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TRES FRONTERAS 2014: una perra y yo

Por Daniel Cholakian

(@d_cholakian)

cronica fin mundoSi algo faltaba a este cronista para convencerse de la forma intensa en que el pueblo de Iguazú se ha apropiado de este festival, eso ocurrió en esta cuarta jornada.

No había más asientos en la Carpa 1 donde estaba a punto de comenzar la proyección de la colombiana Crónica del fin del mundo. Para verla, debía sentarme en el piso -alfombrado- de la sala montada en el predio de Prefectura. Estirado en uno de los costados, observaba la gran cantidad de espectadores atentos al interesante corto cubano Madera. A poco de comenzar la proyección del largometraje, una perra, mediana, probablemente madre reciente y conocedora evidentemente de los tiempos cinematográficos, ingresó a la sala. Luego de una etapa de reconocimiento decidió estirarse, corta ella también, a mi lado. Fue así, que crítico y perra vimos juntos casi toda la película. Imagino que Leonardo Favio hubiera sido capaz de encontrar la forma cinematográfica de ese momento hermoso.

Una sala llena de público familiar -algunos niños cada tanto corren por la sala- y una perra acostada plácidamente, es la postal concreta de lo que nos entrega este festival. Deseo popular de encontrarse con el cine. Aquel que la historia económica, los desaciertos de las políticas culturales y la rara conformación de la condición de frontera, les ha negado durante años.

Y como lo prometido es deuda, hablemos un poco de las películas.

Lamentablemente lo visto hasta la segunda función del día martes (aunque obviamente no he visto todo), no es demasiado alentador. Corresponde destacar sin embargo, que la programación es consistente con el proyecto ideológico y artístico con el que Palomino y Valenzuela concibieron el festival. Películas de ficción con una estructura narrativa clásica, atractivas para un público masivo, potencialmente aptas para todo público y de géneros variados, aunque con esto no se reniegue de presentar un material con búsquedas estéticas más ricas que la media que suele presentar en las salas convencionales. Ni pochoclero ni puramente festivalero, para usar términos propios del presente cinéfilo.

No corresponde aquí intentar un ensayo sobre la comedia latinoamericana del Siglo XXI, ni podría hacerlo. Sin embargo parecería haber un mandato que obliga a reproducir el modelo exitoso de la comedia estadounidense, como si tal cosa pudiera hacerse a partir de tradiciones culturales diferentes. La comedia latinoamericana actual adolece de problemas de identidad. Cruce entre lo supuestamente efectivo de la comedia industrial y la telenovela, no termina de encontrar el registro popular que la comedia inexorablemente debe tener. Esto es a favor de la masividad, no en contra de la misma. Y no hace falta remontarse a Niní Marshall o Pepe Arias o Cantinflas para entender esto.

Como ya dijimos de Nena, salúdame al Diego, tanto Hugo, Paco, Luis y tres chicas de rosa (coproducción con Puerto Rico) como Crónica del fin del mundo, tienen algunas ideas interesantes, momentos que destacan, pero como unidades estético-narrativas presentan muchos problemas.

La coproducción entre Puerto Rico y Argentina cuenta la historia onírica de un profesor de literatura inglesa que, aquejado por una enfermedad sin cura, decide suicidarse. Su fantasía es llegar hasta un viejo faro y desde allí arrojarse al fondo de un acantilado. En el viaje hacia allí atraviesa la barrera entre lo real y lo extraño. Sube a su auto un adolescente escapado de su fiesta de graduación y, como si estuvieran en el desierto tejano, cruzan un desierto con un sheriff, un bar perdido en la nada con luces de neón, tres hermosas mujeres, café de filtro y tartas de cereza. Y un motel donde pasar la noche lluviosa antes de llegar al faro. A partir de allí todo es confusión, lugar común sobre la vida, el amor, la fidelidad y decir las cosas que uno lleva en el alma. Las actuaciones carecen de coherencia (unos actores parecieran actuar en una película y otros en una diferente) y la puesta en escena se queda a mitad de camino entre el kitsch almodovariano mal aprendido y la comedia tradicional. El resultado es una película que desanda los primeros gestos interesantes logrados por la irrupción de lo fantástico, para caer en un producto mediocre, con una resolución formal carente de toda gracia y un conjunto de actuaciones que nunca logran dar el tono de ese universo mágico que la misma narración supone.

La colombiana Crónica del fin del mundo también elige una situación extraña como punto de partida. Y coincidentemente su protagonista es un profesor universitario que también cree que el mundo ya no merece ser vivido. Aunque él decide esperar encerrado en su casa el final, que no será personal, sino será el fin del mundo. Durante veinte años este hombre se ha quedado allí, sin salir a la calle, después de la muerte de su esposa. Su hijo, un frustrado realizador cinematográfico, es su contacto con el mundo. El está pasando un pésimo momento familiar y económico. El viejo profesor gasta su tiempo llamando a servicios públicos o a viejos enemigos, para decirles sin pudor todas las cosas que piensa de ellos, en un gesto vano y personal de justicia mínima o reparación histórica. Sólo con tres escenarios (la casa del padre, la casa del hijo y su esposa y una mesa de bar -siempre mal filmada y actuada-) Crónica del fin del mundo reproduce, como las anteriores comedias comentadas, un sinfín de discursos vanos sobre la felicidad y el amor y se hace larguísima con apenas 85 minutos de duración, que culminan con un final “psicologista” que explica todo y el mundo, del cual mejor olvidarse.

Seguramente mañana tendré mejores noticias. Sigo siendo (Kachkaniraqmi) y La salada, dos películas muy premiadas y recomendadas, serán presentaciones que podremos ver en este Festival de las Tres Fronteras, uno de los más interesante que me haya tocado cubrir en algo así como 10 años. Hasta acá, sólo faltan un par de buenas películas.

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