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OSCAR 2013: el lado luminoso o la noche más oscura

Por Mex Faliero

argo oscarEl Oscar no es más que un premio. Uno más, entre tantos. Pero, por el peso de la industria que lo postula, es obvio que se le presta más atención que a ninguno. Seguro que no una atención en función de analizar los valores del arte cinematográfico: en verdad, vaya uno a saber cuál es el interés, pero de seguro que este no es un resumen del cine mundial, es apenas un recorte que hace la industria norteamericana de lo que debe ser su cine y de cómo el cine foráneo que se le parece debe ser reconocido. También, por qué no, es un entretenimiento deportivo donde podemos apostar por el que más simpático nos caiga dentro de un sistema de estrellas. Más allá de todo, esta nueva entrega -la 85ª- ganada por Argo ha dado bastante para el análisis: que la Academia se haya dado cuenta de su error no nominando a Ben Affleck como director (no porque tuviera que estar sí o sí, sino porque en la lógica del premio resultó inconcebible su ausencia) y termine reconociéndolo en una ceremonia (y tiempo político) que dejaba todo servido para Steven Spielberg y su Lincoln, no es un dato menor. Habla de cómo la Academia se abre, se torna más susceptible a un contexto y reconoce, tácitamente, sus errores. Y no es menor luego de dos entregas en las que películas como El discurso del rey y El artista la mostraron, como nunca, alejada del cine.

Antes que nada, la entrega del Oscar es un show. Bueno, al menos debe serlo. Por eso, el Oscar puede ser analizado tanto por su puesta en escena (la entrega) como por sus simbolismos (el premio). En lo que respeta al espectáculo, la ceremonia estuvo en deuda: era más que obvio que Seth MacFarlane no iba a poder desarrollar del todo su provocación habitual, pero se lo notó contenido -algunas buenas ideas: la descolgada parodia a El vuelo hecha con títeres y la canción sobre las tetas, más un chiste sobre Lincoln que fue fustigado por la pacata colonia artística hollywoodense- y encima ni los números musicales ni los editados (el de James Bond fue básico) le ayudaron en nada. La aparición de William Shatner tuvo sus méritos y algunos onliners del anfitrión funcionaron. No mucho más, en una ceremonia que se hizo larga y sólo ofreció pericia técnica y el talento de algunas voces: convengamos que tener en una misma noche a Shirley Bassey, Barbra Streisand y Adele es trampa. Es llamativo cómo hace dos décadas el Oscar ofrecía, como espectáculo, un impacto extraordinario y en la actualidad se ha convertido en un show del montón: ¿tendrá que ver con el acceso que tenemos, tanto espectadores, a todo tipo de propuestas a través de Internet? O esta gente se quedó sin ideas o somos muy difíciles de conformar.

Pero centrémonos en lo cinematográfico y lo que puede o no significar el premio a Ben Affleck. Lo que particularmente saludo es que la distinción a Argo, más allá de todo lo que podamos discutir su material de base y lo que puede o no estar representando políticamente (un debate que en el fondo no me interesa, pero que es indudable que lo da cuando se mete con cuestiones políticas), es el reconocimiento a un director que parece atento a continuar una línea clásica en su cine y que se aleja de la pirotecnia muchas veces sin sentido del cine contemporáneo. Este premio a Argo no dista mucho de los reconocimientos obtenidos en los últimos años por Clint Eastwood, por ejemplo. Y también celebro este premio porque, como se dijo anteriormente, luego de dos películas torpes como El discurso del rey y El artista, Argo es una película que nos permite discutir apasionadamente sobre cine. Hasta una película que no me gustó nada como Amour da para discutir. Este Oscar 85º despierta a la Academia del sueño de los últimos años, ese del que había despertado un poco cuando premió a Viviendo al límite.

Pero este Oscar también habilita otras lecturas. ¿Es el reconocimiento a Argo totalmente honesto? ¿O al recibir tantos premios en diversas entregas de instituciones y organismos, Argo obligó a la Academia a reconocerla? Dada la cantidad de premios obtenidos por Los miserables y Una aventura extraordinaria, películas que conceptualmente traen ecos de otras películas reconocidas últimamente (El artista, El discurso del rey, Slumdog millonaire), uno debería pensar que para la Academia el cine debe seguir siendo ese arte adocenado y trivial, naif, multitarget e indoloro, que muchas veces celebra lo multicultural turístico (otra banda sonora que gana por su fusión de ritmos e instrumentos a lo world music). En todo caso, que los miembros de la Academia hayan asumido su error -sin reconocerlo, obviamente- de no nominar a Ben Affleck (está claro que Argo es un film donde el punto de vista autoral es decisivo) y terminaran premiando su film, permite echar un poco de luz sobre cómo el Oscar, el premio más importante del cine en cuanto marketing y posicionamiento mediático, toma sus decisiones con un nivel de autonomía un poco enfermiza: de hecho, como pocas veces se ha dado en esta ceremonia hubo una coincidencia con el Festival de Cannes, el otro extremo en cuanto marketing de autores, y se reconoció a Amour. Decimos esto, pero recordamos que luego de Viviendo al límite se premió a El discurso del rey. Sin embargo, pareciera que lentamente hay intención de correrse un poco de ese centro demasiado lustroso (ahí también impacta la elección de MacFarlane, por más que haya estado controlado) con el que se premió películas inocuas y escasamente recordables como Shakesperare apasionado, Gladiador o Una mente brillante. Claro, después nos tiran ese speach torpe con Michelle Obama y nos entra la preocupación sobre qué creen estos tipos que debe ser el cine. Tal vez hayan premiado Argo por el argumento equivocado. Luz u oscuridad. Usted elige.

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