizado, tipo Maradona o Riquelme. A mí, particularmente, los primeros me generan desconfianza, y los segundos me resultan mitos que gozan de sobre-lecturas sin vínculo alguno con la realidad. Por el contrario, mis ídolos deportivos son esos tipos híper profesionales, seguramente antipáticos porque tienen la manía de ser terriblemente ganadores pero a la vez nada carismáticos, que dudan con su actitud de ese axioma mediocrizante de “lo importante es competir”, y cuyo objetivo es ganar: con armas nobles (porque no estoy celebrando el bilardismo, como en esa lectura errónea que hizo Diego Lerer), sin necesidad de sobrelecturas politizadas vulgarmente, y buscando -siempre pero siempre- la calidad y la excelencia. A los Michael Schumacher o a los Rafa Nadal de este mundo, va dedicada Whiplash.

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